sábado, 26 de diciembre de 2009

Guernica. Parte 6

(Se le cae, inerte, envuelta en sueño, una mano al Sr. Domínguez, que queda colgando del borde del diván. José Luis lo advierte). Ah, ya entiendo, me apremia usted para que le cuente más detalles de mi cortejo hacia Ana. ¡Me conmueve su interés! Aunque estamos aquí no para hablar de mí, sino de usted. Pero, ¡séa!, puesto que toda esta historia no es sino en su interés. (Resopla el Sr. Domínguez y se mueve convulsamente en el diván. Los ronquidos son cada vez más sonoros).
¡Vale, vale, ya vienen más historias, no se impaciente!
Ana fumaba mucho por aquel tiempo, siempre en el patio de la consulta. Inmediatamente pensé que debía fumar con ella para acercarme más. El problema es que yo no fumaba. Y ¡quiá!, siempre pensé que fumar es muy malo. Así que tuve que autoconvencerme de los beneficios de fumar aparte de estar cerca de Ana en la pausa del café.
¿Qué excusas podía encontrar para empezar a fumar? (Se oye un golpe sordo y se verá que una paloma de marioneta reemprende aturdida el vuelo tras el golpe contra la ventana).
¡No sea bruto, Sr. Domínguez! ¿Cómo iba a hacer yo eso?
Pensé varios efectos beneficiosos: el fumador es un hombre físicamente poderoso. En los momentos en que no fuma, el organismo, acostumbrado a hacer esfuerzos contínuos para tolerar la acción del tabaco, da más de sí y se convierte en un superhombre. (Pega un brinco y se le caen las gafas. Se ve rodando por el piso la única lente de las dos que seguía en uso. Se pone las gafas, ahora ya sin lente alguna en su montura y mira al Sr. Domínguez).
¡Sí, vería aún más que ahora, saltaría más, volaría! Dejaría de ser un hombre anodino del barrio de Recoleta para convertirme en el ¡superhéroe argentino! Las mujeres me desearían, los hombres me admirarían o temerían.
Ese ya fue un estímulo grande para intentar empezar a fumar. Pero aún encontré más.
Seguro que el tabaco me broncearía de color ceniza y como usted sabe, los hombres de mundo, los que vuelven locas a las mujeres, tienen ese tono de piel.
Y el olor del tabaco desprendiéndose de todo mi cuerpo... ¡ah, afrodisíaco para las hembras... la última feromona sexual!
(El Sr. Domínguez explota en un ronquido que deja paso al silencio, seco).
- Sr. Domínguez (desperezándose): ¿Tabaco? ¿Por fín me invita al Davidoff?
- José Luis (sorprendido, se tropieza contra una silla): Le estoy salvando la vida, ¿y a usted sólo le interesa eso? (Pausa. Mira el bloc de notas, se masajea las cejas, acomoda a la nariz las lentes, se rasca la barbilla). ¿En dónde íbamos?
- Sr. Domínguez: En el tabaco.
- José Luis: ¿Otra vez? A veces pienso que quiere usted sabotearse su propia consulta. (El Sr. Domínguez baja la cabeza).
En fin, prosigamos. Con la fuerza y atractivo de un superhéroe fumador, me animé al siguiente paso: llevarla a su casa, tener una oportunidad para relacionarnos fuera de la consulta. (Pausa).
¿Se da cuenta de la cantidad de cosas que hacemos los hombres para poder conseguir a una mujer, para poder al final...? (Duda, su palabra cuelga y deja la frase sin sentido, como una percha sin traje).
- Sr. Domínguez: ¿...comprometernos?
- José Luis (con una sonrisa artificiosa y pícara): Sí, claro, esa es la meta que tenemos todos los hombres.
- Sr. Domínguez: Pero yo no quiero humillarme como usted. (Se lleva inmediatamente las manos a la boca).
- José Luis: No se sienta incómodo, tiene razón. (De espaldas al público y al Sr. Domínguez, mira por la ventana). Aprendí a manejar en dos clases, la llevé a casa en un auto alquilado y mientras manejaba fumando mi primer pitillo, tuve un ataque de tos y otro de pánico y estrellé el coche.
- Sr. Domínguez: ¿Y volvío a verla alguna vez?
- José Luis: Me casé con ella. Al parecer le gustaban mis cuadros.
- Sr. Domínguez: ¿Qué cuadros? ¿Pinta usted?
- José Luis (Se cae encima de la silla. Palidece y tartamudea. Se siente incómodo para mostrar sus pinturas): ¿Cuadros? ... ¿cuadros? Ja, ja, no. Me refería a mis cuadros de titulación de psiquiatría. Ya sabe, un trabajo serio, no como la pintura ... no en vano le estoy salvando la vida ahora mismo.
- Sr. Domínguez: Ah, gracias. Creí que usted pintaba, como esos artistas modernos.
- José Luis: Por favor, no (se ríe ahogadamente). Así pues, me casé con una mujer que no agradaba a mis padres y así pude sentirme incomprendido como cualquier persona normal y el sentirme normal me hizo feliz. (José Luis abre la puerta y acompaña al Sr. Domínguez al umbral).
- Sr. Domínguez: No la encuentro.
- José Luis: ¿El qué?
- Sr. Domínguez: La normalidad.
- José Luis (duda un instante): Cómprese un auto y comience a fumar.
(El sr. Domínguez sale por la puerta izquierda del escenario. José Luis se queda sólo y se colapsa en el sillón).



Consulta. Los habituales escritorio, poltrona y diván. La ventana del costado a la derecha está iluminada por un fuerte haz de luz. En lugar de claxons se escuchan al azar algunos trinos de pájaros. Se entiende que es primavera. El Sr. Domínguez ya está tendido en el diván y José Luis, inhabitualmente, se ha dispuesto en la poltrona y con el escritorio de frente al diván del Sr. Domínguez. Además ha cambiado su bata blanca por un pull-over verde.
- José Luis: Sr. Domínguez, ¿ha notado alguna mejoría desde la última consulta?
- Sr. Domínguez (frota nerviosamente sus manos): Yo... (Pausa. Baja la mirada). Agradezco que me hablara de su juventud...
- José Luis: ¿Y...?
- Sr. Domínguez: Sigo sintiéndome... (alza rápidamente la cabeza y fija la mirada en José Luis) anormal. (Suspira, se hunde ligéramente en el diván). Pero sigo con Dorita. A días estoy tranquilo (titubea)... a días siento que me es imposible rendir. (Se muerde los nudillos y aprieta un puño). Me cuesta.
- José Luis: (Se levanta del sillón. Da una palmada en el hombro al Sr. Domínguez): Es normal tener dudas. (Pasea por la sala. Se extravía mirando por la ventana). Es normal sentirse... (Pausa. Se aparta de la ventana y mira a un lado) ... raro.
Pero, ¿qué es ser normal? (Vuelve a acercarse a la ventana).
Recuerdo una noche, hace muchos años. Tres amigos íbamos de juerga. Estaban borrachos y yo no y me pidieron que manejara. Aún no conocía a Ana ni había intentado aprender a manejar, ¿recuerda?
- Sr. Domínguez: Sí.
- José Luis: Y no quería reconocer ante mis amigos que no sabía manejar, claro (se ríe). Me senté en el puesto del conductor, miré los pedales y dije a mis amigos (se da la vuelta y mira al Sr. Domínguez): ¡Éste es el freno y éste el acelerador!
- Sr. Domínguez: ¿Y qué pasó?
- José Luis: arranqué el motor y no paramos de reir. Obviamente se dieron cuenta de que no sabía manejar, pero lo hice. Y (vuelve a extraviarse en el ventanal) me sentí el bicho raro del grupo pero logré manejar.
- Sr. Domínguez: Yo no habría podido. Me habría sentido observado, como si me pusieran a prueba.
- José Luis: (se ríe. Vuelve a su asiento): ¿A prueba? Todos los días estamos a prueba. Eso es la vida: una prueba de rendimiento.
A veces pienso que cuando mi mujer se acuesta conmigo está yendo al banco a cobrar un cheque. Y creo que ella se pregunta si yo seré un cheque con fondos o vacío y que se quedará conmigo 'salvo buen fin'. Aún soy joven para darle un hijo y si no se lo doy, seré como un cheque sin fondos.
(El Sr. Domínguez cierra los ojos, desbordado por la identidad consigo de la historia. Crujen los nudillos de su mano).
Y... y también tengo que divertirla. (Se afloja el botón de la camisa. Camina rápidamente por la habitación. Agarra del escritorio un reposamuñecas de computadora, fino y alargado. Es verde, de una materia parecida a la silicona).








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Guernica. Parte 5



- Sr. Domínguez (ya tumbado en el diván): ¿Es cierto que soy impotente? (José Luis revisará el bloc de diagnóstico a cada palabra del Sr. Domínguez) ¿Que tengo presión por rendir? (José Luis se tapa la boca y se golpea la frente). ¿Que soy un onanista enamorado de la madre? (José Luis se arranca los pelos de las sienes).
- José Luis: ¿Quién le dió ese diagnóstico?
- Sr. Domínguez: Usted, ahora. (José Luis mira el bloc y lo esconde tras su espalda).
- José Luis (ríe forzadamente): Vamos, pucha, ¡estaría leyendo el diagnóstico de otro paciente!
(Recupera del piso el avión de papel y lo tiene en sus manos). Además, ¿quién no sintió la presión por rendir alguna vez? ¿quién no falló una noche con una dama? ¿quién no es un onanista enamorado de la ma..? (El Sr. Domínguez rompe en un sollozo. José Luis se calla y se pellizca una mejilla. Aplana el avión y relee la nota del diario. Se aclara la voz).
- José Luis: Ha de disculpar mi indelicadeza, debo de estar hoy despistado por algo. (Arroja la nota del diario a la basura. Pausa. Se quita las gafas y masajea sus párpados). Normalmente no hablo de mí en consulta. (Suspira). Yo era joven, tendría unos treinta años. Llevaba mis novias a casa, las conocían mis padres y las aprobaban, así con unas cuatro o cinco.
¿Qué le parece? Unos padres compresivos, ... una situación ideal. El anti-Edipo, ¿no?
- Sr. Domínguez (aún sorbiendo sus sollozos): Este, sí... sí.
- José Luis: Le mostraré que un poco de conflicto, un poco de Edipo a veces puede traer buenas cosas. Como decía yo tenía en casa la paz, el anti-Edipo y sin embargo, me sentía raro. Eran los años setenta, en casa teníamos unas sillas de diseño modernísimas y espantosas. Cada vez que les decía a mis padres 'me siento raro', ellos pensaban que estaba hablando de las sillas. En cambio yo sabía que el problema no estaba en ellas, sino en mi vida, en que todo era normal, previsible. ¿No es eso lo que busca usted, Sr. Domínguez?
- Sr. Domínguez (mientras recompone las solapas de su chaqueta, en el diván): Pues... sí.
- José Luis: Y claro... la estabilidad, todos la buscamos. (Agarra de su mesa-escritorio un globo mapamundi. Se pasea por la sala, observándolo). Yo ya me había decidido, me casaría con Rosa, una joven de mi edad y de buena familia. (Pausa. Se detiene en un punto de la sala. Fija su mirada en el globo terráqueo). Y de repente... ¡lo inesperado! (Hace girar rápidamente el globo. Lo posa en el escritorio y se sienta en la butaca). Apareció Ana.
- Sr. Domínguez (incorporándose lévemente en el diván): ¿Una antigua novia?
- José Luis: Mi mujer. Ahí se solía sentar, donde está usted ahora (indica al Sr. Domínguez y al diván). Hace años, antes de la reforma, ahí había una puerta y la mesa escritorio de la secretaria.
- Sr. Domínguez: ¿Su mujer era secretaria?
- José Luis: Más o menos, más o menos (se ríe y mira por la ventana). Mi mujer era de todo menos una secretaria. Mi secretaria era Doña Pietra, una de esas mujeres solteras, ya sabe... dedicadas con gran seriedad a una profesión rutinaria y con una vida personal a juego. Y un día agarró una gripe fuerte y me llama por teléfono diciéndome que deberá guardar cama por dos semanas.
¿Y qué hago sin secretaria, yo que pierdo a cada instante las cosas? me pregunté.
Llamé a una agencia y me trajeron a Ana. Me enamoré nada más verla: era una morocha, linda, menuda, de cuerpo nervioso y mente despistada, con un desorientamiento casi infantil. Pero su sonrisa triunfaba sobre cualquier defecto y conseguía el prodigio de parar mi mente racional. Ya no me importaba que respondiera mal a mis llamados, traspapelara las fichas de los clientes o no escribiera a máquina.
- Sr. Domínguez: Es cierto, su secretaria parece bastante incompetente.
- José Luis: Ana ya no es mi secretaria. (El Sr. Domínguez se da vuelta en el diván y ahoga una risa nerviosa).
- José Luis (mira a la ventana y sigue hablando): Cierro los ojos y aún recuerdo cómo vino vestida a su primer día de trabajo... como una hippie, con colores llamativos, falda de tela y una pequeña flor en el pelo. (Saca un puro habano de la bata y lo huele, quieto, lento, como meditando, bajo su nariz. Suspira. Mira al Sr. Domínguez). Es que era artista, ya sabe, un temperamento libre.
- Sr. Domínguez: Un temperamento de los que solucionan problemas... ¿cómo los míos?
- José Luis: ¿Eh? ¡Ah, sí, sus problemas! (Se vuelve a sentar en su butaca). A eso iremos a llegar. (Se enciende el cigarro puro e inhala dos bocanadas. Gesticula con el puro en la mano derecha y con él indicará y reforzará sus argumentos hacia el Sr. Domínguez, que ahogará pequeños tosidos pero no se quejará por el humo). Su problema es con las mujeres. El mío era con las mujeres.
¿Se da usted cuenta de todo lo que hacemos los hombres por conseguir a las mujeres?
(El Sr. Domínguez asiente. José Luis ha sacado un álbum de fotos del escritorio y está hojeándolo).
¡Ah, qué linda que estaba acá! (Se encuentra absorto frente a una página del álbum. La integridad del siguiente monólogo transcurrirá sin que José Luis levante la mirada del álbum, del que, de cuando en cuando, irá pasando las hojas).
A veces no tenemos valor para declararnos y entonces nos comportamos como zombies guiados por un cerébro autónomo. Sin alma, sin sangre babeamos, vacilamos, indecisamente buscamos excusas para mantenerlas a nuestro lado hasta que nos vengan las fuerzas para decirles lo que sentimos.
Ellas, en cambio, nos muestran un hombro desnudo, nos dedican una mirada travestida de inocencia o rozan casualmente nuestro brazo y ya nos tienen.
No sé si se habrá dado cuenta, pero estoy hablando de mí. (Se escucha un ligero roquindo viniendo del diván). ¡Qué elocuente y agudo es usted! ¡Sabía que me había descubierto desde el inicio!
Pues sí, yo ya la amaba y no sabía cómo decírselo. En breve tiempo tenía que volver doña Petra recuperada de su gripe y yo necesitaba más tiempo para componerme y reunir fuerzas para aunque fuera invitarla a un café. ¿Me entiende? Era vital... ¡tiempo! (Se escucha otro ronquido, éste más fuerte). Eso es, Sr. Domínguez. (José Luis pasa otra página del álbum, su mirada siempre apegada a las páginas).
Se me ocurrió que podía encargarle tareas insustanciales, vaguezas para tenerla ocupada y cerca mío. Juntos comenzamos a limpiar las fichas clínicas de los pacientes. Primero pasándoles el plumero, después rociándolas con agua en spray y finalmente sumergiéndolas en bañeros de agua. Mientras, yo estaba muerto de angustia, pensando en que esas fichas eran únicas y por tanto, muy valiosas pero a ella la había convencido de la extrema importancia de esa tarea y así la tenía junto a mí día a día, trabajando juntos codo con codo y compartiendo los momentos. ¡Fueron tiempos deliciosos! ¿Se imagina? (Otro ronquido).
Gracias, gracias, por su atención. Le será muy curativo escuchar esto.
Despues de lavar en agua las fichas, pintamos los archivadores: de azul aquellos que guardaban las fichas de clientes masculinos y de rosa las mujeres. (Sonido de ronquido. José Luis sigue hojeando el álbum de fotos).
¿Que en qué resultó todo? Las fichas se secaron y quedaron como pergaminos y como no se podían leer, algunas fichas de clientes varones acabaron en el fichero en el fichero femenino y viceversa. Otras se mandaron por correo en las felicitaciones navideñas y ocasionaron varias crisis de ansiedad entre pacientes que creyeron haber cambiado de sexo por nuestra metedura de pata.
Tras todo este embrollo casi me echan del colegio de médicos. Y yo seguía sin declararme. Tuve que mentir de nuevo a doña Petra, decirle que aún no podía reincorporarse al trabajo, que teníamos que acabar un importante proyecto que estaba aún a la mitad.



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miércoles, 10 de junio de 2009

Guernica. Parte 4

Consulta de José Luis. Las mismas butaca, mesa, diván y ventana.
José Luis está leyendo 'La Nación' sentado frente a la mesa-escritorio. Sorbe delicadamente una cucharita de café. Pasa la página del diario y escupe furiosamente el café.

- José Luis (hablando solo. Se levanta y da vueltas): ¡Mattio está colaborando con Marta Minujín! (Se mesa los cabellos). ¡Mattio, que no sabe pintar ni una señal de 'ceda el paso'! (Vuelve al escritorio. Arranca la hoja del diario y comienza a hacer un avión de papel con ella. Ya plegado, se sienta y lo observa desde cada ángulo al trasluz de la ventana).
Sic transit gloria mundi. ¡Adios a mi proyecto Minujín! (Hace volar el avión hacia la ventana, pero de improviso una bocanada de aire lo dirige a la puerta. Ésta se abre, entra el Sr. Domínguez y el avión se estrella en su nariz).
- José Luis (furioso, grita con los ojos cerrados): ¡Adios!
- Sr. Domínguez (retrocede un paso): ¿Hola?
- José Luis (Se pone las gafas, aún rotas desde la anterior sesión. Abre los ojos): ¿Quién es usted?
- Sr. Domínguez: El Sr. Domínguez, ¿no me recuerda usted?

(José Luis agarra del escritorio los historiales médicos. Se detiene a estudiar una página)
- Sr. Domínguez: El Sr. Domínguez (con tono cantarín, como si buscara despertar el recuerdo de José Luis).
- José Luis (leyendo en voz alta, distraído): No consuma con las mujeres, impotencia por ansias de rendimiento, onanista enamorado de la madre... (Se oye un golpe sordo, como un retumbo. El Sr. Domínguez se ha vuelto a desplomar del diván).
- José Luis (no levanta la mirada del bloc, ajeno a la caída del Sr. Domínguez): ... miedo al compromiso.
- Sr. Domínguez (desde el piso): Miedo no... ¡asco!
- José Luis: Cierto... asco (levanta la vista y ve yaciente al Sr. Domínguez). ¡Ah! Pero, ¿qué hace ud. así, Sr. Domínguez? Su moral debe de estar por los suelos. (Lo ayuda a incorporarse).

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sábado, 9 de mayo de 2009

Guernica. Parte 3.
(El Sr. Dominguez se incorpora del diván y por detrás de José Luis comienza también a buscar las lentes. Las encuentra, se agacha a recogerlas y cuando empieza a erguirse con ellas en la mano topa con el traser de José Luis, que, doblado por la cintura, retrocedía buscando las lentes. El vientre bajo del Sr. Domínguez se encalla en la espalda baja de José Luis.
Entra la secretaria. Se queda paralizada. Vuelve a salir.
José Luis grita espantado y el Sr. Domínguez, sorprendido, deja caer las gafas, que en el desconcierto, son pisadas por José Luis. Las ve en el piso, las recoge y se las calza. Un espejo está claramente roto y el roto astillado y con ralladuras).
- José Luis (se ha vuelto a sentar y muy gravemente mira al señor Domínguez, de nuevo acostado en el diván): Sigamos.
Le decía, señor mío, ¡que esto es muy serio!
(Se le cae el cristal roto. Sigue mirándolo como si no hubiera pasado nada, ahora a través del armazón sin un cristal de las lentes. Pausa. Comienza a pasear frente al diván, acechante. El Sr. Domínguez mira asustado. José Luis sigue pululando hasta que se para frente frente al Sr. Domínguez).
(Bruscamente) ¿Desde cuándo está usted enamorado de su madre?
(El Sr. Domínguez se cae del diván).
¿Es por ello que no consuma Ud. con las mujeres? ¿Por eso es onanista?
(El Sr. Domínguez comienza a rodar por el suelo, a golpearlo con sus puños y a gemir como un chico).
(Vuelve a entrar la secretaria. Mira el panorama y sale).
- José Luis (indiferente a todo, grita): Confiese, Ud. adora a Onán, ¡Onanita!
(Lo señala con el índice acusador y el Sr. Domínguez, con convulsiones, se agita en el suelo).
- Sr. Domínguez (se arrodilla y entrecruza las manos): ¡Piedad! ¡Acudí a Ud. porque no consigo comprometerme con las mujeres! ¡No puedo! (imita la famosa entonación de Chiquito de la Calzada).
- José Luis (continúa, inquisitorialmente, en pie. Lo vuelve a señalar y pregunta con ira):
¿Ordenó Ud. el código rojo? (Se alborota y pega un saltito). ¡Uy, no! Eso es de otra obra.
(Pausa. Carraspea un poco. Vuelve a preparar el dedo índice y antes mira el estado y limpieza de sus uñas). ¿Tiene Ud. miedo al compromiso?
- Sr. Domínguez: ¡Miedo no! ¡Ascoo!! (Vuelve a retorcerse por el piso de parquet). Soy un miserable. (Solloza levemente).
- José Luis: Está bien, no hay para tanto, ¿no ve que todo tiene solución?
(Pausa. El Sr. Domínguez intenta ganar de nuevo el diván, reptando. Ya casi se ha tumbado).
(José Luis ojea de nuevo los folletos de viaje).
Al hilo de esto, ¿cómo vuela un avión? (El Sr. Domínguez, sobresaltado por la extrañeza de la pregunta, vuelve a caerse del diván).
- Sr. Domínguez: ¿Qué?!
- José Luis: Que cómo vuela. ¿Por qué se mantiene en el aire?
- Sr. Domínguez (se toca la comisura de los labios): Verá, las aspas de los motores aumentan la fuerza del aire que entra por ellas y ejercen una presión contraria que impulsa y levanta el aparato).
(José Luis toma notas apresuradamente).
- José Luis (se acerca con su butaca rodante a la cabecera del diván): ¿Y cómo hacen las alas para no romperse con la fuerza del viento?
- Sr. Domínguez: Buena pregunta (Levanta los brazos y juega con ellos paralelos al piso). Las alas son apósitos muy pesados que salen del cuerpo del avión. ¿Por qué no se rompen? (Pausa).
- José Luis: Sí, ¿por qué? (Muerde la punta de la birome y mira los folletos de viaje, alternativamente).
- Sr. Domínguez: Porque son alargadas y reparten la presión del aire entre toda su superficie.
- José Luis (se ha puesto cara a cara con el Sr. Domínguez): Prodigioso. Un aparato tan grande y pesado, con unas alas tan largas... vuela y no se rompe.
- Sr. Domínguez: ¡No se rompe! (Imita con la mano la estela de un avión. Ambos ríen y se abrazan. José Luis lanza los folletos de viaje por los aires).
- José Luis: ¡Ja, ja, ja! ¡Viva! (Levanta los brazos en señal de victoria. El Sr. Domínguez, también de pie y brincando, se para y luce pensativo).
- Sr. Domínguez: ¿Y qué tiene esto que ver con mi terapia?
- José Luis (deja de bailar y se queda inexpresivo por un segundo. Pausa): Vamos a ver, ¿aquí quién dirige la terapia? ¿Usted o yo?
- Sr. Domínguez (acobardándose): Perdone, yo...
- José Luis: Y túmbese en el diván. ¡Qué descaro y arrojo en un paciente! ¡Qué diría Freud!
- Sr. Domínguez: Lo siento, me atendré a las normas de la psiquiatría, no volverá a ocurrir.
- José Luis: Mejor así, mejor así (recoge los folletos de viaje del piso, cuidándose de que el Sr. Domínguez, otra vez de espaldas en el diván, no lo vea).
Y cambiando de tema, ¿cómo fue su último vuelo?
- Sr. Domínguez (en un tono inaudible, casi para sí mismo): No entiendo qué tiene que ver...
- José Luis (inflexiblemente): ¿Decía?
- Sr. Domínguez (alto y muy rápidamente al inicio): Sí, el 4 de junio último. Hará de ello unos cuatro días. Volvíamos para Buenos Aires, la tarde del match contra Alemania en la Copa del Mundo.
- José Luis: ...¿que ganamos?
- Sr. Domínguez: No, perdimos.
- José Luis (de nuevo severamente): Por supuesto. Quería testar su conexión con la realidad. Sigamos y no me contradiga más.
- Sr. Domínguez: No, no (comienza a reírse).
- José Luis: ¿Qué tiene de gracioso?
- Sr. Domínguez: Oh, nada, disculpe. Es que me acordé... ese día vestía yo la remera albiceleste y dejé al copiloto a los mandos y fui con el pasaje a animar y botar con la selección. ¡Soy de Argentinaa, es un sentimientuuu, no puedo parar! (Canta).
- José Luis (posa la birome en el escritorio y acerca nuevamente su butaca al diván):
¿Y no tuvo miedo a parecer... (Pausa. Se saca las lentes)... distinto?
- Sr. Domínguez: ¿Pues?
- José Luis: Podría ser expulsado, perder su laburo.
- Sr. Domínguez (se rasca la barbilla): Nunca lo pensé.
(José Luis se ha levantado. Da un ligero traspiés y se cae en la butaca. Mira su reloj de pulsera).
- José Luis (con voz muy débil): Me despisté, Sr. Domínguez. Pasó de la hora hace rato.
(El Sr. Domínguez se pone en pie y alcanza el umbral de la habitación. Va a dar la mano a José Luis).
- Sr. Domínguez (mira hacia la pared de la entrada): ¿Qué es ese cuadro? Estos pintores modernos, no los entiendo. Un buen paisaje, aún...
- José Luis (se vuelve hacia el cuadro y evita darle la mano): Oh, no es nada. Estoy de mudanza, lo habrán puesto ahí.
- Sr. Domínguez (se acerca al cuadro y lee admirado de una inscripción): El Guernica. Picasso.
(Abre la puerta y sale de la estancia).








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viernes, 16 de mayo de 2008

'Guernica' Parte 2

José Luis viste completamente de negro, un pantalón y un jersey ceñido. Solo sus lentes de montura blanca iluminan su silueta y realzan sus ojos, rápidos e inteligentes. Parece un cruce entre la elegante distancia de un arquitecto y la extravagancia de Andy Warhol. Se le acerca un crítico de arte vestido con boina y casaca militar, divertido atuendo para su cincuentena ya rebasada.
- Crítico: Muy interesante su obra en el Arte Buenos Aires (le acerca la mano para estrecharla).
- José Luis (finge atusarse la sien en ese momento y evita el apretón de manos): Gracias, Scioli. Me gustó tu crítica. (Le da una palmada en el hombro. Scioli se despide con un discreto gesto. Los amigos de José Luis fingen una conversación de fondo).
- José Luis (refiriéndose a quien quiera escucharlo, aunque más bien se lo dice a sí mismo): Es antihigiénico dar la mano. Se transmiten microbios a millones.
- Sebastián (bebiendo una copa de champagne): Buen chico, Scioli, ¿no? Siempre me parecieron acertadas sus críticas. Un tipo muy informado (sigue bebiendo champagne).
- Alfredo: Es crítico desde hace veinte años. Los mismos que lleva sin producir una sola obra.
- Ana: Ah, pero ¿es artista también Scioli?
- José Luis: Sí lo era, cariño. Bastante bueno, ví algunas obras suyas. La presión de rendir, eso acabó con su arte, según oí.
- Amelia: ¿Algo así como Verón en el 2002?
- José Luis: Dejalo ya, no te metás con mi Estudiantes de La Plata.
Además, los argentinos no estamos acostumbrados a rendir bajo presión, preferimos hablar y saber por qué hemos de hacer las cosas, no hacerlas porque sí, como un alemán. (Pausa). Luego contamos con argumentos para no hacerlas.
- Sebastián: Vamos, ché. No rompás con esas generalizaciones. En la Argentina millones de personas se parten el lomo laburando.
- José Luis: O haciendo que laburamos, que es peor. (Pausa).
A mi consulta vino un paciente al que llamaremos Gastón. Estaba angustiado porque no rendía con las minas. (Agita ligeramente su pipa, absorbe con disfrute y suelta una bocanada).
Le quise tranquilizar, que si su novia lo amaba, que no reparaba en el rendimiento... Pues comenzó a llorar hasta romperse y revelarme que le venía ocurriendo lo mismo desde los quince años de edad.
Es un ejemplo de lo que te digo, che. Las porteñas son relindas y el argentino no está acostumbrado a rendir bajo presión.
- Ana: ¡Pobre chico! (Bebe champagne, sigue con las lentes puestas, al igual que los demás).
- José Luis: Y sí. Para contenerlo tiré de todo mi chamusho psiquiátrico... ya sabeis, no lo entiende nadie, yo a veces tampoco (se ríe exageradamente y se recobra súbitamente)... y cuando hacen un esfuerzo por comprender algo, se frustran y se tranquilizan.
- Ana: ¡Qué listo es mi José Luis! (se dan un besito).
- José Luis: Así que le dije, con estas mismas palabras (se para un segundo y recita con tono rimbombante): Mi diagnóstico es que usted, en su no consciente, persiste, desde sus quince años, en la idea de que el onanismo se la dejó pequeña e inutil. (Alfredo ríe, Ana sacude su cabeza, Sebastián se atraganta y expulsa el champagne como un geyser y riega a Amelia. José Luis prosigue tranquilo).
Y le pregunte '¿Pensó usted por qué se presiona por rendir?' '¿Para compensar que en el fondo teme haberla estropeado con el onanismo y que ya no le rinda?' (Silencio).
Yo pensaba que el tipo no hablaba porque se había visto retratado en su dolencia y que entonces lo había curado.
El caso es que, por contra, el tipo se puso rojo, se levantó del diván y comenzó a gritar y a acercarseme. Yo no sabía qué hacer, creía que el tipo iba a agarrarsela a trompadas conmigo y le dije lo primero que se me vino a la mente: que compensar un miedo no era malo, que todos en la Argentina lo hacíamos. (Hablando muy rápido). Que el intelectual busca suplir su falta de fe religiosa con el arte, a la que convierte a su vez en religión. Que nos compensamos y liberamos con el futbol para no pensar en las inseguridades que nos angustian, en el trabajo, en la desigualdad, en que cualquier chorro te puede matar en la esquina por robarte cuatro pesos, en que nuestra economía no compite con la de los vecinos y que quizá no todo sea culpa de nuestros políticos ladrones, que quizá todos actuemos un poco como ellos, como una nación de egoístas desunidos, que sólo se unen en torno al futbol cada cuatro años.
(Se calla y queda mirando un cuadro expuesto delante de él. Está atónito, se ha quedado paralizado, en contraste con su largo monólogo de hace unos segundos).
- Amelia: ¿Y?
- José Luis: Pensaba en las emociones de ese cuadro.
- Ana: Pero, ¿qué pasó?
- José Luis: Creo que podría llegar a imaginar las del artista, pero no las que siente el cuadro.
- Ana: ¡Con el paciente!
- José Luis: Le dije que no dejara el onanismo.
(Mientras vuelve a beber de su copa, pasa por delante del grupo Marta Minujín, acompañada de una amiga, ambas hablando y gesticulando delante del mismo cuadro que ha observado José Luis). (José Luis mira fugazmente a la Minujín-Samotracia y seguidamente observa a la autora).
- José Luis (a Ana): Ya está. Voy a contárselo. (Apura del todo la copa).
- Ana: ¿Contarle el qué? (lo agarra del brazo).
- José Luis: Lo de mi proyecto, el de la performance en el estadio de futbol.
- Ana: ¿Eso? Creía que estabas bromeando.
- José Luis: ¿Por qué bromeando? Llevo tiempo dándole vueltas a la cabeza. Es, es un proyecto distinto, puede ayudar a la Argentina, que veamos que somos un poco ridículos ahora, pero que fuimos grandes y podemos despertar. (Mira a su esposa. Se rasca una ceja y baja levemente la cabeza).
- Ana: Adelante.
- José Luis: ¿Adelante?
- Ana: Es cierto, me parece brillante (lo empuja graciosamente por la espalda).
- José Luis (resiste el movimiento. Se para): Esperá, esperá. Que yo... yo en el fondo soy más psiquiatra que artista. (Vuelve a mirar a Marta Minujín, que sigue charlando delante del cuadro). No me va a hacer caso... como artista apenás soy conocido.
- Ana: Andá (lo vuelve a empujar y José Luis comienza a moverse, con un poco de inercia, como dando un tropezón, hacia la Minujín. Cuando casi ha llegado a ella, un fotógrafo aparece y le saca un retrato, en el que se presume que también aparecerá José Luis. Marta sonríe y saluda al fotógrafo. José Luis se aparta rápidamente).
- Ana (se vuelve cuando José Luis la toca por la espalda): ¿Qué pasó?
- José Luis: Nada, vino un fotógrafo y me retrató junto a Marta antes de que pudiera hablar con ella.
- Ana: ¿Y qué? ¿No le contaste luego?
- José Luis: Me incomodé con la foto, me fuí.
- Ana: ¿Por qué? Sos artista, es normal que te tomen fotos en museos con otros artistas.
- José Luis: Mañana tengo un paciente temprano. Es mejor que nos retiremos.
- Ana: ¿Qué más da ahora el trabajo? ¿Y tu proyecto?
- José Luis: No entendés, no puedo aparecer en prensa como un artista. ¿Qué pensarán en el hospital?
- Ana (se saca las lentes, José Luis sigue con ellas): ¿Por qué te da tanto miedo que en el trabajo sepan que eres artista?
- José Luis: Porque pensarán que no voy a rendir.
(Se aleja hacia la barra-ambigú y se une al resto de amigos. Ana se queda sóla. Pasa un momento. Lo sigue).


Una sala de consulta. Un diván en el centro de la escena, una butaca de cuero delante de aquel. Al lado de la butaca una mesa con libros de psiquiatría, revistas, un metrónomo y unos folletos. Al inicio de la escena se oirán algunos 'claxsons' y murmullos de viandantes, sonidos que se entiende provienen del gran ventanal dibujado en el fondo de la escena.
José Luis está sentado en la butaca. Viste una bata blanca de médico. No hay nadie más en la sala. Coge unos folletos de la mesa aneja y comienza a hojearlos.

- José Luis (cantando): ¡Brasiiilll, na, na, na, na...! (mueve las manos como si fueran maracas, se levanta y baila con una mulata imaginaria. Torpemente marca unos pasos de samba. De repente se lleva las manos a la cabeza).
¡El avión! (Se tambalea, como perdiendo el sentido) ¡Nunca podré hacerlo, no aguanto el miedo a volar!
(Se acerca a la mesa y saca del cajón un paquete de cigarrillos. Enciende uno y comienza a fumarlo ávidamente).
¡Aaaah! (Se tumba en el diván, cruza holgadamente las piernas y vuelve a exhalar) ¡Qué nervios con solo pensarlo!
(Se oye llamar a la puerta)
- Voz femenina: Doctor Varesi, el señor Dominguez, su paciente de las nueve está aquí. ¿Le hago pasar?
(José Luis se levanta atropelladamente del diván. Hace aspavientos para ahuyentar el humo del tabaco).
- José Luis (da dos tosidos e imposta un tono de voz serio y profesional): Sí, por favor, hágalo pasar.
- El señor Domínguez: ¡Buenos días, doctor! (Le da un enérgico apretón de manos). ¿Qué tal pasó el fin de semana?
- José Luis (desvía la mirada y contesta rápidamente): Bien, bien, preparando las consultas, aunque ello no hace al caso. (Rebusca unos papeles en la mesa escritorio. Ve los folletos de viaje y se sobresalta levemente en el sillón. Los arroja a la papelera. Se toca la barbilla, estudia otros documentos, se lleva la mano a la cabeza y cierra los ojos en actitud de pensar).
- El señor Domínguez (husmea varias veces desde el diván): Huele a puritos Davidoff. ¡Me encantan! ¿Sería usted tan amable de invitarme a uno?
- José Luis (da un salto en la butaca y repite muy rápido el ademán de esfumar el tabaco): ¿Fumar aquí? ¡Por favor, me insulta usted!
- El señor Domínguez (con tono de disculpa): Disculpe, creí haber olido a tabaco. Igual no es algo serio.
- José Luis: Au contraire, mon ami. Es algo muy serio. ¡Aquí salvamos la salud de las personas! ¿Qué la salud? ¡La vida! No hay tiempo para 'fumares', solo para 'estudiares' los casos.
- El señor Domínguez: Mis 'perdonares'..., perdón, mis disculpas.
(José Luis se echa el aliento a las manos y hace un visible gesto de repugnancia. Se lleva las manos a la cabeza. El señor Domínguez, tumbado de espaldas a José Luis, no ve nada).
(El sr. Domínguez tiene unos treinta años. Es un hombre atractivo con un cuidado aspecto en el peinado, vestido y en toda su apariencia. Habla rápido, sin dudas, ni pausas. Sus gestos, su manera de tomar asiento o de dar un apretón de manos son enérgicos y decididos. Prodiga fácilmente su sonrisa y todo en él comunica una picardía e 'insouciance' infantilmente encantadoras, que llevan a preguntarse qué hace en la consulta de un psiquiatra).
- José Luis: Sr. Domínguez, comentábamos el otro día...
- Sr. Domínguez: Llámeme Jaime.
- José Luis: No, era el Viernes. Decíamos que tenía problemas para comprometerse con una mujer, Sr. Domínguez.
- Sr. Domínguez: Jaime.
- José Luis (se rasca la barbilla, se saca las lentes, las mira detenidamente, echa el vaho del aliento a los cristales y los limpia con un paño. Súbitamente mira al Sr. Domínguez): Caso resuelto. (Lanza las gafas por los aires y se queda mirándolo).
- Sr. Domínguez: ¿Caso resuelto?
- José Luis: Elemental, si la mujer decía llamarse Jaime, usted no podía comprometerse con ella. (Pausa. Vuelve a fijar pesadamente la mirada en el sr. Domínguez). Era un hombre.
(José Luis sonríe triunfalmente).
- Sr. Domínguez: Sí, claro... ¡no! Quiero decir, sí había un hombre, ¡yo!, que me llamo Jaime. En cuanto a Dorita, le puedo garantizar que es una mujer. (Guiña el ojo al doctor. Este sonríe y se queda estático, como pasmado).
- José Luis (sigue con la sonrisa estática): ¿Y bien mujer? (mima con las manos el gesto de palpar unos grandes pechos).
- Sr. Domínguez (asintiendo): Bien mujer (repite el gesto de los pechos grandes mas uno de la silueta de una guitarra. Hace un silbido de admiración. José Luis se pone a reir. Ambos pierden la mirada en el techo de la habitación. Pausa. Se oye un claxon desde la ventana. José Luis pega un tumbo en la butaca. Se aclara la garganta y vuelve a poner una voz muy seria).
- José Luis: En fin, confusiones aparte, ¡esto es muy serio!, ¡es su vida la que está en juego, caballero, no la mía!
(El sr. Domínguez, tumbado en el diván, pone una cara de desconcierto. José Luis se levanta y busca por el piso las gafas).












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lunes, 21 de abril de 2008

'Guernica' Parte 1

Museo de Arte Latinoamericano de Buenos Aires (MALBA). La escena se desarrolla en una amplia sala de exposición, que aunque a oscuras, está pintada de un blanco fluorescente y sólo. El sonido viaja de una esquina a otra y rebota en paredes bajo la forma de murmullos que, como en un baile ininteligible de palabras, se cruzan, se pisan y se mueven en círculo.

Alrededor de todas esas palabras se mueven, gesticulan y ríen personas, elegantes, libérrimas y flotantes, replicando el espíritu leve de sus palabras, como una extraña sustancia extensa que más que génesis es consecuencia de la vida de sus palabras.

En este paraíso desconectado y alucinatorio, las personas, el sonido y los poquísimos objetos se desligan y separan en una tensión bizarra.

En un costado del escenario hay una barra de ambigú, grupos de personas paradas o moviéndose como bacterias en un caldo de cultivo, tonadas exageradamente porteñas, hiperacústicas risas erguidas en la base de una quieta música 'trance' y una oscuridad invasora, sólo rota, como en un artístico microcosmos, por una singularidad de espacio-tiempo: la luz fija sobre la 'Minujín-Samotracia', una réplica de una Victoria de Samotracia discontinua, separada en una irregularidad de finos segmentos longitudinales. El contraste de oscuridad y luz realza la obra y le da un aire misterioso, como en un paganismo que pidiera adoración.

Desde el patio de butacas se observará una suerte de ejercicio de estilo, una quasi aniquilación de los personajes, sombreados y empequeñecidos ante la luminosidad de la estatua. Observarán una danza de sombras, una pureza casi meditativa de voces y la 'Minujín-Samotracia' como centro de atención.

A medida que transcurra la acción, la luz se impondrá hasta iluminar completamente el escenario.

- Voz de José Luis: La performance será bárbara. Imagínense: una cancha entera de fútbol. Los jugadores, figuras gigantes y zancudas con las máscaras de los personajes del Guernica de Picasso, de Gardel y de las esculturas de Marta Minujín. Los referees bailando tango, los futbolistas esnifando las líneas de banda, que serán de cocaína, cada vez que marquen un gol. Y vacas pastando en el cesped.
- Alfredo (se ríe): Vamos, José Luis, dejate de joder. Esta es otra de tus ideas disparatadas.
- José Luis (sigue de corrido, como si no hubiera escuchado a Alfredo): Y el speaker en vez de goles recitará versos de Borges y el Martín Fierro al 'vesre'.
- Amelia: Vos lo que querés es crear quilombo, como hacés en la cabeza de tus pacientes, ja, ja.

(Se acerca accidentalmente una persona fumando un gran puro. El humo llega a José Luis, que para de hablar y hace muecas exageradas para escupir el humo que ha tragado involuntariamente. Sus amigos esperan, tremendamente serios, a que reanude el discurso).

- Ana: ¿No entendeis aún a mi marido, chicos? Es un provocador, como todos los artistas.
- José Luis: Es que se necesita eso, ché. Los gashegos tuvieron el esperpento de Vashe-Inclán. Nosotros precisamos de otro semejante con que deconstruir la ortodoxia argentina, que ya no funciona... distorsionar lo ya distorsionado, para así enderezarlo de nuevo. Subvertir los símbolos caducos que desde antaño nos inmovilizaron.
Un país de ganaderos, agricultores, tangueros... y luego el futbol, que idiotiza al pueblo. ¡Argentina, despertá! Lo que funcionó en 1810 durante siglo y medio ya no funca hoy.
- Sebastián: ¿Gracias al absurdo surgirá la nueva Argentina?
- José Luis: ¡Y sí! La Argentina que nos quieren vender los políticos es ridícula. Sólo distorsionando lo que ya es absurdo se podrá volver a una pureza primordial. Este país es grande, che. ¡Tengámosle fe!
- Alfredo: Para conseguir eso, ¿ridiculizarías hasta a Gardel y Borges?
(Silencio. José Luis se rasca la barbilla).
- José Luis: Sí, hasta haría absurdo con Gardel y Borges. Ellos harían lo mismo si vivieran hoy.
- Amelia: Che, no me toqués a Gardel y Borges. A Cortazar aún (guiña un ojo a Ana).
- José Luis: ¡Cashá, qué mala que sos! ¡Hasta los iconoclastas convencidos tenemos un santo al que ponerle una vela! (Ríen todos).
(De a poco se van avivando las luces y la Samotracia-Minujín cede el protagonismo al rumor de charlas intelectuales y al tintineo de las copas. Comienzan a distinguirse las fisonomías de personajes y figurantes. Casi todos ellos, incluidos José Luis y sus amigos, llevan calzadas lentes de sol, a pesar de la oscuridad imperante hasta entonces).





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martes, 8 de abril de 2008

'El iphonsito' Parte 4

Interior. Consulta de un psiquiatra:
- Bud: Doctor (se dirige al mismo psiquiatra, coronado por las mismas ramas de olivo), la verdad me ha sido revelada. Yo era inmaduro, no sabía amar y tapaba ese dolor con la violencia.
Ahora soy un ser Amado y Amante. En mi pareja ya no hay dos, sino que formamos un único Ser. Todo gracias a haber comprendido que cualquier forma de sexualidad es buena si es una expresión de Amor Verdadero (vuelve a mirar a la cámara, sonríe con la inocencia de un niño y extiende la palma de su mano. Frota repetidamente sus dedos índice y pulgar, demandando el dinero del premio. Abraza fuertemente al doctor, con una brusquedad y sobreactuación hiperbólicas).


- Narrador: Todos ellos alcanzaron la felicidad. Terence se aceptó a sí mismo y halló la seguridad y la paz en un amor monógamo. (Las palabras del narrador ilustran la secuencia de Terence, caminando con la modelo por la orilla de una playa. Ambos se entrelazan cogiéndose por los hombros. Terence sigue vistiendo de blanco níveo y la brisa juega con su camisa y la apertura de un dorado ombligo.
Terence se fija ostensiblemente en las nalgas de una mujer que viene de cruzarse con ellos).

- Narrador (continúa): Bud aportó su recien lograda madurez a su pareja y a sus demás seres queridos.
(Vemos la misma playa, simultáneamente a la voz. Bud camina de la mano de su finalmente conquistada amante. El sobrino propina una durísima patada a la espinilla de Bud. Éste, iracundo, se dispone a micronizar al niño de un desproporcionado bofetón. Desiste de su intento y finge una sonrisa cuando su pareja, ajena a la trama, le sonríe tiernamente y le mira a los ojos. Tras ello, Bud vuelve a mirar al niño furtiva y vengativamente, que se mofa de él con un ademán de manos idéntico al del inicio de la obra).

- Narrador (continúa): Y colorín, colorado, este cuento se ha acabado. (Transcurre un segundo sobre la imagen anterior de la playa, ahora vacía). ¡Ah, pero perdón! ¡Aún no me he presentado! (La cámara pasa de la playa a un primer plano del hasta entonces desconocido narrador).
Soy yo, el sátiro. Antes de esta historia, yo era delincuente y violento y me llamaba Marcos, el Navajas. Ahora me llamo Mariconchi, la cupletera. He cambiado de sexo y trabajo como tabernera en el puerto. Cada noche conozco a rudos y fuertes marineros. Al liberarme me he dado cuenta de que cualquier forma de expresar el Amor es buena.
Por algo ésta era una historia griega, ¿no? Me duele la espalda, pero soy feliz.
(Mira directamente a la cámara, sonríe plácidamente y deja un rostro neutro, que se sostiene surrealistae incomprensiblemente durante más de dos segundos. La imagen se funde hacia el color negro. Salen los títulos de crédito y sube la sintonía del filme 'Dos Super Dos').

Fin.




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