viernes, 16 de mayo de 2008

'Guernica' Parte 2

José Luis viste completamente de negro, un pantalón y un jersey ceñido. Solo sus lentes de montura blanca iluminan su silueta y realzan sus ojos, rápidos e inteligentes. Parece un cruce entre la elegante distancia de un arquitecto y la extravagancia de Andy Warhol. Se le acerca un crítico de arte vestido con boina y casaca militar, divertido atuendo para su cincuentena ya rebasada.
- Crítico: Muy interesante su obra en el Arte Buenos Aires (le acerca la mano para estrecharla).
- José Luis (finge atusarse la sien en ese momento y evita el apretón de manos): Gracias, Scioli. Me gustó tu crítica. (Le da una palmada en el hombro. Scioli se despide con un discreto gesto. Los amigos de José Luis fingen una conversación de fondo).
- José Luis (refiriéndose a quien quiera escucharlo, aunque más bien se lo dice a sí mismo): Es antihigiénico dar la mano. Se transmiten microbios a millones.
- Sebastián (bebiendo una copa de champagne): Buen chico, Scioli, ¿no? Siempre me parecieron acertadas sus críticas. Un tipo muy informado (sigue bebiendo champagne).
- Alfredo: Es crítico desde hace veinte años. Los mismos que lleva sin producir una sola obra.
- Ana: Ah, pero ¿es artista también Scioli?
- José Luis: Sí lo era, cariño. Bastante bueno, ví algunas obras suyas. La presión de rendir, eso acabó con su arte, según oí.
- Amelia: ¿Algo así como Verón en el 2002?
- José Luis: Dejalo ya, no te metás con mi Estudiantes de La Plata.
Además, los argentinos no estamos acostumbrados a rendir bajo presión, preferimos hablar y saber por qué hemos de hacer las cosas, no hacerlas porque sí, como un alemán. (Pausa). Luego contamos con argumentos para no hacerlas.
- Sebastián: Vamos, ché. No rompás con esas generalizaciones. En la Argentina millones de personas se parten el lomo laburando.
- José Luis: O haciendo que laburamos, que es peor. (Pausa).
A mi consulta vino un paciente al que llamaremos Gastón. Estaba angustiado porque no rendía con las minas. (Agita ligeramente su pipa, absorbe con disfrute y suelta una bocanada).
Le quise tranquilizar, que si su novia lo amaba, que no reparaba en el rendimiento... Pues comenzó a llorar hasta romperse y revelarme que le venía ocurriendo lo mismo desde los quince años de edad.
Es un ejemplo de lo que te digo, che. Las porteñas son relindas y el argentino no está acostumbrado a rendir bajo presión.
- Ana: ¡Pobre chico! (Bebe champagne, sigue con las lentes puestas, al igual que los demás).
- José Luis: Y sí. Para contenerlo tiré de todo mi chamusho psiquiátrico... ya sabeis, no lo entiende nadie, yo a veces tampoco (se ríe exageradamente y se recobra súbitamente)... y cuando hacen un esfuerzo por comprender algo, se frustran y se tranquilizan.
- Ana: ¡Qué listo es mi José Luis! (se dan un besito).
- José Luis: Así que le dije, con estas mismas palabras (se para un segundo y recita con tono rimbombante): Mi diagnóstico es que usted, en su no consciente, persiste, desde sus quince años, en la idea de que el onanismo se la dejó pequeña e inutil. (Alfredo ríe, Ana sacude su cabeza, Sebastián se atraganta y expulsa el champagne como un geyser y riega a Amelia. José Luis prosigue tranquilo).
Y le pregunte '¿Pensó usted por qué se presiona por rendir?' '¿Para compensar que en el fondo teme haberla estropeado con el onanismo y que ya no le rinda?' (Silencio).
Yo pensaba que el tipo no hablaba porque se había visto retratado en su dolencia y que entonces lo había curado.
El caso es que, por contra, el tipo se puso rojo, se levantó del diván y comenzó a gritar y a acercarseme. Yo no sabía qué hacer, creía que el tipo iba a agarrarsela a trompadas conmigo y le dije lo primero que se me vino a la mente: que compensar un miedo no era malo, que todos en la Argentina lo hacíamos. (Hablando muy rápido). Que el intelectual busca suplir su falta de fe religiosa con el arte, a la que convierte a su vez en religión. Que nos compensamos y liberamos con el futbol para no pensar en las inseguridades que nos angustian, en el trabajo, en la desigualdad, en que cualquier chorro te puede matar en la esquina por robarte cuatro pesos, en que nuestra economía no compite con la de los vecinos y que quizá no todo sea culpa de nuestros políticos ladrones, que quizá todos actuemos un poco como ellos, como una nación de egoístas desunidos, que sólo se unen en torno al futbol cada cuatro años.
(Se calla y queda mirando un cuadro expuesto delante de él. Está atónito, se ha quedado paralizado, en contraste con su largo monólogo de hace unos segundos).
- Amelia: ¿Y?
- José Luis: Pensaba en las emociones de ese cuadro.
- Ana: Pero, ¿qué pasó?
- José Luis: Creo que podría llegar a imaginar las del artista, pero no las que siente el cuadro.
- Ana: ¡Con el paciente!
- José Luis: Le dije que no dejara el onanismo.
(Mientras vuelve a beber de su copa, pasa por delante del grupo Marta Minujín, acompañada de una amiga, ambas hablando y gesticulando delante del mismo cuadro que ha observado José Luis). (José Luis mira fugazmente a la Minujín-Samotracia y seguidamente observa a la autora).
- José Luis (a Ana): Ya está. Voy a contárselo. (Apura del todo la copa).
- Ana: ¿Contarle el qué? (lo agarra del brazo).
- José Luis: Lo de mi proyecto, el de la performance en el estadio de futbol.
- Ana: ¿Eso? Creía que estabas bromeando.
- José Luis: ¿Por qué bromeando? Llevo tiempo dándole vueltas a la cabeza. Es, es un proyecto distinto, puede ayudar a la Argentina, que veamos que somos un poco ridículos ahora, pero que fuimos grandes y podemos despertar. (Mira a su esposa. Se rasca una ceja y baja levemente la cabeza).
- Ana: Adelante.
- José Luis: ¿Adelante?
- Ana: Es cierto, me parece brillante (lo empuja graciosamente por la espalda).
- José Luis (resiste el movimiento. Se para): Esperá, esperá. Que yo... yo en el fondo soy más psiquiatra que artista. (Vuelve a mirar a Marta Minujín, que sigue charlando delante del cuadro). No me va a hacer caso... como artista apenás soy conocido.
- Ana: Andá (lo vuelve a empujar y José Luis comienza a moverse, con un poco de inercia, como dando un tropezón, hacia la Minujín. Cuando casi ha llegado a ella, un fotógrafo aparece y le saca un retrato, en el que se presume que también aparecerá José Luis. Marta sonríe y saluda al fotógrafo. José Luis se aparta rápidamente).
- Ana (se vuelve cuando José Luis la toca por la espalda): ¿Qué pasó?
- José Luis: Nada, vino un fotógrafo y me retrató junto a Marta antes de que pudiera hablar con ella.
- Ana: ¿Y qué? ¿No le contaste luego?
- José Luis: Me incomodé con la foto, me fuí.
- Ana: ¿Por qué? Sos artista, es normal que te tomen fotos en museos con otros artistas.
- José Luis: Mañana tengo un paciente temprano. Es mejor que nos retiremos.
- Ana: ¿Qué más da ahora el trabajo? ¿Y tu proyecto?
- José Luis: No entendés, no puedo aparecer en prensa como un artista. ¿Qué pensarán en el hospital?
- Ana (se saca las lentes, José Luis sigue con ellas): ¿Por qué te da tanto miedo que en el trabajo sepan que eres artista?
- José Luis: Porque pensarán que no voy a rendir.
(Se aleja hacia la barra-ambigú y se une al resto de amigos. Ana se queda sóla. Pasa un momento. Lo sigue).


Una sala de consulta. Un diván en el centro de la escena, una butaca de cuero delante de aquel. Al lado de la butaca una mesa con libros de psiquiatría, revistas, un metrónomo y unos folletos. Al inicio de la escena se oirán algunos 'claxsons' y murmullos de viandantes, sonidos que se entiende provienen del gran ventanal dibujado en el fondo de la escena.
José Luis está sentado en la butaca. Viste una bata blanca de médico. No hay nadie más en la sala. Coge unos folletos de la mesa aneja y comienza a hojearlos.

- José Luis (cantando): ¡Brasiiilll, na, na, na, na...! (mueve las manos como si fueran maracas, se levanta y baila con una mulata imaginaria. Torpemente marca unos pasos de samba. De repente se lleva las manos a la cabeza).
¡El avión! (Se tambalea, como perdiendo el sentido) ¡Nunca podré hacerlo, no aguanto el miedo a volar!
(Se acerca a la mesa y saca del cajón un paquete de cigarrillos. Enciende uno y comienza a fumarlo ávidamente).
¡Aaaah! (Se tumba en el diván, cruza holgadamente las piernas y vuelve a exhalar) ¡Qué nervios con solo pensarlo!
(Se oye llamar a la puerta)
- Voz femenina: Doctor Varesi, el señor Dominguez, su paciente de las nueve está aquí. ¿Le hago pasar?
(José Luis se levanta atropelladamente del diván. Hace aspavientos para ahuyentar el humo del tabaco).
- José Luis (da dos tosidos e imposta un tono de voz serio y profesional): Sí, por favor, hágalo pasar.
- El señor Domínguez: ¡Buenos días, doctor! (Le da un enérgico apretón de manos). ¿Qué tal pasó el fin de semana?
- José Luis (desvía la mirada y contesta rápidamente): Bien, bien, preparando las consultas, aunque ello no hace al caso. (Rebusca unos papeles en la mesa escritorio. Ve los folletos de viaje y se sobresalta levemente en el sillón. Los arroja a la papelera. Se toca la barbilla, estudia otros documentos, se lleva la mano a la cabeza y cierra los ojos en actitud de pensar).
- El señor Domínguez (husmea varias veces desde el diván): Huele a puritos Davidoff. ¡Me encantan! ¿Sería usted tan amable de invitarme a uno?
- José Luis (da un salto en la butaca y repite muy rápido el ademán de esfumar el tabaco): ¿Fumar aquí? ¡Por favor, me insulta usted!
- El señor Domínguez (con tono de disculpa): Disculpe, creí haber olido a tabaco. Igual no es algo serio.
- José Luis: Au contraire, mon ami. Es algo muy serio. ¡Aquí salvamos la salud de las personas! ¿Qué la salud? ¡La vida! No hay tiempo para 'fumares', solo para 'estudiares' los casos.
- El señor Domínguez: Mis 'perdonares'..., perdón, mis disculpas.
(José Luis se echa el aliento a las manos y hace un visible gesto de repugnancia. Se lleva las manos a la cabeza. El señor Domínguez, tumbado de espaldas a José Luis, no ve nada).
(El sr. Domínguez tiene unos treinta años. Es un hombre atractivo con un cuidado aspecto en el peinado, vestido y en toda su apariencia. Habla rápido, sin dudas, ni pausas. Sus gestos, su manera de tomar asiento o de dar un apretón de manos son enérgicos y decididos. Prodiga fácilmente su sonrisa y todo en él comunica una picardía e 'insouciance' infantilmente encantadoras, que llevan a preguntarse qué hace en la consulta de un psiquiatra).
- José Luis: Sr. Domínguez, comentábamos el otro día...
- Sr. Domínguez: Llámeme Jaime.
- José Luis: No, era el Viernes. Decíamos que tenía problemas para comprometerse con una mujer, Sr. Domínguez.
- Sr. Domínguez: Jaime.
- José Luis (se rasca la barbilla, se saca las lentes, las mira detenidamente, echa el vaho del aliento a los cristales y los limpia con un paño. Súbitamente mira al Sr. Domínguez): Caso resuelto. (Lanza las gafas por los aires y se queda mirándolo).
- Sr. Domínguez: ¿Caso resuelto?
- José Luis: Elemental, si la mujer decía llamarse Jaime, usted no podía comprometerse con ella. (Pausa. Vuelve a fijar pesadamente la mirada en el sr. Domínguez). Era un hombre.
(José Luis sonríe triunfalmente).
- Sr. Domínguez: Sí, claro... ¡no! Quiero decir, sí había un hombre, ¡yo!, que me llamo Jaime. En cuanto a Dorita, le puedo garantizar que es una mujer. (Guiña el ojo al doctor. Este sonríe y se queda estático, como pasmado).
- José Luis (sigue con la sonrisa estática): ¿Y bien mujer? (mima con las manos el gesto de palpar unos grandes pechos).
- Sr. Domínguez (asintiendo): Bien mujer (repite el gesto de los pechos grandes mas uno de la silueta de una guitarra. Hace un silbido de admiración. José Luis se pone a reir. Ambos pierden la mirada en el techo de la habitación. Pausa. Se oye un claxon desde la ventana. José Luis pega un tumbo en la butaca. Se aclara la garganta y vuelve a poner una voz muy seria).
- José Luis: En fin, confusiones aparte, ¡esto es muy serio!, ¡es su vida la que está en juego, caballero, no la mía!
(El sr. Domínguez, tumbado en el diván, pone una cara de desconcierto. José Luis se levanta y busca por el piso las gafas).












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lunes, 21 de abril de 2008

'Guernica' Parte 1

Museo de Arte Latinoamericano de Buenos Aires (MALBA). La escena se desarrolla en una amplia sala de exposición, que aunque a oscuras, está pintada de un blanco fluorescente y sólo. El sonido viaja de una esquina a otra y rebota en paredes bajo la forma de murmullos que, como en un baile ininteligible de palabras, se cruzan, se pisan y se mueven en círculo.

Alrededor de todas esas palabras se mueven, gesticulan y ríen personas, elegantes, libérrimas y flotantes, replicando el espíritu leve de sus palabras, como una extraña sustancia extensa que más que génesis es consecuencia de la vida de sus palabras.

En este paraíso desconectado y alucinatorio, las personas, el sonido y los poquísimos objetos se desligan y separan en una tensión bizarra.

En un costado del escenario hay una barra de ambigú, grupos de personas paradas o moviéndose como bacterias en un caldo de cultivo, tonadas exageradamente porteñas, hiperacústicas risas erguidas en la base de una quieta música 'trance' y una oscuridad invasora, sólo rota, como en un artístico microcosmos, por una singularidad de espacio-tiempo: la luz fija sobre la 'Minujín-Samotracia', una réplica de una Victoria de Samotracia discontinua, separada en una irregularidad de finos segmentos longitudinales. El contraste de oscuridad y luz realza la obra y le da un aire misterioso, como en un paganismo que pidiera adoración.

Desde el patio de butacas se observará una suerte de ejercicio de estilo, una quasi aniquilación de los personajes, sombreados y empequeñecidos ante la luminosidad de la estatua. Observarán una danza de sombras, una pureza casi meditativa de voces y la 'Minujín-Samotracia' como centro de atención.

A medida que transcurra la acción, la luz se impondrá hasta iluminar completamente el escenario.

- Voz de José Luis: La performance será bárbara. Imagínense: una cancha entera de fútbol. Los jugadores, figuras gigantes y zancudas con las máscaras de los personajes del Guernica de Picasso, de Gardel y de las esculturas de Marta Minujín. Los referees bailando tango, los futbolistas esnifando las líneas de banda, que serán de cocaína, cada vez que marquen un gol. Y vacas pastando en el cesped.
- Alfredo (se ríe): Vamos, José Luis, dejate de joder. Esta es otra de tus ideas disparatadas.
- José Luis (sigue de corrido, como si no hubiera escuchado a Alfredo): Y el speaker en vez de goles recitará versos de Borges y el Martín Fierro al 'vesre'.
- Amelia: Vos lo que querés es crear quilombo, como hacés en la cabeza de tus pacientes, ja, ja.

(Se acerca accidentalmente una persona fumando un gran puro. El humo llega a José Luis, que para de hablar y hace muecas exageradas para escupir el humo que ha tragado involuntariamente. Sus amigos esperan, tremendamente serios, a que reanude el discurso).

- Ana: ¿No entendeis aún a mi marido, chicos? Es un provocador, como todos los artistas.
- José Luis: Es que se necesita eso, ché. Los gashegos tuvieron el esperpento de Vashe-Inclán. Nosotros precisamos de otro semejante con que deconstruir la ortodoxia argentina, que ya no funciona... distorsionar lo ya distorsionado, para así enderezarlo de nuevo. Subvertir los símbolos caducos que desde antaño nos inmovilizaron.
Un país de ganaderos, agricultores, tangueros... y luego el futbol, que idiotiza al pueblo. ¡Argentina, despertá! Lo que funcionó en 1810 durante siglo y medio ya no funca hoy.
- Sebastián: ¿Gracias al absurdo surgirá la nueva Argentina?
- José Luis: ¡Y sí! La Argentina que nos quieren vender los políticos es ridícula. Sólo distorsionando lo que ya es absurdo se podrá volver a una pureza primordial. Este país es grande, che. ¡Tengámosle fe!
- Alfredo: Para conseguir eso, ¿ridiculizarías hasta a Gardel y Borges?
(Silencio. José Luis se rasca la barbilla).
- José Luis: Sí, hasta haría absurdo con Gardel y Borges. Ellos harían lo mismo si vivieran hoy.
- Amelia: Che, no me toqués a Gardel y Borges. A Cortazar aún (guiña un ojo a Ana).
- José Luis: ¡Cashá, qué mala que sos! ¡Hasta los iconoclastas convencidos tenemos un santo al que ponerle una vela! (Ríen todos).
(De a poco se van avivando las luces y la Samotracia-Minujín cede el protagonismo al rumor de charlas intelectuales y al tintineo de las copas. Comienzan a distinguirse las fisonomías de personajes y figurantes. Casi todos ellos, incluidos José Luis y sus amigos, llevan calzadas lentes de sol, a pesar de la oscuridad imperante hasta entonces).





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martes, 8 de abril de 2008

'El iphonsito' Parte 4

Interior. Consulta de un psiquiatra:
- Bud: Doctor (se dirige al mismo psiquiatra, coronado por las mismas ramas de olivo), la verdad me ha sido revelada. Yo era inmaduro, no sabía amar y tapaba ese dolor con la violencia.
Ahora soy un ser Amado y Amante. En mi pareja ya no hay dos, sino que formamos un único Ser. Todo gracias a haber comprendido que cualquier forma de sexualidad es buena si es una expresión de Amor Verdadero (vuelve a mirar a la cámara, sonríe con la inocencia de un niño y extiende la palma de su mano. Frota repetidamente sus dedos índice y pulgar, demandando el dinero del premio. Abraza fuertemente al doctor, con una brusquedad y sobreactuación hiperbólicas).


- Narrador: Todos ellos alcanzaron la felicidad. Terence se aceptó a sí mismo y halló la seguridad y la paz en un amor monógamo. (Las palabras del narrador ilustran la secuencia de Terence, caminando con la modelo por la orilla de una playa. Ambos se entrelazan cogiéndose por los hombros. Terence sigue vistiendo de blanco níveo y la brisa juega con su camisa y la apertura de un dorado ombligo.
Terence se fija ostensiblemente en las nalgas de una mujer que viene de cruzarse con ellos).

- Narrador (continúa): Bud aportó su recien lograda madurez a su pareja y a sus demás seres queridos.
(Vemos la misma playa, simultáneamente a la voz. Bud camina de la mano de su finalmente conquistada amante. El sobrino propina una durísima patada a la espinilla de Bud. Éste, iracundo, se dispone a micronizar al niño de un desproporcionado bofetón. Desiste de su intento y finge una sonrisa cuando su pareja, ajena a la trama, le sonríe tiernamente y le mira a los ojos. Tras ello, Bud vuelve a mirar al niño furtiva y vengativamente, que se mofa de él con un ademán de manos idéntico al del inicio de la obra).

- Narrador (continúa): Y colorín, colorado, este cuento se ha acabado. (Transcurre un segundo sobre la imagen anterior de la playa, ahora vacía). ¡Ah, pero perdón! ¡Aún no me he presentado! (La cámara pasa de la playa a un primer plano del hasta entonces desconocido narrador).
Soy yo, el sátiro. Antes de esta historia, yo era delincuente y violento y me llamaba Marcos, el Navajas. Ahora me llamo Mariconchi, la cupletera. He cambiado de sexo y trabajo como tabernera en el puerto. Cada noche conozco a rudos y fuertes marineros. Al liberarme me he dado cuenta de que cualquier forma de expresar el Amor es buena.
Por algo ésta era una historia griega, ¿no? Me duele la espalda, pero soy feliz.
(Mira directamente a la cámara, sonríe plácidamente y deja un rostro neutro, que se sostiene surrealistae incomprensiblemente durante más de dos segundos. La imagen se funde hacia el color negro. Salen los títulos de crédito y sube la sintonía del filme 'Dos Super Dos').

Fin.




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martes, 25 de marzo de 2008

'El iphonsito' Parte 3

- Narrador: El iphonsito llega a su altura álgida y en un número de volatilización mágica se transfigura en la diosa griega del amor Afrodita, realzándose el cambio con una pompa de humo brumoso, de cuya aureola, en forma de concha mítica, surge la más bella y sexual Mujer.
Como en toda comedia griega... ¿os dije que ésta era griega? (puntualiza la entonación), los conflictos de los personajes son resueltos por la intervención de los dioses... (cae la entonación, subrayando el impasse del climax).


(La cámara vuelve a ralentizarse. Bud y Terence permanecen impávidos y mudos. Hasta el sátiro exhibe una concentración y mutismo infantiles, desconocidos para él).

- Narrador: Se impone con una brutal y cortante necesariedad una sensación de omnipresencia y culminación. Esta completitud invade y llena la conciencia de nuestros tres espectadores, y los transforma, hacia una hondura profunda, esencial.
La irreprimible atracción de lo Especial, magnética, insecuenciada y cuántica (¡Hola, hola!) deviene y desaparece en la forma del más puro y limpio de los lenguajes, articulado en la sencilla voz de la diosa:

- Afrodita: ¡Cohone, ya me estáis hodiendo!

- Narrador: El paso intránsido y seco, violento, de la celestialidad a la vulgaridad más televisiva atrapa a Terence y Bud en un nuevo asombro. Se les ve abrir las bocas, pero no son capaces de emitir palabra. Siguen mudos).

- Afrodita: Apolo y yo estábamos creando galaxias enanas, tratando un tema muy importante.
- Terence: ¿Cuál? (intrigado, en un aire de elevada curiosidad).
- Afrodita: ¡El de los polvos cósmicos!
- Bud (henchido, crecido en confianza): ¡Esa línea también la uso yo para ligar, ja, ja, ja! (ríe estúpidamente, mientras que Terence se muestra contrariado).
- Afrodita: Pero en fin, sé porque habeis venido a este templo griego.
- Terence: ¿El del Balboa Park? (sorprendido ante la certidumbre del guión). ¿Está bien el guión?
- Bud: Yo entré buscando mi iphonsito. Casi iba a triunfar con una chati cuando este payaso (señalando a Terence) me lo ha quitado.
- Terence: ¡No lo escuche, divina Afrodita! Yo estaba pintando a la más bella de las ninfas...
- Sátiro (interrumpe a Terence):... y yo les arrebaté el artilugio orgásmico, ¡ja, ja, ja!
- Bud (al sátiro): ¡Tú calla ya, atontao!
- Afrodita: ¡Silencio todos! (adquiere un tono grave, demandando atención).
He visto que no sabéis usar vuestra sexualidad: Bud (dirigiéndose al interfecto), quieres madurar y ser amado, pero tu infantilismo no te permite conocer mujer (se enfoca a Bud, atónito, mudo. Ha perdido su ansiosa furia y está absorto ante la revelación y presencia de la verdad).
Terence, conquistas a cada mujer que encuentras y así tratas de ahogar esa inseguridad que te quema el alma, pues tú eres el único al que no has conquistado.
Y tú, ser extraño (refiriéndose al sátiro), tú buscas en el iphonsito una concreción de la Totalidad, tu Cosmogonía, tu construcción de una Identidad Plena: ¡Aún no lo has aceptado, pero eres maricón!
(Un segundo incómodo transcurre, lento, pesado como un siglo. Nadie reacciona. La incomodidad se masca como un chicle).
- Afrodita (continúa): El sexo no es parcialidad genital, sino Unidad espiritual: dos personas amándose, transformándose en seres humanos ideales, completos, que alcanzan el Amor Único que hay por debajo de todas las cosas. (Distorsiona su voz hacia un tono dulzón y proselitista. Acaba la línea y mira directamente a la cámara, se confronta a ella, arma laboriosamente una sonrisa perfecta y artificial y varios de sus dientes emiten un destello de luz cegador. Saluda a la cámara con un ademán de la mano).

(Los tres personajes siguen sin reaccionar).

- Afrodita (continúa): ¡Decid algo, cohone! (sin poder reprimir su impaciencia).
- Bud (mira a los demás, como por fin concienciado y a la vez decepcionado de que ésta haya sido toda la explicación tan esperada):
¡Que te folle un pez!
- Terence: ¡Sí, eso, que le sodomice un escualo!
- Sátiro: Vamos, ¡maricón yo! ¡Decirle eso a una, huy, uno!

- Narrador: Bud y Terence no lo quisieron reconocer en aquel momento, pero después aceptaron que las señales de Afrodita les habían cambiado las vidas (entonando gravemente, subrayando cómicamente una revelación esencial).



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lunes, 24 de marzo de 2008

'El iphonsito' Parte 2

San Diego, Balboa Park. Esplanada. Terence y Bud se encuentran delante de un único iphonsito. No sabemos si es el de Bud o el de Terence, pero ello no es indiferente.
- Terence (irónicamente, pero manteniendo su intachable apariencia de flema y compostura):
¡Pero si es el viejo Bud! ¡El hombre cuya rudeza es tan legendaria como su falta de predicamento entre las mujeres!
- Bud (atónito): ¿de 'prediqué'?
- Terence: Hazme el favor darme el iphonsito, si te es menester.
- Bud (atónito. Cuenta con los dedos, como queriendo buscar una respuesta): ¿Si me es 'menesqué'?
- Terence: ¡El iphonsito, cohone! (Asombrado ante su repentina erupción de ira, que reprime inmediatamente con una sonrisa ridícula, en un intento de 'desfazer' su error de etiqueta).
- Bud (aliviado tras haber comprendido. Espera un segundo y ambos, en un guiño de complicidad, sonríen liberados): ¡Tócame las bolas, pedante!
- Terence: ¡Ah, eso ya está mejor! El iphone, prodúcemelo, por favor.
- Bud (violento y cerril): mi mano con sus cinco dedos es lo que te voy a producir, ¡atontao!

(Se preparan para la pelea: Terence, exhibiendo una impecable guardia de boxeo, casi artística en cuanto a lo académico de su pulcritud; Bud, en cambio, ondeando primitivamente su brazo con una peluda y arcana mano abierta).

(Un fugaz personaje irrumpe en escena, corriendo veloz y riendo como un sátiro, ataviado con una túnica griega del color del alba y les arrebata el iphonsito en sus narices).


- Bud y Terence (se miran y dicen al unísono): ¡Se lleva el iphonsito!
- Sátiro (ríe alocadamente). ¡Ja, ja, ja! Con este aparato mágico, símbolo de la Unicidad de los elementos, integraré mi sexualidad confundida y por fin conseguiré el orgasmo eterno o aquello que los surferos de las películas han buscando durante generaciones, la cabalgada perfecta. ¡Ja, ja, ja! (Transcurre un segundo) ¡Ja! (Ríe de manera neutra. Mira a cámara, inexpresivo).


(Bud y Terence miran y palpan sus propios cuerpos, para comprobar que aún siguen en la realidad. Luego se palpan el uno al otro y finalmente miran a la cámara, alucinados frente al surrealismo del momento. Después reaccionan).

- Bud: ¡Tras él!
- Terence: ¡Sí, que sin el iphonsito no se pintar!
- Bud: ¡Ni yo pillar mozas!
- Terence: ¡Lo mismo he dicho!

(Se inicia una persecución. Música de 'Y si no, nos enfadamos'. Terence corre con una postura perfecta, elegante y atlética. El sátiro, al frente del trío, se mueve a nerviosos e imprevistos brincos. Bud, como una cafetera atacada de locura, lanza todas sus extremidades desordenadamente, en un correr 'por detrás indecoroso).

- Bud (viendo entrar al sátiro en un templo circular): ¡No, no entremos al templo griego! ¡Nooooo! (Abruptamente, sin justificación y exageradamente, como un demente).
- Terence: ¿'Lo cualo'? ¿El templo del Balboa Park?
- Bud (resignado): Eso pone en el guión, ¡aquí no hay ni pies ni cabeza!

(Entran en el 'templo'. El sátiro se siento acorralado y lanza el iphonsito al aire. El tiempo parece que se detiene ante la gravedad del hecho. Ello se subraya con un movimiento ralentizado de cámara que contrasta las emociones expresadas por los tres personajes: Bud, con un rostro furibundo y primitivo, deformado por la tensión suspendida; Terence, angustiado en una mueca de irreprimible desazón y gimoteo femenino; el sátiro, riendo y saltando como un infante irreflexivo. La cámara lenta pasa de un personaje a otro, manteniéndose un segundo a lo sumo en cada rostro, en primer plano, de los personajes).






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miércoles, 19 de marzo de 2008

'El iphonsito' Parte 1

'El iphonsito' (Guión de corto cinematográfico)

- Narrador: Esta es la historia que cambió las vidas de Terence Hill y Bud Spencer. Bud era un hombre delicado y muy articulado en el lenguaje:
- Bud (viendo pasar a una joven): ¡Estás culiciosa, nena! (La joven lo mira, insultada).
¡Tranquila, estoy haciendo un experimento, soy científico! (La joven adquiere un aire de disimulado interés).
¡En polvos cósmicos! (La mujer propina un soberbio y sonoro bofetón a Bud, que se duele).

-Narrador: A su vez Terence era culto y refinado y un amante del cultivo de todo tipo de artes, muy en especial las amatorias:
(Terence, vestido impecablemente con un traje de riguroso blanco aparece saboreando, en una delicada expresión extática, una taza de té en un día soleado, mientras sostiene el parasol de una bella acompañante).

-Narrador: Bud emitía además agudos y valiosos juicios en materias de sociología...
-Bud (observando un anuncio televisivo en el que, en primer plano, varias mujeres jóvenes avanzan con paso decidido hacia la cámara): ¡Uy, qué mujeres más seguras de sí mismas! ¡Seguro que llevan buenas compresas! (Su compañero se aleja ahuyentado).
¡Cuidado, que ahora harán un lésbico! (grita a su compañero).

(Terence comprueba el contraste de la luz y la semisombra punteadas en un esplendoroso seno turgente, uno de los dos de una sublime modelo de pintura).

-Narrador: ... y en asuntos de cosmología...
-Bud: Unos pechos tan masivos seguro que deforman el tiempo y el espacio. (Se gira a cámara y explica -leída de una cuartilla- la 'Nota del Autor':
La Teoría General de la Relatividad de Eintein afirma que los objetos muy masivos, como grandes planetas o en esto caso los pechos enormes, transmiten la fuerza de la gravedad por medio de la deformación del tiempo y el espacio a su alrededor.

(Aparecen nuevamente Terence y su modelo de pintura. Vemos a la mujer recibiendo un enérgico masaje en su espalda y en su nalga, desnuda, porosa).


Interior. Consulta de un psiquiatra:
- Psiquiatra: Bud, usted no ha integrado sus facetas de personalidad en una sexualidad madura. El resultado de esa represión es su uso de una jerga sexual inmadura y el escapismo de ese yo incompleto por medio de pulsiones de violencia pueril. (El actor lee ostensiblemente el discurso de una cuartilla).
- Bud: ¡Vete a tomar por el culo!
- Psiquiatra: ¡Ay, graciaaas! (Imposta un tono afeminado).
- Bud: Además de rarito y menosmola, eres gilipollas: ¿Por qué me atiendes con una corona de laurel en la cabeza?
- Psiquiatra: Pues porque esta es una obra griega. ¿Aún no te has enterado?


Exterior. Agradable y soleado día en una campiña, monocroma y envuelta en una brisa calada.

- Terence (en primer plano, comenta fuera del alcance de su acompañante): ¡Qué bueno es ser yo! En mis manos, toda mujer se convierte en una viciosa e irreprimible amante.
(Su pedantería es subrayada con un tono altivo y odiosamente cadencioso).

(Se dirige a su modelo de pintura, cuyo hiriente seno, como una montaña en guerra de sombra y colores, lacera el aire).
- Terence: Como Cezanne, con este iphonsito como modelo (agarra un iphone y lo contrapone al cuerpo desnudo de la joven), deconstruiré todas las figuras geométricas de tu cuerpo.
Y es que en París, mi amigo Paul Cezanne me desveló todos los conocimientos de su pintura.
- Modelo (directamente, sin recelo): ¿Pero no era Cezanne un pintor del XIX?
- Terence (sorprendido y violentado ante el repentino descubrimiento de su engaño, desvía bruscamente la conversación): Bueno, bueno, ¿desde cuándo las modelos sabéis de otra cosa que de felaciones? (La mujer reprime un gemido de asombro).
En fin, el caso es que el viejo Paul, al que sí conocí (recalcando en una repetición odiosamente previsible), asombró a París pintando una manzana. Yo, en cambio, conquistaré el mundo con un seno. (Acaricia el rostro de la joven y le sonríe. Esta queda convencida sólo a medias).

(Un violento golpe de aire arranca el iphonsito de sus manos).
¡Uuuuh! (Exclama Terence con femenina sorpresa). ¡El viento se me llevó el iphonsito!
¡No te muevas, voy por él! (Corre en pos del iphonsito).


- Bud (comenta, en primer plano, fuera del alcance auditivo de otra mujer, pero no de un niño, quien se burla de él con un ademán despectivo):
¡Qué putada ser yo! (espeta asqueado). En mis manos, todas mis posibles conquistas huyen como zorras. Despues de la desilusión, siempre recurro a la masturbación.
Pero si esta vez me hago amiguito del sobrino de esta pollita, seguro que voy y mojo.
¿Verdad que sí, amiguito? (Sonríe brutalmente al niño, pensando que no le ha oído).
- Niño: ¡Que te folle un pez, cabrón!
- Bud: ¡Sí que te voy a dar, deslenguado! ¡Como me chafes el plan con tu tía!
(Corre detrás de él. Mientras corre, se la cae del bolsillo otro iphonsito, distinto al de Terence).
¡Ya te agarraré, ya! ¡Espera que recobre el iphone! (Se dirige a buscarlo).


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miércoles, 27 de febrero de 2008

'Quiero ser Lee Marvin (en do Mayor)' Parte 5

Gabriel está durmiendo. Aritz aún bebe de la botella. Se entremezclan los ronquidos del pasajero de atrás con los claxsons del exterior.
Aritz agarra el iphone del regazo de Gabriel. Sus manos tiemblan y con torpeza aporrea la pantalla del aparato. Bebe otro sorbo de Johnnie y se le resbala el vaso. La bebida salpica totalmente el aparato. Aritz se lleva las manos a la cabeza. Toca nerviosamente todas las partes del aparato, que emite unos sonidos estridentes, primero muy agudos, después lejanos y graves hasta quedarse en silencio. La pantalla ya no ilumina y despide humo. Gabriel se despierta. Aritz esconde el iphone dentro del vaso en que está tomando el Johnnie.

- Gabriel: ¡Ah, qué sueño! (se despereza). Nunca tuve una resaca tan fuerte.
- Aritz: Bebiste medio vaso de cerveza.
- Gabriel: No cualquier cosa alimenta a un espíritu limpio. Sería cerveza adulterada. Seguro que el Johnnie es mejor, hasta parece humear como un delicioso nectar divino. Dejáme probarlo. (Quiere alcanzar el vaso de Johnnie con el iphone. Aritz lo impide con su brazo).
- Aritz: Dejálo, con Johnnie no se va a ningún lado.
- Gabriel: Quitá, es posible que no llegue a la audición. Quiero pasar los últimos momentos como músico en una dulce embriaguez.
- Aritz: Nunca, no te rendirás. (Forcejean por el vaso. Aritz lo apura de un trago. Se escucha un chisporroteo y un sonido metálico que vienen del iphone).
(Gabriel, quebrado, se echa las manos al rostro. Pausa larga. Aritz aprovecha para sacarse de la boca el iphone humeante. Gabriel se incorpora finalmente y Aritz guarda rapidamente el teléfono en un bolsillo. Sigue humeando).
(Gabriel mira fijamente a Aritz. Éste está inmovil).
- Gabriel: Gracias, ¡gracias! (Lo abraza). Gracias por apoyarme en un momento bajo cuando iba a renegar de mi música. ¡Si hasta tenés una aureola de humo que te envuelve el rostro! ¡Parecés un santo!
(Le besa las manos).
- Aritz: Quitá, quitá, no es nada. (Lo aparta. Despide humo ya como un volcán).
- Gabriel: En fin, sos un amigo, lo único positivo de este día. Ya sólo me faltaría que se rompiera el iphone para redondearlo todo. ¿Por cierto, dónde lo tengo?
(Aritz está petrificado. Justo entonces el señor que roncaba y el novio de la chica comienzan a pelear. La chica grita histéricamente. El chauffeur frena -se escuchará un sonido de frenazo- y se levanta del sillón).
- Chauffeur: ¡Bastaaa! Hoy era mi último día antes de la jubilacion y quería calma, paz y un lindo recuerdo. En cambio, tengo una horda de borrachos, peleas, golpes y gritos. ¡Fuera todos!
(Silencio. Todos está inmóviles). ¡Fuera del colectivo!
- Gabriel: Pero, señor, yo no llegaré a mi audición.
- La Pareja (al unísono): Y nosotros vamos al ensayo de boda.
- Hombre dormido: Yo al ministerio.
(El chauffeur saca una pistola y dispara al techo. Caen restos de chapa a su cabeza).
- Chauffeur: ¡Fuera o no llego a la jubilación!
(Salen todos atropelladamente. El colectivo vuelve a arrancar escuchándose un efecto sonoro de acelerón).
(Se cambia el escenario. Se ve al fondo el Obelisco de Buenos Aires. Los demás personajes se han ido y solo quedan en escena Gabriel y Aritz. Algunos figurantes pasan ajetreadamente cargados de bolsas o hablando por el celular).
- Gabriel: Ya hace veinte minutos que comenzó mi audición y Corrientes está a varias cuadras. (Esconde el rostro entre las manos y se agacha. Aritz le da una palmadita y aprovecha para pasar un paño al iphone, ya chamuscado).
- Aritz: Tranquilo, habrá más orquestas para vos. En cambio yo sigo siendo chauffeur.
(Se escucha 'La Cumparsita' de fondo que va subiendo de tono, cada vez más alta).
- Aritz: ¡Hay música!
- Gabriel: ¡El concierto de Baremboim en el Obelisco! ¡Lo había olvidado!
- Aritz: ¡Vamos!
- Gabriel: Sí, vamos.
(Se dirigen al foco del que viene la música y Gabriel salta y hace una cabriola en el aire. Se mezclan y pierden entre los figurantes).

Fin


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