viernes, 6 de julio de 2012

¡Ruido!

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‘Ya cierro yo, jefe. Ha tenido usted una semana dura. Merece irse hoy antes a casa’.
‘Gracias, Agapito. Si pusieras tanto empeño en promocionarte como en cuidar todos los detalles, ya serías director general’.
Pelayo, el director de la oficina, desde antes de salir de la oficina, tenía en las manos las llaves del mercedes 500 sl descapotable. No llegaría a los treinta y dos años y si Agapito daba crédito a lo que contaba cada lunes a la mañana, todos los fines de semana conocía a una amante nueva, a cada cual más hermosa, parecía.
Agapito pensaba que era normal. Con ese coche y esa planta, pocas mujeres se le podían resistir. Si era alto, de hombros anchos, nariz aguda y pelo fino como los aristócratas de cuna y además simpático. Coño, cuando llegaría él a llevar una vida así. Probablemente nunca porque Agapito superaba ya en tres años los cuarenta y llevaba veinte años en la misma sucursal de banca con el mismo puesto de cajero.
‘No trabajes mucho, Aga. El cuadre de toda la oficina casi ya está hecho. Que no me entere el lunes de boca de la de la limpieza que te has pasado la tarde del viernes revisando las cuentas’ le decía Pelayo mientras jugueteaba con las llaves de la estrellita plateada y las soltaba hacia arriba y recogía sin cesar. El leve ruido del tintineo de la estrella metálica subiendo y bajando por los aires ponía nervioso a  Agapito. Nunca se lo había dicho. ‘Hasta el lunes, campeón’. Pelayo se despidió con la mano y entreabrió la puerta de la oficina.
‘Sí, señor. Y descuide. Cierro yo’ respondió Agapito en voz baja.
‘Ya me lo has dicho, Aga. Y no me llames señor, ja, ja’. Pelayo salío de la oficina.
Era un tipo majo Pelayo, no podía decir lo contrario. Si solo se atreviera a decirle alguna vez que tal cuenta iba al activo y no al pasivo, o que tenía que hacer de vez en cuando provisiones de amortización o que las cuentas de clientes privados no se tenían que mezclar con la contabilidad de las señoras marías que venían todas las mañanas a comprobar en el cajero si les habían ingresado la pensión.
Pero ¿quién le iba a hacer caso? Mecachis, pensó. El tenía la facilidad para guardar cada numerito en cada cajoncito virtual de los programas de ordenador. Pelayo, en cambio, tenía el don escaso de meterse en el bolsillo a todos los clientes, mayores, jóvenes, mujeres, hombres, pudientes, modestos, de clase media. Por ello Pelayo era el director estrella de todas las oficinas del radio de Alcobendas de Banco Madrid. La facturación anual más alta. La menor tasa de morosidad. La mayor rentabilidad en sus inversiones. Si lo había elegido a él como espejo en el que mirarse, pensó que lo tenía un poco difícil para acercársele.
‘En fin. Y qué va a ser’ pensó. ‘A las cuentas’.
Viernes. Empezó a revisarlas a las tres y cuarto de la tarde. La hora más tranquila de la semana, su oasis de silencio en el desierto de Alcobendas, pensó. A las cuatro en punto desenvolvió cuidadosamente el papel de plata de un bocadillo de chorizo y jamón york que el mismo había preparado la noche anterior. Se lo comió en menos de cinco minutos. No arrojó ni una miga a la mesa o al suelo. Aún y todo pasó la escoba, porque nunca se sabía qué impresión podía causar un poco de desorden a los jefes. A las cinco y cuarto entró al w.c y se demoró tres minutos. Era una costumbre que ya tenía tomada de las horas de trabajo. No tardar demasiado porque los clientes no pueden esperar.
Aga estaba repasando por segunda vez el balance semanal de la oficina. Aparte de él, había dos cajeros más en la oficina, tres vendedores en mesa, dos apoderados y Pelayo. Todos hacían su cierre diario y semanal y propio. No se podía fiar, sin embargo. Dos euros de descuadre en un martes de Carlos, un vendedor, o de Fermín, otro de los cajeros, arrastrados hasta el viernes a las 15h y el cuadre a cero desaparecía en el limbo de los justos. Y si se arrastraba varias semanas, era más difícil aún encontrar el fallo. Siempre le tocaba a él hacerlo en esos casos. Y nunca se quejaba. Qué sería de la oficina sin él, se entretenía pensando mientras repasaba los números.
Un ruido de llaves forcejeando la cerradura tras los visillos de la puerta lo distrajo de sus números.  Aga se sobresaltó. Sacó, temblando, un cortador de uñas de su cajón de cambios y lo abrió por el lado de la lima de uñas. Eso bastaría para defenderse, llegado el caso, se dijo para intentar tranquilizarse. En vano. Estaba sudando al ver una bota negra entrar por la puerta.
‘Pitito. ¿Qué haces aquí tan tarde? Todos los viernes lo mismo’. Loles, la mujer de la limpieza, entró con su llave a la oficina. Qué desastre, pensar que todos los viernes le ocurría igual y nunca se acordaba para la vez siguiente.
‘Este es Ramiro. Un amigo’. Loles enrojeció levemente. ‘Me ayudará a limpiar esta tarde’.
‘Las telarañas’ añadió Ramiro y rió grotescamente. Loles le dio un golpe en el hombro y enrojeció otro poco más.
‘Descuidad’ respondió Agapito casi sin levantar la mirada hacia Loles. ‘Sobre las siete, en cuarenta y cinco minutos exactos’ Agapito consultó su reloj de pulsera, ‘me voy’.
‘Hay que ver qué hombre tan organizado. Eres una joya’. Loles, agachándose, dejó su paraguas en uno de los modernos y bajos paragüeros de cerámica de la oficina. Sentado frente a ella, Agapito observó furtivamente el canal pectoral de Loles. Se dio cuenta y pareció esbozar una sonrisa confiada. Agapito apartó de inmediato la vista.
‘Voy a cambiarme’ le sonrío. ‘Te dejo con Pirri. Seguro que hacéis buenas migas’.
Pirri comenzó a farfullar un no sé qué acerca del campeonato de motos y de Lorenzo en un acento arrastrado e incomprensible de barriada profunda.
Sin entender lo que le decía, a Agapito le vino como un relámpago el recuerdo de aquel viernes, haría un par de meses, cuando Loles, tras desabrocharse dos botones del top que tenía bajo la bata de limpieza, le preguntó, con la mirada fija en sus ojos, si podía ayudarle a hacer los baños.
Recordaba como titubeó un momento y finalmente, ruborizado, rechazó el ofrecimiento negando con la cabeza baja. No la culpaba, pues al igual que él era soltera y rozando los cuarenta, era una mujer bastante atractiva. 
Él, dejando al lado su timidez, era un hombrecillo más o menos bien compuesto, pasado el metro setenta y delgado, del tipo que una mujer no se pararía a mirar en la calle pero tampoco desdeñaría sólo por su físico. Mecá –a su edad, Agapita seguía pensando con expresiones pseudoinfantiles-, Loles ya tenía pareja. Intentó consolarse diciéndose que no era tan grave, Loles ya comenzaba a mostrar en ojeras y patas de gallos señas de desgaste prematuro.
Seguro, pensó compadeciéndose  de ella, a causa del trabajo físico y de las varias oficinas que debería de limpiar al día. Mejor así, seguro que por ahí aún quedaban mujeres disponibles jóvenes y más atractivas.
Claro que, volvió a reflexionar, Loles aún se cuidaba: rubia, con unos kilitos generosamente repartidos en las caderas, robustas y duras, algo así como en las de una Marilyn o Sofia Loren del siglo XXI, salvando un poco las distancias. Scarlett Johansson con veinte años más. Si él la cogiera. Demasiado tarde.
Pirri terminó de golpe de hablar y por ello Agapito dejó a un lado sus ensoñaciones de venuses de extrarradio. Algo así como cuando uno se despierta porque le han apagado el ruido de fondo de la tele, pensó.
‘Tío. ¿Me estás escuchando o sigues en tu mundo de ‘Gual estrí?’ le preguntó en tono agudo, como si se hubiera ofendido.
Agapito tardó un momento en reaccionar a la pregunta. Levantó la mirada del balance que no estaba estudiando y estudió a Pirri brevemente.
Tenía la costumbre de catalogar rápidamente a las personas. Se sentía así más seguro, prevenido, por lo que pudiera pasar. Unos diez centímetros más alto que él. Más o menos de la misma edad, pero con más canas, seña de un espíritu inquieto y luchador, más experimentado que él sin duda. Sus antebrazos, gruesos, tenían tatuajes de dragones. Pese a lo arrastrado de su hablar –quizá no sería muy rápido de pensamiento- sí lo parecía de movimientos. Ese tipo quizá había hecho karate. Sintiéndose repentinamente inseguro, Agapito sonrió tontamente a Pirri.
‘¿Tengo monos en la cara?’ Agapito temió por un momento que aquel tipo impulsivo fuera a sacar un puño americano de debajo del chándal negro de atletismo y fuera a golpearle.
En la oficina comenzó a oírse de repente una serie de de ruidos estridentes, como una orquesta empezando a afinar antes de un concierto. Uf, suspiró Aga. Cuántos viernes había maldecido en su interior que los chirridos de aquellos bárbaros del taller de motos le desconcentraran de sus análisis del balance. Esta vez no. Gracias, chicos.
Alabado sea el mecánico Jesse James de la tele y todos los de su calaña. Sin silencio, pero a salvo del Pirri aquel.  
‘Disculpa, Pirri. Es que tengo que ir al taller de al lado a pedir silencio. Estos chicos ya se están pasando con tanto ruido.’ Agapito se sintió bien aparentando hablar como un tipo duro que se disponía a imponer el orden.
‘Esta es un área tolerablemente ruidosa, a punto de delimitarse zona tranquila’. Se lamentó de haber dicho aquello último. Ya no sonaba a tipo duro.
‘Suerte, tron. Cuidado con esos tíos. He oído ciertas cosas de ellos’ Pirri le tendió la mano y Agapito, sorprendido, se la estrechó. ‘Yo me quedo aquí cuidando de esto con la Loles. Si necesitas ayuda, grita, colega. En Alcobendas nos ayudamos’.
‘Descuida’ respondió Agapito. Lo pronunció como siempre lo había imaginado hacer a Phillip Marlowe al leer sus novelas.
Sólo pensaba salir al quiosco de la esquina, hacer tiempo unos cinco minutos hojeando el Marca, inventarse una excusa para no comprarlo y volver a la oficina.




El garaje olía a una mezcla rara de óxido y humedad, no tan desagradable como podría pensarse viendo la fachada baja poblada de telarañas, los cristales rotos bajo el letrero ‘Reparaciones Guti’ y la mugre acumulándose en los valles del tejado de uralita. Guti pensaba que era mucho mejor así. Cuanto más cutre pareciera el local, menos sospechas de maderos despertaría.
Tiró, haciendo estruendo al chocar con el suelo, su barra de levantamiento de halterofilia. El suelo retumbó un poco pero no pasaba nada. Lo sabía porque aguantaba el paso del tiempo con sus grietas, sus manchas de aceite negro apagado como por un gran sello de tinta secante, su serrín engrumado entre restos de neumático quemado y polvo caído de las paredes.
Romualdo Gutiérrez, alias Guti, alias Rommel –como más le gustaba que lo llamaran-, alias McQueen, posó como un culturista, con camiseta de tirantes, pantaloneta y todo, frente al espejo retráctil del taller. Tenía unos bíceps considerables pero la fina capa de grasa que los recubrían no los dejaba apreciar bien. Era más bien bajito, como un peso welter retirado y con la cabeza calva, abrillantada como la bola blanca del billar. Se veía muy pequeño. A veces envidiaba el aspecto de los dos grandes guardaespaldas del Ronal. Tipos engordados con anabolizantes como vacas de establo industrial, adecentados por trajes corbata caros que él mismo les había tenido que comprar. Aunque se opusiera a la idea de Ronal de traer a esos dos tipos al taller.
Era un buenazo. Daba mucho. Recibía poco, pensó.  
Los matones eran viejos amigos de Ronal. Dos tipos sin el graduado, pero que habían salido mister Olympia Alcobendas y mister de honor. Ronal los trajo del gimnasio. Casi su única aportación a la sociedad. Por lo menos cuando era honrada.
Guti había comprado por mil quinientos euros el almacén. Guti había contratado y rehabilitado a cuatro yonquis del barrio para trucar motos y tunearlas un poco como en los realities de la tele. Y era él el único que había pensado que la natural estridencia y desagrado del ruido de sierras neumáticas, martillazos, gritos, música heavy y máquinas de forja, le ayudaría a crear un crear un negocio honrado y próspero. Eso sí que era agradable. El ruido se podía tolerar. Aunque últimamente cada vez le molestaba más.  

Ronal, su socio, le llamó de un gesto tras la Yamaha XJ600 del 86 que estaba arreglando uno de los mecánicos ex-yonquis. Los mecánicos temían a Ronal y querían a Guti. No en vano, salió del trullo y montó un negocio para la gente del barrio.
Guti conoció a Ronal en el trullo. Desde que conversaron por primera vez en Carabanchel sabía que era un tipo despierto con ideas propias. Y que a ese tipo de gente iba a necesitar en su negocio.
Guti transigió con la idea de traer a dos culturitas del barrio al taller. Servirían para levantar y poner motores. Pero tiempo después comprendió que los matones estaban ahí como servicio de seguridad privado de Ronal y empezó a ver con sus propios ojos que Ronal, usando el taller de sede, estaba prestando dinero a intereses de usura a gente desesperada del barrio. No paraba de preguntarse por qué se lo permitió. Fue una malísima decisión. Tan mala que todo se estaba yendo de las manos. Su sueño de un negocio honrado se iba al garete.
Seguía siendo un negocio, sí. Pero ya no honrado.
Los matones, al momento en el que Ronal llamó por Guti, se dirigieron a cerrar la subida a la escalerilla de metal.
Los mecánicos seguían trabajando como si no pasara nada. Como si tuvieran bien aprendido el código del barrio que decía que las cosas de los chicos listos sólo eran cosas de los chicos listos. Convenía más no hurgar en ellas.
Ronal subía al piso de arriba por la escalerilla. Guti lo seguía por detrás y se preguntaba por qué Ronal vestía como un maduro Al Pacino en ‘Atrapado por su pasado’ –traje de ejecutivo informal, corbata. Todos los colores grises- en mitad de un almacén mugroso.
‘Me asusta. Me doy cuenta de que lo conozco’ pensó Guti de su socio mientras se sentaban alrededor de la mesita del piso de arriba. No compartían gustos: ni boxeaba, ni hacía pesas, ni andaba en motos pesabas, ni tenía la cabeza rapada como él –en realidad, Guti hacía todo aquello para parecer duro. Sabía que nunca lo había sido. Desde pequeño. Tampoco ahora-.
En verdad lo que a Guti le gustaba era la historia y el cine. Ya no sabía siquiera si lo de tener un negocio propio era buena idea. Se le estaba complicando demasiado. Y no por decisión suya. Se llegaba a preguntar quién era el jefe real del taller.   
A veces pensaba que tenía que romper la sociedad con Ronal. Le venía dando vueltas en la cabeza desde hacía unos meses. Pero el problema es que Ronal era un tipo bien conectado en el barrio. Demasiado poderoso para echarlo del taller y tenerlo entonces de enemigo. La mayoría del barrio lo respetaba y hasta temía.
Cuando creó el taller, bromeaba con Ronal. Le decía que era su consigliere, como en ‘El padrino’.
Hasta se parecía a Al Pacino en ‘Atrapado por su pasado’. Misma barba, mismo pelo, misma mirada inquieta. Conocía las calles y sus leyes. Tenía amigos. Magnífico, pensaba entonces. Lo que no sabía es que estaba asociándose con un delincuente real y no con el doble de un personaje de ficción. Suficiente, pensaba mientras se sentaba a la mesa bajo las humedades del techo bajo.
‘¿Algún negocio pendiente, Ron?’ preguntó Guti, bajo las humedades del techo bajo del segundo piso, ambos sentados en torno a una mesa.
Ronal se mesó la barba. Dejó la mirada perdida un breve momento –como Carlito Brigante, pensó Guti. Dios, Ronal tenía estilo- y dijo:
‘Tenemos que matar a Rafael Munilla’. Sin contemplaciones. Sin más. Así era Ronal. Tómalo o déjalo. Eso era lo que le gustaba de él al principio. Ahora le estaban dando escalofríos. No era un pequeño delincuente. Era un asesino.
‘¿Te das cuenta de que su cuñado es policia?’ le preguntó Guti.
Entre las raíces gruesas como puntos de espinillas le caía el sudor y le perlaba la frente. Aquello no le gustaba. No, señor. Nada. Se pasó un kleenex por la calva y lo arrojó empapado al suelo de linóleo.
Rebuscó en su mente alguna de las enseñanzas que buscaba obsesivamente en los libros de historia. Si Ronal era como un Patton decidido que no paraba ante nada hasta tomar su Sicilia de turno, Guti se veía más a sí mismo como un Rommel concienzudo, reposado y objetivo.
Así tenía que ser un hombre de negocios, caramba. El problema es que Ronal era más decidido que él, sí, y además más brillante. Nunca se dejaba un cabo suelto y no sabía cómo podría desembarazarse de él.   
‘Hasta ahora nunca habías dado ese paso. Yo estuve en la cárcel por una mala suerte. Tú más o menos por lo mismo. ¿De qué me estás hablando ahora, eh? Dime’.
Ronal lo seguía mirando con mirada viva de Al Pacino y lo ponía nervioso y lo asustaba.
Ronal respondió: ‘Hay que matarlo. Le prestamos € 6000 hace un mes. No lo devuelve y está en la ruina. Lo sé de buena tinta’.
‘¿Cómo que le prestamos? ¿Quieres decir nosotros? ¿No con tu dinero?’
Ronal no respondía. Guti tenía miedo de que lo matara en aquel mismo momento si seguía apretándole las tuercas.
Decidió seguir otra táctica.
‘¿No puede negociarse con él?’ Guti, atemorizado, intentaba forzar voz profunda de hombre para disimular.
‘Podemos simplemente advertirle con uno de tus guardaespaldas’. Ni le gustaba la idea de matar a un familiar de un policía ni le gustaba lo decidido que era Ronal para hacer maldades.
Pero sabía que Ronal tendría preparada una respuesta adecuada. Lo había subestimado desde que se conocieron en el patio de Carabanchel. En ese mismo instante se daba cuenta.
Si había algún Rommel en esa habitación insalubre, ése era Ronal. Pensar lo parecidos que eran ambos nombres le pareció triste y cruelmente divertido a la vez. 
Ronal respondió, como sabía Guti que haría.
‘Imposible. Lo he seguido. Está viéndose con su cuñado. Hasta ahora no le ha dicho nada. Partidas de mús, cerveza, aceitunas y partidito del Madrid en el plús. Pero se lo va a contar y nos van a devolver al trullo. Recuerda que el negocio está puesto a tu nombre’. Ahora lo estaba amenazando. Como si nada. Lo había dejado caer. Le estaba poniendo entre la espada y la pared.
‘Tiene una hipoteca en el banco de al lado que no llega a pagar’ prosiguió Ronal.
‘El dinero de los servicios sociales se lo funde en el casino. Suele ir a la whiskería del Mario cada semana’. Sacó un encendedor de oro Dupont y se encendió un pequeño puro Davidoff.
‘Está con el agua al cuello. Va a denunciarnos. Hay que hacerlo ya’.
La sala, baja y húmeda, se llenó rápidamente de humo de puro. Guti comenzó a toser. Tenía los ojos rojos y parecía que iba a llorar.
El Ronal lo seguía mirando, esperando una respuesta, como si leyera en su mente y lo pusiera a prueba, pensaba Guti.
‘¿Dónde está?’ preguntó Guti. Al final había cedido. Como siempre. Incluso en aquella situación tan grave.
‘Ya lo tengo abajo. En la salita de repuestos. Amordazado’.
El humo del Davidoff empezaba a marear a Guti.
‘Los guardaespaldas están al tanto. Sólo hay que mandar fuera a los mecánicos y dejar las máquinas puestas y la música a todo trapo’.
‘Está bien’ respondió azorado Guti.



Guti recordó haber jugado de pequeño con Rafael Munilla. En la estructura de peldaños multicolores en forma de U invertida. En la noria horizontal, que giraba con sus asientos sobre un eje vertical cubierto de neumáticos antichoque. En los columpios. En unas barras paralelas como las de los gimnastas, pero metálicos. En los balancines. Ahora lo iban a matar.
‘Piedad, Ronal. Te voy a devolver todo el dinero’ dijo Rafael. Estaba amordazado a una silla.
Los mecánicos se habían ido. Hasta los dos guardaespaldas. La música seguía alta. Tino Casal. ‘Embrujada’. Con lo que le gustaba. Mierda, pensó Guti. Que vaya a ser la marcha fúnebre de un antiguo colega de Alcobendas.
Las máquinas forjadoras y los discos dentados aserradores de metal estaban encendidos. Guti esperaba que Ronal no los usara para aserrarlo, como Goldfinger a James Bond. Maldito cine que no servía más que para intercalar la vida real con recuerdos de imágenes útiles.
‘Díselo, Guti. Tú eres legal. Todo el barrio te respeta. A ti te escuchará’ suplicó Rafael Munilla. Guti miró para otro lado.
‘Si sabéis que mi cuñado es un pringao. No pinta nada en la poli. Nadie investigará nada si me soltáis. Os devolveré el dinero y no diré ni mú’. Lloriqueó.
‘Guti. Por el amor de Dios. Haz algo. Para esto’. Los ojos vidriosos hace un instante. En aquel momento, ya las lágrimas le caían por las mejillas. Se veía muerto. 
‘Ronal no me hace caso, Rafael. Yo sólo tengo un taller de tuneado de motos. Los negocios que tengas con él son cosa suya’ respondió Guti. Sabía que no era verdad.
‘El negocio es de los dos’ Ronal lo dijo con esa mirada perdida. Ahora más Michael Corleone que Carlito Brigante. ‘Me da igual que Rafael muera pensando que tú tienes parte en esto o no. Pero tú lo sabes’. No pestañeó. Si no se ponía de su lado, morirían dos en vez de uno. También estaba cayendo entonces en eso.
Ronal avanzaba con una navaja hacia Rafa. De espaldas a Guti, dijo:
‘Siempre has sabido la verdad. A mí no me importa que este pringao vaya a morir. No tengo conciencia. A ti el cine y tu historia te han construido una. Por eso disimulas. Haces como que te da pena. Pero eres un actor pésimo’.
Estaba loco. Otra revelación que acaba de tener. Siempre se enteraba de todo tarde, maldita sea.
‘¿De qué habla, Guti? ¿Sabes algo tú de todo esto? Dile que pare, por favor. Sabes que soy de fiar. Recuerda las canicas que te debía. Te las devolvía al día siguiente…’
Rafa dejo de hablar.
‘¿Está…?’ se dio la vuelta Guti.
‘No, tío. Se ha desmayado’. Seguía mirándolo con ojos de Pacino con traje corbata y barba bien cuidada.
‘Vete un rato fuera a que se te aclaren las ideas. Te llamaré si haces falta’ dijo Ronal. En realidad, no lo dijo. Lo ordenó. Otra revelación segura más: el que mandaba era Ronal.  

‘Pero, bueno, Armando. ¿Me vas a decir que de una semana a otro el ‘Quo’ ha subido diez céntimos? ¿Con quién crees que tratas?’
‘Mira, Aga. Tú eres contable. Sabes mejor que nadie que los precios suben. Transporte, coste del papel. Embalado. Márgenes del kioskero, que vengo a ser yo… en fín, qué te voy a contar que no sepas tú. ¿Qué es? ¿La cuenta 6 del plan general contable?’ preguntó Armando.
Aga se daba cuenta que se conocían desde hacía demasiado tiempo. A Armando el de la conciencia trabajadora  no le iba a regatear ni un céntimo. Pero bueno, tanto daba. Estaba hablando con él para hacer tiempo. No le iba a comprar nada. En internet estaba mucho más barato. Cero euros, pensó y se rió para sus adentros.
‘Armando. Hoy en día las cajas vamos a pique. Nos han bajado los sueldos. El día menos pensado nos integran en un banco. No tenemos liquidez. ¿Y aún así te quieres aprovechar de un pobre empleado de banca?’
‘Tan tímido que pareces a primera vista y menuda labia que tienes’. Armando lo miró con cara de pocos amigos y se golpeó su propio mejilla dos o tres veces.
‘No tengo cara dura. No más que cualquier hombre de la calle’. Armando iba echando el cierre a la persiana del quiosco.
‘No más que…’ Agapito miró al parque de enfrente y señaló con el dedo índice a una persona al azar. ‘… ese tipo calvo de chándal negro’.
‘No se te ocurra compararte con Jeremías Gutiérrez. Ese es un tipo legal que ha sacado de las drogas a muchos vecinos del barrio de toda la vida. Y les ha dado un trabajo. A ver cuándo la banca pone empleos.  Que yo sepa hasta ahora la intermediación financiera se dedica desde el inicio de la revolución industrial a jugar con el dinero de los trabajadores, a invertirlo y ganar millonadas por trimestre y a retribuir al trabajador que le presta con un juego de cafés y dos sartenes’.
‘Maldita revolución de las masas. Esta conciencia de clase trabajadores con tardes libres para leer la Espasa’ pensó Aga sonrojado, pensando que le había dado donde dolía. ¿Y qué le respondía él entonces?
‘Y no vengas con lo de la revolución de las masas, porque Ortega no se refería a tipos cultos como yo sino a hombres masa mediocres contentos de serlo’. El discurso de todos los viernes. ‘Además, la crisis la habéis creado...’
‘… contables como yo y Lehmann Brothers. Ya me lo sé, Armin’. Aga seguía mirando al tipo calvo que había señalado al azar.
No sabía por qué, pero se le hacía vagamente familiar el Jeremías ese que decía Armando.
‘Mira. Voy a traer al empresario benefactor ése del que tanto hablas’.
Armando, con la persiana ya echada, se soplaba las manos para espantarse el frío de la tarde de febrero. ‘No líes mucho a Guti. Es un hombre ocupado’ respondió Armando. ‘Además, me voy. Que echan en la 2 la noche temática. A más ver’ se despidió por lo bajo –Aga ni se dio cuenta-, y se encaminó a su casa a paso ligero.

Agapito pensó ‘Gutiérrez. Jeremías Gutiérrez. Gordito. ¿Un poco empollón? ¿Pero no el primero de clase? ¿Lo suficientemente tonto sin embargo como para cambiarme un llavero conmemorativo fenómeno del centenario del colegio por un globito rojo?... Espera, espera. Si Armando lo ha llamado Guti. ¡Guti, claro! Se sentaba al lado mío en mates. Es él. No cabe duda. Qué alegría. ¿Cómo tantos años sin verlo? Más de treinta, ¿quizá?’
Pisando la arenisca del caminito del parque, ya estaba cerca de Guti, que se acababa de sentar en un banquito delante del yerbín, a la fresca del crepúsculo, con los ojos cerrados. Qué tipo más majo.



‘Hace tiempo que vive en un cuento del cual no quiere salir. Todo era derroche, reina de la noche. ¡Quién te ha visto y quién te ve!
Cuentan que eras sexy, rutilante estrella, pero la botella acabó con tu poder. Stop, mi bruja, con tacón de aguja, víctima del desamor,
date prisa, envuélvete en la brisa, olvida tu malhumor.’ 
La canción de Tino Casal que había oído en el almacén no se le iba de la cabeza a Guti. Estaba seguro de que Guti la ponía en la lista del ordenador a mala leche.
Porque era su propia historia. Porque había pasado el colegio, el instituto y llegado a la universidad. Porque había adelgazado y conseguido un cuerpín con las pesas que ni el de Carl Lewis. Las chicas lo buscaban de aquella. La noche le gustaba y le confundía. ‘Como al Dinio’ pensó en aquel momento con una risa amarga.
Y empezó a beber todas las noches. Que si jueves universitario. Que si miércoles Erasmus. Que si fiestón para recaudar el viaje de fin de estudios. Que vamos al local para ver el fútbol. Que con la bebida te desinhibes más y eres el rey de la fiesta. Por qué crees que te persiguen las chicas, sino, le decían ‘y yo no creía que era por mí mismo’ se lamentó para sus adentros.
Mezclas. Ron, piña, whisky, mojito, caipirinha… bebidas del trópico para veinteañeros de Alcobendas. Mal humor. Suspensos. No acabar la carrera. Aceptar que sus padres lo llevaran a Proyecto Hombre. Curarse y salir pero ver en el barrio a los bobos que habían sido de su cuadrilla en la universidad.
La mayoría con Mercedes 500 sl y maletín de ejecutivo. Él sin un duro y vigilado por sus padres para que no se volviera a juntar con ellos y comenzar a beber.
‘Mi problema es que siempre me he creído muy listo’ se dijo. No podía aguantarse de la envidia hacia esos tarugos y robó un banco.
Igual es verdad que no era tan listo porque le pillaron nada más salir de una sucursal con veinte mil duros. Dos años en Carabanchel y conoció al Ronal.
Al principio parecía un buen tipo. Delgadito y pequeño, pero al que todos respetaban. Caray, si mientras él leía historia y se intentaba olvidar de lo tonto que fue para dar con sus huesos en la cárcel, Ronal le defendió de tipos muy peligrosos allá adentro.
Pero ahora se había dado cuenta de que Ronal había cambiado. O siempre fue así. Nunca lo sabría. Lo que es seguro es que el Ronal se maleó más a partir de montar el negocio al salir del maco.
Ronal no puso un céntimo. Todo dinero de sus viejos y el que le había prestado el Pelayo, amigo de la universidad.
Ése al menos era legal. Los otros viejos amigos, ahora yuppies, también sabían que ya no podía beber. Pero cada vez que lo veían le invitaban a cañas. Pelayo no. Y creyó en él.
Y le prestó veinte mil euros para comprar el viejo almacén frente a su sucursal.

Guti seguía recapitulando sus últimos veinte años de vida andando en círculos sobre la arenisca del camino del parque. Le daba paz el silencio y le dejaba pensar.
Todo lo contrario del ruido –los martillazos. Esa música del demonio que ponían Ronal y los obreros, Las propias prensas, forja y sierras que él mismo compró al principio con tanta ilusión- que le embarullaba la cabeza en el taller.
Siempre que pensaba en esto acababa concluyendo que el taller iba a acabar con él. Y no sólo por el ruido: ahora empezaba a entrar mucho dinero.
Al principio eso habría sido una bendición para sus sueños de empresario rehabilitado tras la cárcel, cuando todo era legal. Arreglo de motos. Tuning. Todo limpio y muy de moda gracias a ‘Fast & Furious’. Mierda, el daño que había hecho el Vin Diesel a la juventud.
Porque los embruteció, sí, los atontó  y embruteció, eso era.
Y frente al taller, algunos clientes empezaron a traficar un poco de costo.
Luego, viendo que él no lo atajaba -¿Qué iba a hacer? ¿Contrariarles? Si empezaban a crearle una reputación de pequeño-empresario y héroe local salvador de yonquis…-, se pasaron a la coca, pastillas, heroína, etc hasta que el Ronal, a sus espaldas, los convenció para usarlos como recaderos de una pequeña red de distribución de drogas con base en su propio taller.
Empezó a entrar mucho dinero. Casi todo de las drogas. Y Ronal  había cambiado. Lo miraba con esa cara de ido. Se vestía como un narco salido de Miami Vice. Ya nunca le agradecía por haber puesto el dinero para montar un negocio y prosperar honradamente con las motos.
El dinero empezaba a considerarlo suyo. Dinero de la droga, dinero del Ronal, había bromeado –así lo quería hacer ver, como una broma- cuando Guti le dijo que sabía lo que se traía entre manos.
Otra vez la historia. Sabía que hasta los mejores amigos se traicionaban.
Marco Antonio dejó vendido a Ciceron tras aliarse con Octavio.
Cerró los ojos y se sentó en un banco. Silencio al fin.  



Guti se había dormido en el banco. Agapito, con su parka gris vieja, jersey de rombos multicolor, camisa de cuadros de cuello amarillento y pantalón marrón de pana, se acercó a su asiento.  Aga, como un espectro salido de los años ochenta –poco había cambiado su forma de vestir en treinta años-, iba a dar a Guti el susto de su vida.
Se sentó al lado de Guti, lo miró dormir y lo despertó con tres toquecitos del dedo índice en el hombro.
‘¡Eh! ¿Qué? ¿Quién me busca?’ Guti iba a abalanzarse sobre su supuesto agresor.
Nunca llevaba pistola ni pensaba llevarla. No era un criminal.
Pero vendería cara su vida ante quienquiera que le enviara Ronal. Ay de aquel, se dijo, más que nada para reunir un poco de valor.
Se levantó del banco e iba a hacer algo parecido a una llave de judo a Aga.
‘¡Qué alegría que te acuerdes tanto de mí después de tantos años! ¡Venga ese abrazo!’ Aga se abrazó con fuerza a Guti, sin dejarle tiempo para llaves de judo ni siquiera huir de ese tío tan raro.
Aga lo golpeó amistosamente varias veces en la espalda.
‘¿Quién coño eres tú? ¿Te manda Ronal?’
Guti estaba más nervioso de lo que creía y desistió del todo de su intención de defenderse.
‘¡Esta sí que es buena!’ Aga dijo y se echó a reír. Alguna simpatía dormida se habría despertado en él al ver a un antiguo compañero de primaria y se mostraba dicharachero. ‘¡Me debes de haber confundido con otra persona’.
‘Yo no sé…’
‘El mismo Jeremías regordete y bonachón de siempre. Eres el mismo que cuando te cambié un globo por un llavero conmemorativo del colegio’.
Ese tío era imbécil, fuera quien fuera. No parecía ningún matón. Sólo tonto de capirote.
Ambos estaban de pie a un lado del banco. Jeremías, recuperándose de la impresión, estuvo a punto de trastabillar con el zócalo separador de la gravilla y el yerbín.
Se rascó la cabeza y miró de arriba abajo a Aga.
‘¿Tú eres Agapito Bonilla? ¿El que comía las tizas en párvulos?’ preguntó Guti, aún extrañado, tras recordarlo en una imagen lejana de la infancia. ‘¿Qué haces aquí?’
‘Trabajo en la Caja de Alcobendas’. Aga le acercó una tarjeta.
Igual le gustaba mostrar que había triunfado profesionalmente, pero a Guti se le estaba empezando a indigestar. Sobre todo desde que le llamó regordete y bonachón.
‘Y tú, chico… has prosperado también. Me dicen que eres un héroe en el barrio, que tienes tu propio negocio, que ayudas y empleas a marginales’.
‘Bueno. No es para tanto. Además tengo que volver al taller’ respondió Guti ya más tranquilo.
Qué habría ocurrido con Rafa. Tenía que impedir lo peor si aún había tiempo. Parar a Ronal, convencerlo. Aunque fuera por los viejos tiempos. Además cualquier cosa sería mejor que estar con aquel pelmazo, al que nunca había aguantado ni en primaria ni sabía de qué diantre de llavero le hablaba.
‘Así pues, tengo que irme. Ha sido un placer. A ver si lo repetimos otra vez un día de estos’.
Guti arrancó a andar con prisa hacia el taller. Ya estaba casi fuera del parque y a punto de cruzar la calzada hacia el portón polvoriento del taller.
‘En serio. Lo que haces tiene mucho mérito. Me han dicho que has sacado a  mucha gente de la droga’.
¿Ese tío no entendía que se había despedido ya de él? ¿De verdad lo seguía? ¿Le estaba hablando a él?
‘Admiro a los héroes. Tú lo eres. No me lo ha dicho cualquiera. Ha sido Armando, el quiosquero más leído de todo el cinturón sur’.
Sí, por lo visto le estaba hablando a él. Aga ya se había situado a la par de Guti.
‘Mira, ahí está su quiosco’. Aga señaló el quiosco.
‘Uy, qué raro, si no está ya. Siempre se despide de mí. Me quiere como a un hermano’.
‘Un placer’. Guti le estrechó la mano delante del almacén.
Entraría a su taller librándose del pelmazo y, con un poco de suerte, quizá podría salvar la vida de un ser humano. Se volvió y forcejeó con la llave en la cerradura.
‘Claro. Por eso no nos hemos visto nunca’. Aga se fijó en el letrero con el horario del almacén. ‘Porque trabajáis de tardes y yo de mañanas. Por eso nunca hemos coincidido en tantos años’.
Guti ya no le escuchaba. Cerró la puerta tras de sí.
El problema es que Aga la abrió tras él–Guti no echó la llave- y le dijo:
‘Salvo los viernes, que me quedo hasta tarde haciendo números. Por cierto, los ruidos son los que vienen de tu almacén, ¿no?’
Aga seguía a Guti. Ni se había dado cuenta. Aga sólo veía sus espaldas, anchas y gordas. Guti se echó las manos a la cabeza al ver a Rafa.  
‘¿Lo vas a mutilar como en ‘Reservoir dogs’? ¿Qué clase de monstruo te has vuelto, Ronal?’
Guti se apartó para ver al pobre Rafa, todavía amordazado, sangre brotando de su cabeza, encharcada bajo la silla.
‘Tranquilo, buen Guti. Aún no le he cortado la oreja’ respondió Ronal, sádicamente tranquilo, con su traje-corbata gris, tan limpio como si lo viniera de sacar de la tintorería.
‘Qué divertido. ¿Hacéis también teatro? Yo fui amateur con la obra social de la caja’ comentó Aga, hasta entonces inadvertido por Ronal y Guti.
‘El maquillaje, demasiado realista para mi gusto’ dijo, inquietándose un poco a medida que se acercaba a Rafa.
‘¿Quién es el julay?’ preguntó Ronal.
Guti se pasó de nuevo la mano por la calva. Acabáramos, pensó.
‘He entrado por el ruido. Es que ésta es un área tolerablemente ruidosa,  a punto de delimitarse zona tranquila’ dijo Aga.
Las piernas le temblaban. ‘Pero un poco de ruido da energía’.
Ronal se acercó a Aga con un bate de beisbol -la cabeza del mismo mirando hacia el suelo- en la mano izquierda y un revolver en la diestra.
‘No hace daño a nadie’ añadió Aga.


Guti conocía cada vez mejor la mente criminal de Ronal.
Le inquietaba pensar que su socio no sólo quisiera librarse de Rafa –seguro que por la mente del Ronal pasaba que no podía dejar correr la voz de que se le podía deber sin sufrir consecuencias-, sino también de él mismo.
Además sonaba Megadeth a todo volumen. ‘Qué adecuado’ pensó, al tiempo que le parecía que le reventaban los tímpanos.
Pero reflexionándolo bien, si no fuera porque temía que lo mataran, el propio Guti se daba cuenta de que era la decisión más lógica para tomar.
Al fin y al cabo, debido a su obstinación por llevar un negocio honrado, Ronal no había podido ejecutar varios delitos. Y casi seguro que también se desharía de aquel bobo de Aga, por ser un testigo inoportuno.
‘Por cierto, aparte de encantarme el ruido, soy ciego de nacimiento’. Aga retrocedía de Ronal, mirando sin parpadear y simulando tantear las paredes. ‘¿Dónde estoy’?
Coño, realmente era bobo.
‘En serio. ¿Quién es este tío?’ preguntó Ronal a Guti.  
‘No es nadie. Déjalo ir. No contará nada’ respondió Guti, de pie frente a Ronal, tratando de ganar tiempo para salvar a Rafa y simulando complicidad con el plan de su socio.
‘Si además es medio tonto…’
‘¿Cómo que medio tonto, Jeremías? No olvides que soy cargo en la Caja de Alcobendas’.
Al oírlo, Ronal se le acercó.
Mierda. No era bobo. Era más que eso.  
‘Jeremías, Jeremías’. Guti tenía un mal pálpito sobre la situación. Era la primera vez que Ronal le llamaba por su nombre. ‘A menudo amigo tan interesante me has traído’. Se paró frente a Aga y le extendió la mano. Aga se la estrechó.
‘Tonto de capirote’ pensó Guti.
‘Todo un señor banquero. Me alegro de conocerlo, don…’
‘Bonilla. Agapito Bonilla’.
Aga sonreía orgullosamente y continuaba apretando fuerte la mano de Ronal, como le había visto hacer a Pelayo con los clientes.
‘Pena que, Sr. Bonilla, sea Ud. un mentiroso’.
‘¿Cómo?’
Aga abrió mucho los ojos y volvió a dejar de pestañear.
‘Ja, ja, ja. Me caes bien, Agapito.’ Lo palmeó en la espalda. ‘No eres ciego. Es más, lo estás viendo todo. Pero, tranquilízate. Que un banquero mienta no es malo. Es hasta deseable. ¿No lo hacéis todos?’
‘Bueno… habrá que decir que sí’ río tímidamente Agapito, siguiendo la corriente de Ronal.
Rafael, moviendo el trasero sobre el asiento de plástico, luchando por soltarse de las manos, se cayó al suelo, atado a la silla. Gemía tras la mordaza y estaba empapándose con su propia sangre, viscosa sobre el piso de cemento rugoso.
‘À tout le monde, à tous les amis, je vous aime, je dois partir. These are the last words I’ll ever speak…’ Megadeth a todo trapo. Bonito estribillo. Parecía premonitorio. Guti sudaba como un atleta de 100 metros corriendo una maratón. ‘Y encima moriremos con los tímpanos dañados’, pensó.

Ronal, dándose la vuelta hacia Rafa y sin mirar a Aga, le dijo:
‘Verás, Aga. Estoy de acuerdo contigo. Para tener éxito en los negocios hay que mentir’.
Ronal, medio agachado, caminaba hacia el charco de sangre donde Rafa yacía, solo, en el suelo desnudo hacia la mitad del almacén, lejos de las máquinas de sierra y forja.
Lo apuntaba con el revólver. Aquel loco de su antiguo socio lo iba a matar.
‘No puedo permitirlo’ pensó Guti.
Mientras, Aga se agarraba con fuerza el estómago y gemía.  
A punto de disparar Ronal, Guti se lanzó sobre él como un rugbyer intentando un placaje. No lo alcanzó. Cayó sobre el suelo y se deslizó boca abajo, sobre la sangre de Rafa.
Ronal se había girado de repente, sin disparar a Rafa. Por eso Guti falló el placaje.
Ronal, riéndose, preguntó a Aga: ‘Eres un tipo de lo más peculiar. ¿Qué te pasa ahora? ¿Por qué te retuerces?’
‘La música. Está muy alta. Me irrita el colon’.
‘Ja, ja, ja’ río con ganas. ‘Qué me dices, socio. ¿Le perdonamos la vida?’
Se volvió buscando a Guti. Le costó encontrarlo, tendido en el cemento, ensangrentado, cerca de Rafa.
‘Después de todo, igual haya conseguido ganar el tiempo que quería’ pensó Guti.
‘¿Qué haces en mitad de la sangre? Sé que no vistes como yo, pero no es para ensuciarte el chándal porque sí’.
Parecía de buen humor. Se la iba a lanzar. El todo por el todo.
Se levantó. ‘No matemos a nadie’. Ronal lo miró arqueando la ceja. Se llevó la mano a la empuñadura de la pistola. ‘Son nuestros seguros de vida por si pasa algo en el trato’.
‘¿Qué trato?’ preguntó Ronal.
‘La Caja de Alcobendas de aquí al lado. Agapito trabaja allá y el director es amigo de la facultad. Lo engañaremos para que nos dé todo el dinero que queramos. Ya se nos ocurrirá el modo’.
‘Eres un genio’ dijo Ronal.
Megadeth había dejado de sonar. Camilo Sesto llegaba alegremente a las notas más altas. 



‘¿Estás seguro de que interpretarás bien el papel? Te aviso que Pelayo es muy listo’ preguntó Guti.
‘Descuidá, che. El papel de terrateniente mishonario de la pampa se me da piola. Nasí para haserlo’ respondió Ronal.
‘Tú sabrás. No sé cómo se te ha podido ocurrir algo tan disparatado’.
‘No es nada difícil. Sé cómo son algunos argentinos. Anoche ví ‘Nueve reinas’. Es hacer como en la película y listo. ¿Te crees que sólo sabes tú de cine?’
Aga los miraba con los ojos bien abiertos. Como cuando intentó hacerse pasar por ciego. Pero esta vez los abría por la sorpresa. Quién diría que Jeremías, tan obediente en el colegio, y tan inocente, -si es que le había endosado un simple globo rojo por un llavero plateado fenómeno, conmemorativo del centenario de la escuela además- se había convertido en un criminal y maquinaba para estafar a su jefe y por tanto, a la Caja de Alcobendas. Y para más inri, con la poca liquidez que tenían con lo de la crisis.
‘Todo con tal de sacarle la plata a ese jodido banquero’. Ronal se ajustó las hombreras de la chaqueta. ‘Total, ellos nos robaron todo con lo de las ‘suspraim’, ¿no?’
‘Ni yo lo hubiera dicho mejor’ respondió Guti, consciente ahora de que la culpa de la situación que vivía era toda suya. Por haberse asociado con un macarra como Ronal.
‘Ché. Además se supone que soy argentino y nos garcharon con lo del corralito, ¿no es sierto?’
Aga seguía observándolos.
El que parecía el jefe, tenía sombrero de paja y un recipiente de madera con una paja metálica en la boca de la que no paraba de sorber. Una americana de lino sacada del armario de Don Johnson en ‘Miami Vice’. Unos jeans raídos y unas botas de cocodrilo con las punteras repujadas en metal. ¿No ponía ‘La Ponderosa’?
‘Estoy seguro de que los terratenientes no visten así’, pensó Aga. ‘Por lo menos, no cuando salieron en Españoles por el mundo. Tranquilo entonces. Seguro que Pelayo descubriría rápido el juego de ese indeseable. Bueno era él. Ojalá no sacara la pistola al verse descubierto la pistola aquel loco. Aún se acordaba del Rafa aquel. Le faltó poco’, siguió pensando.  
‘Y tú. Agapito. No intentes irte de la lengua cuando aparezca tu jefe  o sino…’ Ronal hizo el gesto de rajar la garganta con la punta del pulgar.
‘No dude Ud. de mí, señor. Sabré cumplir’ musitó Aga.
‘Ja, ja, ja. Me troncho con este tío…’ dijo mirando a Guti ‘…tan formal que es él. Y cómo habla. Es un crack’.
Guti simuló reír, teniendo presente que la vida le iba en que su socio no sospechara nada de él.
Se reía Jeremías, chulesco, arrogante, con americana negra de seda, pantalón bermudas y zapatillas nike de muelles. Aga seguía sin entender el cambio de Jeremías. ¿Se podía conocer tan poco a una persona? ¿Cambiábamos tanto de la niñez a la edad adulta?
‘Ese es el sonido de su mercedes sl. Estaba como loco por ese coche Pelayo, ya desde tiempos de la universidad. Lo vió aparecer en ‘American Gigoló’’ dijo Guti, viéndolo acercarse por la carreterita particular de la urbanización hasta el jardín.
‘¿Pelayo es otro freak de las películas? Dios los cría…’ suspiró Ronal.
Estaban sentados los cuatro en unas sillitas de jardín, sobre la gran parcela con césped y piscina de la casa de Pelayo. Tal y como Aga, obligado por Ronal la noche anterior, había comunicado a Pelayo por móvil.
Lo esperarían él mismo, un rico potentado argentino que había conocido a través de su amigo de la universidad Jeremías, el guardaespaldas del argentino y Jeremías.
Pelayo lo había felicitado por teléfono, ya era hora de que saliera un poco de su cascarón e hiciera un poco de labor de captación. Que así actuaban los hombres, que mentir un poco no era malo para vender, siempre que no se notara, y que necesitaban liquidez del argentino ése o de quien fuera como agua de mayo.
Por eso había vuelto a Madrid tan rápido desde Valdesquí. Aparcó el descapotable rojo junto a la acera de la casa.
‘Usted debe de ser Sebastián Schiapparelli’.
Pelayo apretó con decisión la mano de Ronal y sonrió como un actor de Hollywood en los Oscar. Vestido de raya diplomática, pañuelo blanco plegado en el bolsillo de la americana. Anillo de oro en el índice y pelo engominado. Era el perfecto ejecutivo. Educado, con empuje, amable con todos –abrazó a Guti como a un amigo de toda la vida, aunque apenas si se había cruzado tras la universidad, y dio dos palmadas en el hombro a Aga- y con porte de antiguo jugador de fútbol.   
‘Sebas para los amigos’ contestó, en tanto que seguía sorbiendo del mate.
Con la otra mano, levantó del suelo un recipiente alargado de plástico. ‘¿Me tenés un momento el termo, che? El agua se está enfriando y tengo que sebar un poco el mate’.
‘Un hombre apegado a las costumbres de su tierra. Como tiene que ser’ sonrió Pelayo.
‘Y sí. Soy un tipo sencisho’. Ronal echó algo de agua del recipiente de plástico al mate. ‘Aunque cuente mi fortuna por mishones y no precisamente de pesos argentinos, ¿víste?’
Ronal se echó a reír exageradamente. Pelayo lo acompaño, con más exageración aún y al final todos, -Guti, el esbirro de Ronal y hasta Aga, más tímidamente-, rieron.
‘Son Montecristo. Me los trae Fidel desde La Habana en agradecimiento a una gestión que le hice en nuestra entidad’.
Pelayo entregó la caja de puros a Ronal y sacó uno, que se encendió enseguida diciendo con mucho gusto, tras entregarle la caja a su matón.
‘Seguidme, por favor, a mi humilde morada, donde podremos tratar más confortablemente de lo que nos ocupa’.
‘Un plaser’ respondió Ronal.
Aga estaba seguro de que Pelayo ya lo tenía calado. Estaba siguiéndole el juego, no cabía duda. Le había contado ya muchas veces sus correrías por los prostíbulos cercanos al cementerio de Recoleta. Qué país, le había dicho, que aprovechaban para poner casas de esas hasta enfrente del cementerio. Aga, por supuesto, no se lo creyó, pero si un tipo tan brillante como Pelayo lo decía, algo tendría de verdad.
Así pues, seguro que cuando su jefe entrara en la casa, se excusaría un momento y desde otra habitación alertaría a la policía. Bueno era Pelayo. No se le pasaba una. Y además era serio, como había que ser.
Nunca le había invitado a su casa –únicamente le había dado su dirección para casos imprevistos-.
‘Y mejor así. Porque entre el jefe y el empleado se han de guardar las distancias’ pensó Aga complacido de trabajar bajo las órdenes de alguien fiable y honrado.
Se sentaron los cuatro en torno a una mesa redonda en madera rústica. La sala de estar, decorada al estilo caribeño, parecía sacada de los especiales del Hola sobre la casa de Julio Iglesias en Punta Cana. Visillos de caña filtrando el sol de los ventanales, esteras de cáñamo sobre el suelo de madera, jarrones de barro decorados con motivos indígenas y recuerdos y fotos de viaje por doquier.
‘Linda estansia tenes acá, Pelasho’.
‘Era de mi ex-mujer’ respondió Pelayo, volviéndose y señalando toda la habitación de un gesto. Sacó otro montecristo de una pitillera en oro y se lo encendió. ‘Dí lo que aquí llamamos un braguetazo. Por supuesto, sin separación de bienes. A los dos años nos divorciamos y me quedó en propiedad esta humilde casilla’.
Ronal y Pelayo rieron a carcajadas. Los demás, casi a la par, los imitaron.
‘Ah, qué chorro que sos. Así que te casaste por la plata, che. Hisiste bien. Agarrá una buena mujer cuando es joven y linda y vendéla cuando te cansás de ella. Casi como en la bolsa’.
‘Te advierto, Sebas, de que jugando a bolsa no se gana tanto’.
Aga siguió con lo que parecía ya casi un ritual, reír cuando ríe el jefe.
Realmente lo que acababa de confesar Pelayo respecto a su ex–mujer lo desconocía, pero seguro que sería porque se les habría acabado el amor. O simplemente, mentía para hacer que se confiara antes de la llamada a las fuerzas del orden. Pelayo era un tipo recto y no podía haberse aprovechado así de una dama.
‘Me caés bien, Pelasho. Te voy a confiar la rasón de que estemos hoy acá juntos. Me he hecho muy rico plantando y vendiendo soja y quiero estableser acá en la madre patria una filial de distribusión para servir a mis sosios gashegos. No te importá que te shame de gashego, ¿sierto?’
‘¿Cómo? Si mi padre es de Lugo y mi abuelo de al ladito de Corrubedo. Es todo un honor que acogierais a tantos compatriotas cuando lo pasamos mal tras nuestra guerra’.
Ronal bajó la cabeza en señal de aceptación al reconocimiento de Pelayo.
‘Juraría que la familia de Pelayo es de Asturias de toda la vida’, pensó Aga.
No importaba. Ya se lo estaba ganando para luego clavarle la estaca a ese lumpen del diablo.
‘Nesesitaré de un poco de sirculante para finansiar los edifisios, la logística, gastos de representasión, etsetera. Sha vos sabés, ¿no es sierto?’.
‘Por supuesto, amigo mío. Levantar una fial cuesta algo de capital’.
‘Te ingreso sien millones para empesar. De dólares americanos, claro.’
Pelayo casi se atragantó con el Montecristo.
‘Sho aún creo en Obama, sha sabés, el de la Casa Blanca. La de la rosada, en cambio, cualquier día de estos, me nasionalisa las tierras como me descuide un cachito’.
Ronal empezó a reírse de su propia ocurrencia. Se estaba sorprendiendo a sí mismo de su ingenio y de lo mucho que daba de sí ver tras la cena un filme argentino.
Pelayo se estaba poniendo de color morado, por momentos. La sorpresa casi lo hizo desmayar, pues se emocionó pensando que con ese dinero reflotaba casi media entidad y a él lo ascendían de golpe lo menos a consejero delegado.
‘Te pasá algo, ¿viejo?’
‘No, no, nada’. Pelayo tosió un poco. ‘Este Montecristo. Las hojas parecen malas. Hoy mismo le llamaré a Fidel para echárselo en cara’.
‘Ah, bueno. Pará, viejo, ¿te sirvo algo de agua de la jarra que tenés acá?’.
‘Sí, por favor’. Pelayo se dejó servir por Ronal.
‘Por supuesto, amigaso, mañana te traeré algo de plata de antisipo, sobre dies mishones de dólares o así, en negro. Sabés que acá sino tendría que declarar mucho a la hasienda. Y de momento, para ir tirando con los primeros gastos, me adelantarás de mi crédito un mishón de euros. Cuando estemos legalmente implantados, todo será legal’.
Aga se dijo para sí que iba bueno el delincuente éste si pensaba que Pelayo le iba a entregar un millón de euros. Vamos. Vamos.
‘Claro, claro. Ningún problema. Además no existe el dinero negro. Que yo sepa todo es de color verde, ¿no?’ 
Rieron todos otra vez. Ronal y Pelayo se estrecharon las manos. Pelayo parecía muy contento. Ronal le pidió que pinchara algo de cumbia vishera.
‘¿Tenés algo de los ‘pibes chorros?’
‘Lo siento. En el ordenador sólo tengo blues y country. Si quieres, descargo cumbia ahora mismo del aituns’.
‘No hasé falta, amigo. Me gusta mucho la música de shanquis sureños’.
Aga empezó a dudar un poco de los planes de su jefe. Bueno, tampoco era para preocuparse. Pelayo era un perfeccionista. Seguramente no tenía prisa en llamar aún a la guardia civil. 


‘Despierta, Agapito. Al final Ronal ha decidido darnos el pasaporte’.
‘¿Qué? ¿Cómo?’
Agapito se desperezó. Estaba maniatado al respaldo de una silla de plástico. Detrás, también maniatado al respaldo de otra silla contigua, estaba Guti. Llevaba más de media hora susurrando cerca de  su oído para que se despertara.
‘Has perdido el conocimiento. Ronal nos ha estado torturando con música a todo volumen’. Mientras hablaba, Guti hacía esfuerzos para intentar desatarse las muñecas.  ‘Al parecer se enteró de que eras alérgico al ruido. No sé cómo’.
‘Quizá, quizá…’ a Agapito le costaba encontrar las palabras. Parecía drogado. ‘… se lo, se lo, dije yo, yo, ayer. Ayer. En la fiesta en casa de Pelayo. Pusieron la música altísima, altí-sima y empe, empecé a sentirme muy mal’.
Guti movió la cabeza de un lado a otro.
‘Pues no nos has ayudado mucho, Aga’ resopló, cansado por el esfuerzo que estaba haciendo para liberarse de las sogas que le aprisionaban las muñecas.
‘Ahora mismo, uno de los matones de Ronal está subiendo las escaleras al segundo piso para ponernos otra sesión de country irlandés a todo volumen’.
‘¿No, no e, es tu soci, soci-o el Pachi, pachin, pachino ése?
‘Lo era. Se ha dado cuenta que tras timarle el millón a tu jefe es más rentable para él disolver la sociedad. Para siempre’. Guti calló un instante. Parecía sopesar lo duro que era lo que iba a decir. ‘Nos va a matar. Igual que a Rafa. Lo ha mantenido vivo al cuidado del otro matón entre ayer y hoy, mientras estábamos en la casa de tu jefe’.
‘Gírate un poco. Mueve las piernas en redondo’.
Ambos giraron en redondo, las dos sillas pegadas, hasta ver a Rafa, también sentado y atado. La sangre que había perdido ya no se veía en el suelo. Sólo algún punto rojo dentro de los agujeritos del rugoso y viejo cemento color sepia.
‘¿Esta…? preguntó Aga.
‘No. Antes he hablado un poco con él. Se ha desmayado. Pero no creo que le quede mucha sangre. Lo han pegado durante dos días. Tiene muchas heridas’.
‘¿Co-co-mo le quitó, tó, el mi, mi, millón a Pelayo, Pelayo?’
‘Mandó a un amigo que hizo en la cárcel falsificar diez millones de dólares. Creía que era más listo. Se lo tragó todo. Anzuelo y todo’.
Aga rompió a llorar. Se le había roto un mito. Ni era honrado ni era listo Pelayo. Tanto ellos trabajando de subordinado para un tipo que no era ni la mitad de inteligente que él. A saber si lo habría nombrado a dedo el presidente de la compañía. Quizá no mentía cuando dijo que se casó por dinero. No dijo que su ex era la hija del presidente. Aga, trabajando en la caja, lo sabía.
‘Y por qué, por, por, qué me cu, me cu, esta tan, tan, to habl, hablar? preguntó sorbiéndose las lágrimas.
‘Sufres de intoxicación por ruido. Estress inducido por el ruido. Tu capacidad de atención está mermada’.
‘¿Có-co,mo sabes e-eso?
‘Porque a mí me pasa en menor medida. No era capaz de ponerle nombre hasta que lo leí hace un mes en internet. Sin duda, por estar tanto tiempo entre ruidos y música muy alta en el taller’. Se pausó y tomó resuello.
‘Seguro que el stress de darme cuenta de que mi socio era un mafioso tampoco me ha ayudado’.
‘Venga, intenta desligarte las muñecas. Muévelas poco a poco. Haz como yo’.

De repente, en el almacén comenzó a sonar estruendosamente una música algo así como entre country y blues. El cantante se llamaba Rory Gallagher y si bien las melodías no eran malas, abusaba de una guitarra aguda y machacona. A los decibelios a los que tocaba, destrozaba los tímpanos. Además, por control remoto supuestamente, se había encendido por sí mismo el disco dentado que a Guti le recordaba a Goldfinger. Aserraba con un ruido atronador.
En el almacen solo quedaba un matón. Llevaba puestos en los oídos unos cascos de obrero de la construcción y aguantaba bien el estruendo.
‘Eh, chicos. Chicos’. Era Rafa. Había despertado de su desmayo. Gritaba a todo pulmón para hacerse oír en el caos que inundaba el taller. El matón, desde arriba y con sus cascos, no lo oía.
Tras varios esfuerzos, consiguió llamar la atención de Guti.
‘En medio hora va a estallar una bomba. Se lo he oído a Ronal antes de marcharse. El matón no lo sabe. Quiere que esté aquí vigilándonos para asegurarse de que morimos’.
‘¿Y qué vamos a hacer? Aunque me libere, veo que la puerta está atrancada por dentro y yo no llevo las llaves’ gritó Guti.
‘Si pudiéramos liberarnos, me he fijado dónde ha guardado una escopeta recortada Ronal’.
‘Qué granuja. Sabía que algo de eso también me ocultaría en el taller’ respondió Guti sin saber si Rafa le había podido oír o no.
‘Con ella, abriríamos la puerta y escaparíamos’.
‘¿Y el taller? ¿Y la gente del vecindario? ¿No sería peligroso si estalla la bomba?
‘Tranquilo. Ronal me desató un rato para jugar a ‘Reservoir dogs’ conmigo. Quería golpearme estando desatado. Le colé en la americana un transmisor de alta frecuencia de fluzo’.
‘¿Qué es eso’? preguntó Ronal.
‘Yo soy inventor. Por eso le pedí prestado dinero a Ronal. Quería acabar la investigación. Y lo hice. Es un invento que será útil en tiempos de guerra. Se lo colocas a tu enemigo y cualquier explosivo que haya colocado él, no importa dónde, se rematerializará junto a él y explotará allá dónde esté él’.
‘Parece ciencia-ficción’ gritó incrédulo Guti.
‘No lo creas. Se trata únicamente de manipular las partículas subatómicas del explosivo para que, cuando vaya a ser detonado, deformen el eje espacio-tiempo y aparezcan donde se halle el transmisor de fluzo. Es una simple teletransportación. Sólo que de una bomba. ¿No es genial?’
‘Así lo parece. ¿Y funciona?’
‘Eso espero’ gritó Rafa.
Alejandro Sanz. El ordenador empezó a emitirlo a todo volumen en ese momento por los altavoces del almacén. 
‘No lo soportooo. Desde que era un adolescente y entró en la mente de todos, pisando fuerte, pisando fuerte’ gritó Aga.
‘Agapito. ¡Estás curando de tu enfermedad del ruido!
‘Mira. De algo ha servido entonces el Sanz entonces. Rápido. No hay tiempo que perder. Escapemos’. Aga parecía más valiente que nunca.
‘Eh, para el carro’ le dijo Guti desde la silla a su espalda. ‘Te has vuelto muy valiente de repente. También es porque te repele Alejandro Sanz’.
‘No. Porque me siento como un soldado en la guerra y siempre he admirado al general Eisenhower. Ahora es el momento de ser un héroe’.  
‘Eres grande, Aga. Te perdono por lo del llavero y el globo’.
‘Con que te acuerdas, ¿eh?’
‘Claro’ respondió Guti. ‘Al poco del trueque, me sentí muy tonto. Pero, ¿cómo escaparemos?
‘Me he desatado. En la marina aprendí a hacer y deshacer nudos marineros’.
‘¿Estuviste en la marina?’
‘Claro. ¿Cómo sino iba a parecerme a Ike Eisenhower?’
‘Muy lógico’ río Guti, por fin un poco esperanzado. ‘Yo siempre había admirado a Rommel. Pero iba con los malos. Ike mola más’.
‘Chócala, amigo’. Aga desató a Guti y se chocaron las palmas.
Se levantaron y poco a poco, entumecidos, caminaron hacia Rafa y lo soltaron.
‘Gracias, chicos. Ahora vamos a por la recortada. La guardaron en la sala de repuestos. El matón nos ha visto y viene a por nosotros’.
‘No hará falta’ respondió Guti. ‘De adolescente estudié judo y me saqué dos dan. Estuve a punto de partirte la tibia en el parque el día que nos reencontramos’ guiñó el ojo a Aga.
Frente al matón, que ya había bajado a la planta del taller, comenzó a moverse y a estudiarlo con la técnica del judo. El matón cogió su casco de obra, hizo crujir los huesos de su propio cuello y le lanzó los cascos a la cabeza a una velocidad vertiginosa, como si fuera un bumeran. Falló y fue a incrustarse en una vidriera alta del taller, rompiéndola en mil pedazos. 
Sobre los gritos de Alejandro Sanz, se oyó una sirena de policía a través de la vidriera rota.
‘Bien’ gritó Guti. ‘Pero para salir y ayudar a los artificieros a desactivar la bomba, necesitamos antes librarnos de ti’.
Guti se acercó al matón, ya sin casco. Barrió una de sus piernas por el suelo, desequilibró al matón, lo cogió por la entrepierna antes de que cayera, lo levantó en vilo y lo arrojó al disco aserrador, desintegrándolo completamente.
‘Siempre había querido hacer esto’ dijo. ‘Aunque lo de James Bond era un rayo láser’.
‘Abramos la puerta, vamos. Tengo la recortada’ dijo Rafa. Disparó y  abrió un boquete en la puerta del taller. Sacaron la mano desde dentro y abrieron con la manilla de afuera.
Los esperaba la policía y la ambulancia, alertados por el ruido del álbum de Alejandro Sanz.
Enseguida curaron a Rafa. Al parecer las heridas eran superficiales y no había perdido tanta sangre como pudiera parecer.
‘Rápido. Os indicaré donde está la bomba. Mi amigo Rafa conoce el emplazamiento exacto dentro del taller’ dijo, alertado, Guti a los artificieros.
‘Es inútil. Sólo queda un minuto para su detonación’ dijo Rafa, mirándose el reloj de pulsera.
Artificieros, Guti y Aga se llevaron las manos a la cabeza, abatidos.
‘Recordad el fluzo’ sonrió Rafa.
‘¿Aquello que intentaste vendernos? preguntó el artificiero jefe. ‘No funcionaba’.
‘Lo mejoré’ sonrió Rafa con satisfacción.

De repente, sonó un enorme estallido a lo lejos. Un automóvil rojo –el que Ronal había robado a Pelayo- volaba por los aires, a varios kilómetros de distancia.
Era Ronal.
‘Lástima’ dijo Guti. ‘Era un coche muy bonito. Pero ya no pasará el control de ruidos’.



Gentes del mundo

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Llevo bogando doce horas sin descansar. Tengo diez años. Me llamo Omar o eso creo. Así me lo recordó mi abuela esta mañana antes de pedirme que subiera a la patera. Mi madre murió el año pasado y desde entonces nos hemos empobrecido más y más. Tanto que mis abuelos ya no podían alimentarme. Han pagado sus últimos dinares para que me aceptaran en esta barca. No sé si podré seguir remando mucho más tiempo. Hay hombres mayores y mujeres embarazadas con bebés. También otros niños, más pequeños que yo. Pero ellos no tienen que remar. Entre los niños han dicho que soy el mayor y que, por ello, he de remar. Me duelen mucho los brazos. Los mayores dicen que tras unas luces lejanas está el final del estrecho. No sé quién será el estrecho, pero a mí se me está haciendo ancho. Tras esas luces viene Algeciras, repiten una y otra vez. No os rindáis. Casi llegamos, casi ya está. Algeciras. Remar. Remar. Remar ola arriba, cuando ya no se ven ni luces, ni estrecho, ni Algeciras. Sólo estrellas y cielo negro. Remar ola abajo, agarrándose unos a otros para no caer de la barca, cuando sólo vemos agua oscura y sombras borrosas en el agua. De vez en cuando el viento deja de soplar y remamos sobre un mar llano. Entonces vuelven a hablar los mayores de Algeciras. Me estoy cansando ya de oír hablar de ella. Igual es la mujer del estrecho aquel. Sea quien sea, habrá de ayudarnos pronto si hemos de alcanzar las luces esas. Porque ya no noto los brazos. Se me han quedado insensibles y muy fríos. Antes me ardían y ahora ya no los noto. Ahora lo que me arde es la boca. Tengo muchísima sed y un picor que los mayores dicen que es la sal del mar al entrar por la boca y la nariz. Que no nos preocupemos, que esa sal es buena, que nos da fuerzas. No sé si es buena o no. Pero el hombre mayor que se tiró al agua para beber agua con sal no ha vuelto a aparecer. Quizá es verdad que sea bueno y se ha quedado en el mar, bebiéndola. Más luces, ahora cercanas. ¿Estará cerca Algeciras y sus luces mágicas? Pero estas luces vienen del cielo que antes estaba oscuro. Y del mar, que antes se movía arriba y abajo. Y hacen mucho ruido. No oigo nada. Los mayores están gritando, pero ya no les oigo. Sólo el ruido de las luces. Nadie rema ya. ¿Algeciras? Una escalera de cuerda baja a la barca desde la luz ruidosa. Los mayores suben por esa escalera. ¿Camino a los cielos? Me alegro por ellos si es así. Yo también quiero subir. ¡Ay! Me han agarrado por la espalda. Vuelo por encima de la borda. La luz ruidosa sigue por ahí arriba y la que flota por el mar, está encima mío y me deslumbra. No veo nada. La mano que me ha agarrado me suelta sobre una superficie. Se mueve arriba y abajo, como la patera pero menos. Es otra barca, naranja y pintada con cruces rojas. Junto a mí vuelvo a ver a las mujeres y a los otros niños. Los hombres habrán alcanzado los cielos porque ya no los veo. Todo ha salido bien, ¿no? En la barca hay letreros. No sé qué dicen, pero las mujeres lo repiten, como antes en la patera. Algeciras. -Abróchense los cinturones- oigo por la megafonía del avión. -Estoy nerviosa, ¿sabe?- le digo a la señora del asiento de al lado. -¿Y a qué vas, bonita? ¿Te espera alguien? ¿Tus padres? ¿Amigas?- me acaricia la mano y sonríe mucho. –Espera, tú eres ya una mujercita. Te esperarán las amigas en algún hotel. –Intento responderle pero no puedo hacerlo. No para de hablar. -Te divertirás mucho con las amigas en Marruecos. Es un país maravilloso. Te llevan a excursiones preciosas, a lugares exóticos, ves la forma pintoresca de vivir de esas gentes. Y los marroquíes que vienen al hotel a bailar a la noche son guapísimos todos. Que sé que estás en edad de eso -me golpea repetidamente con el codo y me guiña un ojo, sin dejar de sonreír. Pues ya me estoy tranquilizando. Esta señora me lo ha pintado todo tan bonito y como no ha dejado de hablar, resulta que hemos despegado sin darme cuenta y ya estamos por los aires. Si consigo cortar un poco su palabrerío, le voy a agradecer el haberme tranquilizado. Estoy deseando ya conocer Marruecos y sus gentes. -¿Así que Marruecos y sus gentes son maravillosas? –consigo preguntarle. -Divinos, querida. Hablo mucho con ellos en el hotel. Son muy serviciales y muy educados. –Sigue sonriendo. ¡Qué suerte compartir viaje con una persona tan conocedora de Marruecos! -Pues me va a acompañar Ud. en todas mis misiones, ya que los quiere tanto. -Claro –carraspea un poco. -¿Y dónde me has dicho que te alojas, querida? -No se lo he dicho aún. En una misión de Casablanca –le respondo. -¡Oh! Vas a hacer una misión en Casablanca. Como Bogart en la película. ¿Eres acaso de la CIA? –ahora ríe a carcajadas y sigue hablando. ¡Qué mujer tan divertida! -No. Voy a la misión que mi ONG tiene en Casablanca. Aún no sé muy bien qué haremos allá. En definitiva será para ayudar. Y si hay suerte, igual conozco a alguno de esos marroquíes tan guapos que dice usted –le respondo. Se ha puesto unos cascos de música y ya no sonríe. Ahora soy yo quien la codeo suavemente para que me preste de nuevo atención. Se quita el auricular de un oído y me dice: -Perdona, querida. Echan una película estupenda en la pantalla del respaldo. Cuando acabe, me sigues hablando de tus beduinos. –Me sonríe y sigue viendo el filme. Es una pena que no sé cómo, poco antes de aterrizar se ha cambiado de asiento –algo del mareo, me ha dicho –y luego ya no la he vuelto a ver. Han pasado ya diez años desde que llegué a Algeciras. Estuve un tiempo en hogares de acogida y yendo al colegio. Se me hacía muy difícil. No hablaba español y me perdía en las clases. De los diez a los quince años pensaba continuamente en volver a Marruecos. Hasta que me di cuenta de que si quería volver, tendría que arriesgar mi vida. Esconderme en los bajos de un camión, meterme de polizón en un barco o colaborar con alguna mafia a cambio de que me llevaran de vuelta. Y yo no quería nada de eso. Quería volver como una persona más, en mi coche o pagando un billete de avión. Pero es imposible si no tienes dinero. En esos cinco años, hice amigos. Muchos de mi país y algunos españoles. Alguna vez hice alguna travesura, igual que las hacían los chicos españoles de mi edad. Cuando me cazaron haciendo el gamberro, empezaron a llamarme morito. A mis amigos españoles de correrías les riñeron en caso y no les pasó nada más. Yo fui a un centro de detención para menores. Al salir, volví a buscar a los del barrio. Ya éramos más mayores. Me decían que no era el de antes y que estaba ‘maleado’. ¿Qué era eso? En todo caso estaría mejorado, pienso yo. En el centro aprendí a pintar y mi profesor me decía que tenía sensibilidad. Claro, que eso los amigos de la infancia no lo querían oír. Hablaban de prepararse bien para ir a la universidad y aunque no me dijeron más malas palabras aparte de lo de maleado, ya no querían venir más conmigo. Comencé a juntarme sólo con chicos marroquíes. Excepto algunos pocos que se metían en problemas, la mayoría éramos buenos chicos. Y mucha gente –nacida en España o fuera de ella, como yo –era amable con nosotros. Se preocupaban por si estudiábamos, hacíamos ejercicio, vestíamos bien… Y digo que eran amables fueran nacidos en España o no. Porque mi abuela me enseñó que todos somos iguales porque todos somos hijos de Dios, Alá o de como quieras llamarlo. Reconozco que no practico ninguna religión, pero sí sé que todos los hombres y mujeres tenemos que ser hermanos. Por eso si de diez personas, aunque sólo fuera una, ésa me trataba distinto sólo por haber nacido en otro continente y tener otra raza, me hervía la sangre. Hablo en pasado porque he aprendido que esa gente también puede ser buena. Sólo que no nos conoce a los africanos y por eso piensa que somos distintos. Y somos humanos, somos iguales. Pero, bueno, me ocurre pocas veces y ya no le hago caso. Además, este país me ha dado mucho. Me ha educado, aquello que quería mi abuela. Supe que subió al cielo. Al de verdad, no al cielo del helicóptero que se llevó a mis compañeros mayores de la patera. Estaría orgullosa de mí. Tengo veinte años y ya he expuesto en alguna galería. Dicen que mis cuadros ‘expresan sensualidad, que dan calor, procuran alegría, explotan en chillidos crudos de color, pero suaves en tono y convivialidad’. No entiendo todo lo que dicen, pero sé que es bueno. Dentro de poco, me internacionalizo. Gracioso verbo para un hijo de la inmigración como soy yo, éste de ‘internacionalizarse’. Voy a exponer en París. Aquella señora del avión era muy agradable. No lo niego. Así fue mientras le parecí una chica europea perfectamente educada e ingenua. Y lo soy, europea y educada. Pero ahora sé mucho más. El desdén de la señora –se fue de mi lado en el avión porque yo no iba a Marruecos a vivir sus lujos, sino a ayudar a ‘esas gentes’, como las llamó –me hizo abrir un poco los ojos. Diez veranos más como cooperante me los han hecho abrir más. Y esos mismos diez años, quitando sus veranos, de vuelta en España, me los han abierto aún más. En Marruecos he aprendido a estar al pie de la calle. A ayudar a mis compañeros en la educación de los que no tienen para educarse, a sonreír cuando por dentro me voy a derrumbar porque veo que las cosas apenas han cambiado en tanto tiempo. A tomar la tensión, a ser una experta en enseñar medidas de higiene, a alimentar a niños y madres malnutridos, a purificar el agua encharcada… a todo eso y más, y sin embargo no soy médico. Soy crítica de arte. Soy crítica de arte porque creo que más allá de los necesarios hechos y del imprescindible lenguaje de las palabras que han de cambiar la mente e ideas de los ciudadanos y países ricos hacia los pobres, tiene que haber otro lenguaje, abstracto quizás, que llegue y cambie nuestros corazones. Porque en España y en toda Europa, he intuido corazones bondadosos bajo los pechos de muchas personas. Y desgraciadamente he sentido el frío de otros cuando hablábamos de inmigración. ‘Vienen a robar, viven de nuestros ahorros, no quieren integrarse’. Esas palabras me hielan. ‘Es gente alegre, ayudan con todo lo que pueden, están trayendo una renovación impagable a nuestro viejo continente y más cosas que seguirán aportando’. Esas palabras han resonado en mi interior con la misma calidez del pulso de los buenos corazones que las sienten. Así que tras hacer y decir muchas cosas, he decidido que lo que quiero es sentir cosas, en la piel, en las entrañas, en el corazón. Y hacer que los demás las sientan y se transformen. No tengo ningún don para las artes, lamentablemente. Ni para las escritas, sonoras, figurativas… ni siquiera para las del amor de pareja. Ahora bien, para las del amor al prójimo tengo mucho. Y para observar también. Como crítico de arte, vivo de ello, de observar y transmitir el talento de los demás. Siempre he pensado que es una tarea que tiene que servir al bien común. La belleza del buen arte nos ha de ayudar. Por eso, ahora voy a cerrar el diario para comenzar a hacer la maleta. Me voy a París a criticar arte. Como tantas otras veces. Si mañana me encuentro a aquella señora del avión, le diré que ahora tengo veintiocho años, que he hecho mil viajes en avión, que soy soltera, que me siguen gustando ‘las gentes’ de Marruecos y de todo el mundo. Y que aunque ahora sé mucho más que antes, sigo siendo ingenua. Porque los ingenuos, a la larga, somos los que ayudamos a mejorar el mundo. -Je reviens dans une minute, François. Allez maintenant prendre un verre de quelque chose de bon. Je serai de retour dans un instant… -Por fin me libro del comisario de la muestra. Es un pesado. Ya me ha dado material para hacer diez artículos sobre su galería. Se debe de creer que tengo más influencia artística que los Maeght. En fin, seguimos a lo nuestro. Criticar cuadros. Aún no he tenido tiempo de ver ni uno. Curioso, curioso… ¡qué colores, como chillidos suaves! Imágenes calurosas, sentimientos sonrientes, aromas de unión y hermandad. ¿Pero qué hago? Estoy pensado con clichés y frases hechas. Pero es que son ciertas. Estos cuadros me hacen sentir todo eso. ¿Quién dijo que a veces la pintura es sólo un borrón abstracto de pigmentos sobre un lienzo? Si la abstracción o la figuración –me da igual, no soy racista –me hacen sentir así, ¡que viva la abstracción! Tengo que hablar con François. Ya. -François, il faut que vous me disiez vite qui est le peintre. Il m’a fait tomber la tête! -O, vous, les femmes! –ríe. –Il est beau, hein? -Basta, François. No lo conozco siquiera pero he de conocerlo. Nunca había sentido algo así viendo unos cuadros. -Pero ahora hablás espagnol de grepente… -me está haciendo mofa de parisino sofisticado. Le echo una mirada de reprobación bien española. Me indica con el dedo a un joven. Sonríe pícaramente y me deja sola. Me voy acercando al chico que me ha señalado. Parece muy joven. Tendrá… unos veinte años, le calculo. Le cojo del antebrazo. -Me llamo Linda García. Soy crítica de arte del ‘Observador’ de Madrid. –Espero no haberme presentado muy agresivamente. ¿Será de verdad este joven el pintor? -Yo soy Omar Ben Amí. Soy el pintor –me estrecha la mano y muestra todos sus dientes, riendo. Tiene una chispa y una frescura contagiosas. –Yo viví en España –me mira a los ojos. -Yo soy española –le respondo. Es obvio que lo soy. Menuda respuesta. Creo que me estoy sonrojando. Y se ríe… lo ha notado. -¿Te gusta mi pintura, Linda? –me pregunta Omar. -Sí, me encanta. Su color, su alegría, sus chillidos suaves… -Ja, ja, ja –ríe estrepitosamente Omar. -¿Te ríes de mí? –pregunto ingenuamente. -Me recuerda a una cosa que leí. No me río de ti. Me río contigo. Tú me gustas. –Ahora sí que me he ruborizado. Me coge por el hombro y me explica, cuadro a cuadro, el sentido de su exposición ‘Gentes del mundo’.

jueves, 8 de diciembre de 2011

Una puerta se abre, ninguna se cierra

Hacía media hora que David esperaba. Con el trasero apoyado sobre la barandilla, se había entretenido observando pasar a las prostitutas por la pasarela y a algún apostador haciendo tiempo en la playa hasta el siguiente ‘black-jack’. Pero ya se estaba cansando de esperar. La paciencia tenía un límite y cuando viera aparecer a Ricardo, le iba a decir algo más que palabras. Era el hombre equivocado para hacer enfadar. Maldita sea, si había sido capaz de sobrevivir a una adolescencia en las afueras, ese madero no se iba a reír de él en su misma cara.
Por ahí aparecía. Por fin. Ahora vas a ver lo que es un tipo duro, pensó.
“Media hora tarde. No me lo vuelvas a hacer, o si no…”
“Si no, ¿qué? ¿Me vas a zurrar con esos bracitos de rapero blanco?” Ricardo retorció la muñeca de David, lanzando su cuerpo contra él y arrinconándolo contra la barandilla.
“Vamos, tío, suelta. Si era broma… ¿cómo iba a pelearme con mi futuro cuñado?” dijo David. “Además, tienes razones para alegrarte, hombre: por fin he dado con el paradero de mi hermana”.
Ricardo soltó la muñeca de David. Había esperado tanto descubrir dónde estaba Raquel, que ahora se sentía loco de contento. Pero a ese macarra no se lo iba a mostrar-siguió con su cara de tipo duro.
“¿Has hablado con ella? ¿Crees que la voy a recuperar?”
“No sé, Ricardo”. Puede que ya no fuera madero, pero le seguía teniendo miedo. “Ya sabes lo que dicen…” hizo una pausa, “…una puerta se cierra y otra se abre. Raquel es muy testaruda” dijo David.
“¿Qué quieres decir?” Se le acercó con cara de pocos amigos.
“Nada, nada, tío… Que seguro que el plan funciona… tu regalo la volverá loquita. Mañana la tendrás otra vez en tus brazos”.
“Eso espero. Porque si no es así, te haré a ti culpable de perderla otra vez”.
“Tranquilo. Dalo por hecho”. David sonreía y trataba de quitarse el temblor que le venía cada vez que estaba con ese gigante. Un bastardo muy violento. No lo quería por cuñado. Ni creía que Raquel lo quisiera para algo más que una aventura. Y menos desde que le dijo que Ricardo era un poli.
“Está bien, está bien. Tienes razón. Funcionará mi plan del paquete” dijo Ricardo. Se paseaba nervioso en círculo por la pasarela.
Se paró y preguntó a David: “Pero, ¿qué pasará si el paquete no le llega a tiempo? ¿No dices que ahora Raquel es una exportadora de éxito y que nunca está más de veinticuatro horas en una misma ciudad?”
“Tranqui… Correos nunca falla. Con Paquete Express Internacional, en un día el envío estará en Baltimore. A tiempo para que lo reciba mi hermana y nosotros nos presentemos allí para verlo todo”.
“¿Raquel está en Estados Unidos?” Ricardo palideció ligeramente. Tenía miedo a volar. Dio un suspiro profundo y preguntó: “¿Y tienes los billetes?”
“Relájate, amigo. ¿Por quién me tomas? Aquí están”. Se los tendió y Ricardo se los guardó en el abrigo tras echarles un vistazo rápido.
“Por fin me iré de esta ciudad de mierda…” gritó, “… sus casinos, la corrupción, los bingueros…” Un tipo, por la pasarela hacia el casino, volvió la mirada.
“¿Y tú qué miras?” dijo Ricardo, dando dos pasos hacia el tipo, que echó a correr.
“Vamos, no hagas escenas” dijo David. “Te llevaré a un sitio hasta que abra Correos. Nos divertiremos, verás”.
Quizá el enano tuviera razón. Tenía que calmarse. Desde que lo dejó Raquel, quizá anduviera un poco irritable. Demonios, si no lo hubieran echado del cuerpo… Pero fue por la ruptura. Estaba muy afectado y por eso hizo aquellas cosas malas. Pero eso era parte del pasado. Ahora volvería con Raquel y todo volvería a ser como antes. El plan era magnífico: a Raquel le llega un paquete de unos supuestos vendedores con los que se ha citado. Aparecen ellos dos, vestidos de ejecutivos, como en aquel mismo momento, haciéndose pasar por distribuidores de Baltimore. Ella ya habrá abierto el paquete. Tras ver el ramo de rosas que tiene dentro, mirará a Ricardo como solía hacer antes. Seguro que entonces volverá conmigo, se imaginó Ricardo.
“Está bien, enano. ¿A dónde vamos?”
Entraron a un establecimiento cercano a la playa. “Tarot tecnológico” decía el cartel de la puerta. Menuda idiotez, pero, ¿qué mas daba?... Si mañana estaría con Raquel. Parecía que el enano conocía al dueño. Algún rapero reconvertido. Tras saludarse y bromear acerca del traje y la corbata, David le preguntó si en su garito adivinaban si… vamos a ver, un paquete enviado a través de Correos o bien por otra compañía, llegaría correctamente al destino.
“Os voy a mostrar lo último en tarot tecnológico. Vais a flipar, tíos”. El hippie ese vendedor amigo del enano sonrió. Tras ver el rostro serio de Ricardo, se apresuró a meter unos datos en un ordenador.
“Ahora veréis las predicciones, colegas. Lo primero, si enviáis el paquete que dices…” ahora su mirada sólo se dirigía a David, “por medio de la compañía X”.
El hippie pulsó un botón del ordenador y una pantalla de lona blanca como las del cine empezó a emitir una película. En ella se veía un paquete atascado en una aduana y después, en un lugar que parecía una oficina, un tipo grande de espaldas- ¿sería Ricardo?- besando a una mujer con el rostro borroso.
“Nunca muestra las caras de los personajes. Pero da una idea, ¿no?” Ricardo gruñó y el vendedor emitió la otra predicción: “Esto es si lo mandáis por Correos”.
Las imágenes mostraron un paquete abierto sobre la mesa de trabajo de la misma oficina. Después la mujer abofeteaba al hombre.
“Suficientes tonterías por hoy” dijo Ricardo. “Vámonos ya a Correos”.
Se levantó de su butaca y salió de la tienda con David tras decirle al vendedor que por aquella majadería no pagarían ni un céntimo.
“Así es la vida, bastardo” dijo el vendedor lo suficientemente bajo como para que Ricardo no lo oyera. “No se puede tener todo. Una puerta se cierra y otra se abre”.

El vuelo a Baltimore fue bueno. La secretaria de Raquel, una americana de mediana edad con las gafas colgadas al cuello, los acompañó a la puerta.
“Estos son los distribuidores que ayer solicitaron cita con usted”.
Raquel estaba oliendo una rosa roja del ramo. El paquete estaba posado sobre su escritorio. Se volvió y vio entrar a su hermano y a Ricardo. Trastabilló un poco, pero no llegó a caer. Se enderezó ayudada por la secretaria. Como si su hermano no estuviera, miró fijamente a Ricardo. ¿Sería aquella una de las miradas que le dirigía antaño?




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viernes, 4 de noviembre de 2011

Desensamble

Extracto de la tercera fase del sueño de Sol Moreno:
La compañera le grita que es un poco fantasma. A los diez segundos Sol se acerca veloz con el balón pegado al pie. Sol le pide que se desmarque. Le pasa el balón a la compañera. Está defendida por una rival, pero lo recibe y devuelve al primer toque. Sol corre, hace un control y levanta ligeramente el balón sobre la portera rival.

“No lo había considerado” dice el presidente. Mientras se acerca a Sol, se mesa los cabellos. “Por cierto, Moreno, vuelva en media hora”. Hace una pausa. “Se ha abierto una vacante”.

Sol está en la barra. Dice a sus amigas “Un segundo chicas. Voy a hablar con Guzmán”. Se levanta. Así, sin pensárselo dos veces. “Hola. Ahora os lo devuelvo”.

“Se la tengo jurada”. Ha caído tras una zancadilla. Se limpia el barro de las rodillas. Su compañera se ha parado a levantarla. “Voy tras ella, le robo el balón. Entonces, cuando te me acerques, te la paso, me haces una pared y la levanto como Torres en el europeo.” Sol inicia un esprint.

A Guzmán tras una larga pausa parece faltarle la respiración. Le dice que le ha dejado sin aliento. Sol sonríe, lo mira y se siente triunfal. A Guzmán le brillan los ojos y le dice “eres una pícara” y “estoy loco por ti”. Ambos beben sus gin-tonics.
Dice Guzmán “por cierto, ¿qué me ibas a contar?”
“El jefe me ha dicho ‘el puesto de jefa de marketing es tuyo’ ”.

El presidente coge una foto sobre su escritorio y la observa. Sol, mirando de reojo, se da cuenta de que es la foto del abuelo del presidente frente a la antigua fábrica. Esta es la mía, se dice Sol.
“Perdón, no he podido evitar escuchar” dice Sol. Se pregunta si habrán notado que espiaba la conversación. Quietos la miran de arriba abajo, con los ojos muy abiertos. “Oí que la empresa ‘Y’ no tuvo que deslocalizar la producción. Únicamente tuvo que llevar parte de las piezas producidas en origen para que las ensamblaran en China –asegurándose de que siguieran con las mismas calidades”. Callados, siguen mirándola. Mecachis, esta pipiola de falda corta y zapatos de diseño les viene a dar lecciones. Se espera una mala contestación.

Guzmán pregunta “¿Qué cuentas, Sol? Pareces muy contenta”.
“Aún más que cuando te gané a braza en los campeonatos de La Rioja. En cadetes, ¿recuerdas?
“Ya salió la Phelps riojana” responde Guzmán. “En serio, ¿qué te pasa?”.
Sol da unos pasos de merengue y le roza el pecho con el dedo índice. Los amigos de Guzmán la miran fijamente. No llega a los treinta, está más morena y atractiva tras el verano y tiene el cuerpo duro de cuando marchó a la universidad. Baila con zapatos de tacón de aguja. En sus pies parecen ligeros como unas bailarinas.
“Parece que la pandilla no te ha olvidado” dice Guzmán. “Ya sólo por cómo te miran…”.
“Pues no van a hacer nada más que eso. Porque por fin vas a ser mío… –lo besa largamente –y yo tuya”.

Sol Moreno abre la puerta y deja un informe sobre la mesa del presidente. Lo ve discutir con el director. Se pregunta de qué hablaran. Finge ordenar unos archivos en la estantería y escucha.
“He dicho que no estoy dispuesto a deslocalizar la fábrica. Se acabó” dice el presidente.
“Pero los costes suben y la competencia nos está aniquilando” dice el director. “O hacemos algo o tendremos que despedir a gente”.

“¡Gol!”. El entrenador levanta el puño. El público aplaude. Sol es abrazada por sus compañeras. El entrenador pide al cuarto árbitro un cambio. El partido acabará en pocos minutos. Sol corre hacia el banquillo mientras el público corea ‘Viva el Sol Moreno’. Piensa ‘me he salido’.
“Con 3-0 a favor, aún has querido meter el cuarto” dice el entrenador. “Sigue así de ambiciosa, Sol”.
“Es que estas nuevas zapatillas me hacían volar”. Se seca el rostro con un paño.


Sol se mueve de un lado a otro en el pasillo del hospital. La doctora Gloria abre una puerta.
“Señorita Moreno” dice, invitándola a entrar. Ya dentro del despacho se besan en las mejillas. “...tiempo sin verte, Sol. ¿Qué te trae por aquí?” pregunta Gloria. “Siempre estás más sana que una manzana.”
“Verás, Gloria…” juega con su trenza. “Estoy teniendo sueños raros”.
“¿De qué tipo?”
Sol carraspea: “Cada noche se me repite en sueños lo que he hecho durante el día. A fragmentos. Revueltos entre sí”.
Gloria se toma una breve pausa: “¿Estás teniendo stress? ¿Trabajo?” Se acerca a Sol y baja la voz. “¿Problemas con Guzmán?”
“No, lo de siempre”. Sol se sonroja.
“¿Algún cambio en tu vida?
“Nada especial… bueno, espera” dice Sol. “Es sobre el trabajo. Ya sólo hacemos las piezas. Se mandan a China para ensamblar los zapatos. La idea ha sido mía y me han subido por ello el sueldo”.
Gloria sonríe a su amiga: “Eso no es malo”.
“Todo lo contrario.” Se pregunta si es una hipocondriaca. Si todo le está yendo de maravilla. Se tranquiliza. “Estoy contenta en el trabajo, con Guzmán, hago ejercicio, voy a clases de baile, subo el Isasa una vez por semana, enseño natación a los niños una hora tras el trabajo, hago centros de mesa de ganchillo…”
“Paaara.” Gloria la coge del antebrazo. La mira directamente a los ojos. “¿No son ésas muchas cosas?”
“Así es la mujer postmoderna, ¿no?” dice Sol. “De aquí allá, muchas cosas, todo rápido, todo inconexo… en fin, un no parar”.
“La vida se nos escapa entre los dedos, ¿no?” dice Gloria. “Como piezas por ensamblar… –se pausa- como ocurre en tu fábrica”.
“Mira, no lo había pensado así”.
“En conclusión, Sol: que tú no tienes nada. Sólo cansancio”. Gloria garabatea un informe. Alza la mirada del papel y dice: “Tienes que descansar”.
“Me dejas más tranquila, chica” dice Sol. “Trataré de bajar el pistón, pero aún es pronto para tomarse vacaciones… si no estamos más que en Octubre”. Empieza a levantarse. “Además, mientras me siga sintiendo bien en mis zapatos…”.






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¿Es malo cambiar de opinión?

Odio los refranes. Estoy casi seguro de que es por causa de ellos que esta tarde la paso solo en la playa bajo la lluvia. A la gente común le gustan los dichos y refranes porque se supone que son fieles a la realidad y porque son inalterables y, si son inalterables, las verdades que nos procuran acerca de la vida no cambian, ergo la realidad no cambia y podemos tener certezas sobre la vida y la realidad y dominarlas. YO DIFIERO. Mis amigos, que no difieren, piensan p.ej. que el dicho las bicicletas son para el verano es una verdad absoluta y entonces se pasan las tardes de verano viendo el Tour y me dejan solo en la playa. Hay que diferir: las bicis son buenas para todo el año y no sólo para el verano, mientras que la playa sólo es buena en verano. Y yo pienso, ¿que llueva en verano es razón para no ir a la playa? ¿Es que no es bella la bruma de un día de lluvia en la playa, es que la arena mojada no nos refresca gratificantemente la planta de los pies? ¿O es que La Concha deja de ser hermosa bajo la lluvia? Pero está visto que para mis amigos sí llueve a gusto de todos: así tienen una excusa más para ver a Contador y Schleck y dejarme solo. Y me duele estar solo porque soy racional pero tengo mi corazoncito. Carmen tampoco lo entiende. El día que la conocí estaba preciosa con su bikini rojo y la piel bronceada contrastando su cabello rubio. Nos hicimos amigos rápido –decía que le gustaba mi conversación- y a la semana ya éramos novios. A la semana y media empezó a decirme que yo era un poco pesado y, ayer, cuando hacíamos dos semanas, me enteré de que empezó a salir con Gorka, que no sólo desconoce el método filosófico, sino que su único mérito es que se parece a Cristiano Ronaldo. Carmen era de las que le gustaba usar refranes y lugares comunes. Nunca me importó mientras salíamos juntos. Ahora, mirando la bruma que difumina Santa Clara y calándome, me doy cuenta de que tendría que haber desconfiado de ella. Y es que hay que desconfiar como un hábito de percibir la realidad. Mirándola con espíritu crítico, dudando de lo que nos quieren vender como verdades absolutas. Dudar, ésa es la clave. Por eso dicen que cambio mucho de opinión, porque dudo mucho. Pero eso es bueno, siempre me lo ha dicho la profesora de Filosofía. ¡Ah, la profesora Morgan… cómo me gustaría que estuviera ahora conmigo, admirando el monte Igeldo bajo los rayos y hablando del arjé y Aristóteles! Pero seguro que quedaría muy raro que viniera conmigo a la playa, porque soy muy joven con quince años… Quince años, también dicen que es la flor de la vida. Lo será, pero ahora estoy muy dolido con Gorka y sobre todo con Carmen. A la semana de empezar a salir, esto es, el jueves pasado, me dijo que lo nuestro sería para siempre y que yo sería el primero en estar dentro de ella. Todo eso ha quedado en papel mojado, como estas líneas que se están borrando, corridas por los goterones que agujerean con fuerza la arena. Cuando vuelva a oír a alguna persona mayor decir con añoranza que el primer amor dura para siempre, le daré un bofetón en todos los morros. Pero en fin, empiezo a tener mucho frío y me estoy calando hasta los huesos. Me voy a ir.
Pero… ¿quién me ha besado en el cuello? Me vuelvo… es Carmen. Se disculpa por haberme engañado con Gorka, dice que fue sólo algo físico y que ya se ha cansado de él. Me cubre con el paraguas. Me peina el pelo mojado y empieza a besarme en los labios. Al principio muy despacito… luego más fuerte. Me gusta el sabor salado del agua de lluvia en sus mejillas y su lengua tropezando con mi aparato dental. Estoy teniendo una erección. Creo que le voy a dar otra chance. Al fin y al cabo, ¿no hay un dicho que afirma que todo el mundo merece una segunda oportunidad?



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