miércoles, 12 de mayo de 2010

Arte útil

Museo de Arte Moderno de la ciudad de Nueva York. Una sala espaciosa, de absoluto blanco, con cuatro pilares y una franja de luz filtrándose por la cristalera del techo. La sala, casi vacía, transmite una sensación primordial, desnuda. Parecida a la que origina la presencia de dos actores —hombre y mujer— completamente desnudos, de pie e inmóviles en el centro de la sala, bajo una limpísima luz solar. Es la exposición ‘Great Nudity’ del MoMa.

Un viejecito, vestido con sencillez y con andares pesados e inseguros, se acerca a la pareja de actores. Se dirige al hombre. Roza la cabeza de nácar de su bastón contra la nalga del actor y susurra:
—Gracias. No sabes cuánto tiempo hacía que no sentía el tacto duro de la carne humana.
Se aleja, tal como ha venido, con su paso inseguro, un poco más ligero, más alegre quizás.

Los demás asistentes a la exposición van y vienen por la sala, leyendo las interpretaciones de la obra impresas, en negro sobre blanco, en las paredes. Describen círculos, retroceden, pululan laboriosamente como hormiguitas que a la postre convergen invariablemente hasta su particular hormiguero: el centro de la representación, la alegórica primera pareja humana.

—Las acciones del sector del automóvil están muy volátiles con la crisis—. Un hombre de cabello fino y facciones aristocráticamente angulosas, vestido con el traje, chaleco y la raya diplomática del banquero de inversión de Wall Street, aconseja al que parece ser un cliente. Se fija de soslayo en el desnudo frontal del hombre.
>> O puedes comprar acciones de Durex. Creo que estaban subiendo dos enteros—. El cliente asiente casi con una reverencia, totalmente atento a las recomendaciones.
>> Y si no Apple. La nueva aplicación de smart-phones, ésta misma —le muestra un iphone con parpadeantes cifras y gráficas de cotizaciones— permite seguir la marcha de los mercados en tiempo real. Va a ser la bomba. Pero vayámonos para llegar antes del cierre—. El banquero parte hacia la salida con paso decidido y el inversor le sigue presto, imitando su forma de andar.

Dos chicos de unos quince años, de uniforme y de piel fina, entran a la sala y sin más preámbulos se dirigen al cuadrado de sol que realza a la pareja.
—¿Qué haces, punk?— pregunta un chico a aquel que justo ha retratado con su móvil el sexo de la actriz.
—Se llama lomografía. Es sacar una foto accidental, normalmente a la altura de la cintura—. Habla lentamente, con pretendida sabiduría, como si estuviera impartiendo una clase magistral—. No se busca la brillantez técnica, solo captar el momento. Lo-mo-gra-fí-a. ¿Entiendes?
—Pues tú has captado lo que es lomo y lo que no es lomo.
—Vamos a Times Square— responde sin hacer caso—. La MTV presenta el último álbum de ‘Maroon 5’.
Los dos chicos salen rápidamente de la sala y se cruzan, sin darle importancia alguna, con Woody Allen y Soon-Yi.
—Woody (rápidamente y entrecortado): nuestra relación es, olvídate de lo que diga el ‘Post’. No, no deberías leer ese panfleto—. Se interrumpe y observa a la pareja de actores—. ¡Qué extraño! Esa mezcla de elementos: solos la luz solar y la primera pareja de la creación. Parece una singularidad cosmológica, un,… un ‘big bang’ de la existencia humana.
—Soon Yi: No te entiendo, Allen.
—Woody (mueve la cabeza, como para olvidar su digresión y retomar su primer razonamiento): Te decía que desde el punto de vista ontológico, la alteridad es. ¿Te acuerdas de Parménides?
—Soon Yi: No (responde con los ojos como platos, perdiendo parte de su orientalidad).
—Woody: El ente… uno, eterno e inmutable, ¿lo ves ahora?
—Soon Yi (observa a los actores mientras habla): Pero el miembro de ese señor es mutable, ¿no?
—Woody: Porque eso no es ente, es cosa.
—Soon Yi: Ah.
—Woody: Vamos al Odeon. Creo que dan una de Bergman.
Ambos salen, al tiempo que una pareja de japoneses, bajando reverencialmente las cabezas, les sonríe.
—Mujer japonesa: ¿No era ésa Soon-Yi? ¿La que se casó siendo menor?
—Hombre japonés: Sí,… coreana tenía que ser.
—Mujer japonesa (mira al actor): Fíjate en ese caballero con aspecto de Samurai. Lo más parecido a él en ti es el objetivo de tu Nikon.
—Hombre japonés: Sí, cariño (con la cabeza gacha retrae el objetivo de su cámara).

Otra pareja de actores desnudos cruza la sala hasta el cuadrado iluminado por el sol. Intercambian unas sonrisas amistosas con la primera pareja de actores. Estos se despiden y se alejan de la cuadrada escena. Desnudos como están, se mezclan entre los demás asistentes. Se paran frente a una pared y leen sobre ella algunas de las explicaciones del autor de la performance.
—Mujer: ¿Quieres creer que esta sesión me ha ayudado?
—Hombre: ¿Cómo?
—Mujer: Cuando actúo en el teatro, pienso que solo me miran a mí y me siento aterrada. Hoy he percibido claramente que ni se fijaban en nosotros.
—Hombre: Ése es el propósito sublimador del arte. Hacerte ser tú misma, sin miedos, solo tú y ahora. Tú misma, tu esencia desnuda de ser racional, con pensamientos racionales y productivos.

Fin






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jueves, 6 de mayo de 2010

El Club del Yutub (visión de un adolescente sobre Hamlet)

Extracto de la crítica literaria mensual del ‘Club de poetas del yutub’:
… es una obra llena de pasiones, venganzas, celos, amoríos, traiciones, ambiciones… me recuerda a la ‘Villa Ambiciones’ de Jesulín y María José Campanario.
Un pavo, Hamlet, aburrido en su castillo de Dinamarca, se pone a fumar hachís. Le da una alucinación muy chunga y ve a su padre, que las había diñado, y que le dice que fue envenenado por su propio hermano, esto es, su tío.
¡Genial!, ¿no? Como en lo de las tetas y el paraíso de Tele5.
Entonces va Lady Macbeth, una mala pécora y le calienta el tarro al tío de Hamlet para que siga en el trono y no se lo pase a sus hijas, unas ingratas ellas. Le dice que de ahí no lo mueva nadie, como a Fidel en Cuba.
Entonces Fidel, enfadado por la comparación, manda al castillo de Elsinoor a un negro de La Habana, muy celoso él, que se enamora de Lady Macbeth y la mata junto a Hamlet, porque como el negro era Montesco y Lady Macbeth, Capuletta, era un amor imposible.
La flipas, como en las películas del vampiro de Crepúsculo.

Bueno, en realidad no he leído Hamlet pero lo he copiado tal cual del rincón del vago conectándome con mi iphone.
Aunque, con tantas pasiones y movidas, capaz que los de jolivu adapten el libro en breve y nos enteremos mejor, ¿no?
Seguid conectados.

Firmado vuestro crítico literario, ‘el Hilustrao’.
Fin





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Inferior inferior

‘Cuatro millones de parados, ¡qué drama! Menos mal que hoy me ascienden. Me hurgo en el bolsillo y junto a mi vieja canica aparece la pelota de golf del partido del último viernes. No sé por qué está ahí, junto a mi canica talismán. ¿Qué haces rebuscando en la chaqueta, Javier? ¿Sigues jugando con la canica que me ganaste en el patio del colegio? Ríe Lucas, siempre tan delgado y con su paso seguro y ágil para estar en la cincuentena. Maldito seas, Lucas. Siempre riéndote de mí. Yo también he entrado en la cincuentena, pero con un paso peor que el tuyo. Sonrío tímidamente y bajo la mirada, asintiendo. Espero en la antesala de su despacho, sentado en una silla de asiento de cuero gastado y con el acolchado arrancado en el respaldo, que se me clava en los riñones. Entro al despacho con estos dos caballeros, Javier. Espera ahí, será cosa de un minuto. Lucas sonríe y entre el sol pesado de la sobremesa resalta el color blanco de sus dientes. ¡Qué sonrisa tan falsa tienes! Casi como esos ojos azules tuyos, tan inexpresivos, con los que camuflas siempre tus intenciones. Creo que gracias a eso me has superado siempre, desde chicos y siempre he sido tu inferior aunque secretamente me sienta superior a ti, un inferior superior. Porque con tu porte de niño bueno rubio y tu sonrisa y tus ojos inexpresivos, nunca he sabido anticipar tus intenciones. Ni atajar tus regates al fútbol, ni competir con tus requiebros a las chicas, ni prever tus maniobras a mi espalda. Siempre retorcido, nunca de frente. Me consuelo pensando que con el ascenso a directivo, diré adiós a las odiosas partidas de golf, a hacerte la pelota entre hoyo y hoyo y que por fin, tras toda una vida, te trataré de igual a igual y ya no seré tu inferior. Perdone, ¿quiere una taza de café, señor Sala? Rebotando en mis propios pensamientos, doy un pequeño brinco al oír a la secretaria. ¿Cómo? Respondo sofocado, como arrancado bruscamente de un sueño. El Señor Becerra me ha avisado por el comunicador que los candidatos saldrán en breve. ¿Candidatos? ¿No irá a darle mi puesto a esos mozuelos recién salidos de la universidad? La mano en el bolsillo, dejo de acariciar la canica y aprieto rabiosamente la pelota de golf. De perder el puesto, soy capaz de molerlo a bastonazos con su propio palo de golf. Porque, con todo, somos amigos y todo lo hemos compartido, hasta a Marga, que acabó por quitármela, aunque no del todo. El cristal traslúcido se emborrona con tres sombras que se agrandan y salen por la puerta. Lucas despide a los jóvenes de antes con un apretón de manos, se vuelve hacia mí y me indica con un gesto que ya puedo pasar. Me sonríe. Esa sonrisa falsa, esos ojos fríos. Si voy a ser el parado cuatro millones uno, me pagarás esta y todas las pasadas juntas, ahora mismo. Me siento frente a la mesa de cedro, rígido como el palo de golf que descansa en delicado equilibrio apoyado sobre el archivador. Javier, hoy es un día que nunca olvidarás. ¿Si será cínico? He explotado. Ya está, sin marcha atrás. No, no lo olvidarás tú. Interrumpo. No lo olvidarás como tampoco todas las veces que te he engañado con Marga. Pude haberlo hecho cuando los tres vivíamos en el pueblo. Pero esperé a que me la arrebataras. Me pauso e imprimo a la voz el odio acumulado en una vida. Casada me supo mejor. Javier, te equivocas, no sigas. Responde Lucas con la voz levemente alterada. Conozco cada libra de su carne, la suavidad de sus pechos, el olor de la violeta de su ingle, el sabor de su entraña… Embebido en mi glorioso instante de vendetta, enrojezco como un diablo y pierdo el resuello. Me levanto hacia el archivador, blando el bastón amenazadoramente y con el movimiento vuelco sin pretenderlo la hilera de documentos que descansan sobre la mesa de cedro. ‘Ascenso del Sr. Javier Sala a la dirección contable’. ‘Contrato de prácticas para estudiantes’. Me fallan las piernas y caigo sobre la butaca. Rebusco en el bolsillo y poso temblorosamente sobre el cedro la pelota de golf junto al bastón. Era broma. Río sonrojado, pero ya no como un diablo sino como cuando de niños Lucas me colaba un regate entre las piernas en el patio del colegio. Quería invitarte al golf para mañana. Imito cómicamente un swing alzando nuevamente el bastón de golf. Lucas sonríe extrañamente y me interroga con una mirada inexpresiva. ¿Estaré despedido? Nunca supe leer en esos ojos. ¡Si seré gilipollas!’.

Fin





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miércoles, 24 de marzo de 2010

Muguila (dedicado a un gran entrenador)

—¡Jose Antonio! —desde la grada una voz recorre la pista de atletismo. Nadie responde. Un hombre centra su atención en el vertiginoso bailoteo de números de su cronómetro de mano en el iphone.
—¡Más rápido, más rápido! — grita al atleta que corre en la calle uno.
El entrenador está cercano a la setentena. Tiene la altura y el cuerpo fino y longilíneo del antiguo corredor de 800 metros.
Sobre un bigotito indeciso, ni aparente ni discreto —¿una metáfora de su personalidad?— sus ojos, una extraña confusión de chispas de niño vivaracho y de resignación de jubilado ocioso, se exaltan al acercarse de nuevo el atleta por el paso del 400.
—¡Ahora despacioorl! —grita como Chiquito de la Calzada, acompañando de la mano el cómico ondeo de su voz.
¡En esta serie estás entrenando los cambios de ritmo!
El atleta no le ha oído. Ya está lejos, corriendo aún más rápido que en la vuelta anterior, como en pos de un resuello que le hubiera tomado la delantera.
El entrenador empieza a gesticular, desesperado.
—¡Mugui! —grita la misma voz de las gradas.
El entrenador sí se siente aludido esta vez . Sonríe y alza los hombros, como queriendo responder "y ¿qué quieres? Los jóvenes son impetuosos y no saber regular, siempre quieren darlo todo en el tartán".
El atleta corre ya por la mitad del óvalo.
—Muy rápido —grita el entrenador para sí mismo.
Mira el cronómetro de mano, se mesa los cabellos y se muerde el labio inferior para soltar inmediatamente el aire como en una explosión que estremece cada uno de los pelos de su bigote.
El atleta enfila ya la recta final del 100.
—¡Nooorl! —grita desesperado, otra vez con el deje de Chiquito.
Empieza a abrir y cerrar enérgicamente la boca y sus ojos casi llegan a cerrarse, como en un guiño.
El atleta pasa por línea de meta al límite de su velocidad y cae derrengado al suelo.
—¡La serie así no ha valido para nada! ¡Tenías que trabajar el cambio de ritmo, no ir a tope desde el principio! ¿Qué te ha dicho el ‘Mugui’? —le increpa agachándose a ras de pista. Enfadado, se da la vuelta y suelta un esputo.
—Es que… —responde dificultosamente el atleta postrado, aún sin recuperar el resuello fugitivo—, hoy estoy eléctrico, Muguila.
—Que me llaméis Mugui, pase. Que destroces la serie, ¡menos aún! —se pausa y le apunta con el dedo índice—. Pero que me llaméis Muguila, alias muecas, guiños y lapos, ¡eso sí que no!
Se vuelve mirando el cronómetro hacia otro atleta mientras se muerde el labio inferior y suelta explosivamente el aire con una mueca.
Fin



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El nerd (una caricatura).


Toda la vida lo hemos llamado bicho raro o grimoso. En estos tiempos anglófilos y despersonalizados sin embargo, lo llamamos nerd.
El nerd es un sujeto de edad indeterminada -sin iphone-, joven la mayoría de las veces, pero no necesariamente, porque su condición, como la tontería, no tiene edad. Asimismo suele ser hombre, pero puede haber excepciones.
Al nerd a veces también se le llama despectivamente cerebrito, pero no es imprescindible que destaque intelectualmente. Es suficiente con que tenga halitosis.
Aunque ya hemos prevenido que no es obligatoriamente una criatura brillante, al menos sí suele ser alguien instruido –al menos en los libros de ‘El señor de los anillos’- y por deferencia a esa instrucción no se le tilda llanamente de feo, sino de desagradable de ver.
Y es que el nerd tiene una barriga y una papada prominentes, una tez malsana de un color blanco huidizo del sol, unos vellos negros y gruesos, escasos en la tonsura del cogote y discontinuos en la barba, que es lampiña, blanca y brillante de caramelizado sudor viejo en ciertas zonas de las mejillas y poblada de gruesas espinas en otras.
Sus dientes son amarillos con altorrelieves en forma de grumos y su olor corporal es añejo, experimentado e invasivo.
Y es que el nerd odia las duchas tanto como el ejercicio físico. Las duchas comunales de un vestuario se revelan un tormento para él, pues unido al incomodo de desprenderse de sus costras y sudores –el nerd es un hombre de costumbres y cualquier cambio, incluso higiénico, le aterra- , ha de mostrar frente a otros hombres pústulas y secreciones varias, corriendo el riesgo añadido de liberar flatulencias de sonoridad y timbre exquisitos o regüeldos volcánicos en gases y abracadabrantes en estrépito.
La relación con el sexo opuesto supone un capítulo sensiblemente problemático para el nerd. Cuando el hombre nerd divisa a una mujer atractiva, la admira con el arrobo y postración que se dedica a lo inalcanzable, y sintiendo esto, segrega una baba amarilla y densa, ni gris ni perla, como de esputo impregnado de moco, casi seminal.
Esta imagen del semen cobra nuevos significados en el nerd, pues de ser cierto el aforismo ‘semen retentibus, venenus est’, el nerd ya está intoxicado. Y es que al no conocer mujer, rebosa de líquidos como un cráter y todos ellos se coagulan en forma de granos de base roja y cima blanca, que jalonan su rostro en un cromático contrapunto con la negrura de sus cabellos y de sus gafas –tenerlas en el nerd es imperativo, como también lo es que su montura sea de concha azabache-.
A pesar de todo esto, repele a las mujeres no tanto por su físico como por la extrañeza con que se dirige a ellas. Se aposta, mudo, a su lado, como una estatua, y en una suerte de enfermiza fijación fetichista les habla, cuando se arma de valor, fijando pertinazmente la mirada en sus pechos.
Por ello no socializa con amigos agraciados ni exitosos, pues ellos, cruelmente, lo apelan con el feo adjetivo de espantacoños.
Tiene un vozarrón grave de hombre, en él sorpresivo como un bofetón o como el timbre cambiante del niño ya púber. Y es que se asemejaría en bastantes cosas a un adolescente, pues su humor y bromas son igualmente infantiles, incomprensibles y autorreferenciales, de naturaleza plana y explosivas como una martilleante pulsión desvirgatoria no liberada.
Pero no todo es trágico en la vida del nerd. Como alguien dijo una vez, la comedia es una ecuación matemática que iguala a la tragedia añadiéndole el tiempo.
Así pues, con el paso del tiempo, el nerd deja de ser un descastado social y mejora. Comienza a trabajar como programador informático, lee la revista ‘El Jueves’ y colecciona con afán de experto copias de cine de terror, pornográfico y erótico-humorístico, acudiendo a festivales y reuniones del género con una cuchipanda de amigos similares a él, que tras criarlos Dios, se han juntado entre ellos.
De este modo, su necesidad de esparcimiento se ve ya satisfecha, pues gracias a su panda, las partidas de rol y las periódicas visitas a los prostíbulos donde le cargan tarifa doble, se siente finalmente colmado.
Y esta descripción se ajusta fidedignamente al nerd, porque como hacía Cela, está hecha con mucho cariño.
Fin




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jueves, 25 de febrero de 2010

'Fiesta en el páramo'


'Fiesta en el páramo' (homenaje a 'Lluvia ligera' de Thomas Pynchon).
Cuatro hombres arrastran con dificultad los pies por la arena de un camino. El denso sol de Junio hace saltar chispas en los granos de arena. Dos de los hombres, bailando juntos, la hollan y remueven con sus pasos.
- Chicos, acabad con ese baile o me voy a enfadar- grita Levine.- Ese tipo de relaciones no están muy bien vistas en Fort Roach.
Baxter y Picnic, hasta entonces entrelazados en un torpe intento de bailar el mambo, se separan rígidamente.
- Métete en tus asuntos, Levine- protesta Picnic.
- Sí- añade Baxter-. A éste y a mí nos echan hoy el lazo, nos casamos, mientras que tú sólamente te reenganchas. Déjanos preparar el baile como nos venga en gana.
Los cuatro siguen caminando con desgana a la vera del río seco. En la base militar de Fort Roach, en Louisiana, en 1957, no resulta común ver a cuatro jóvenes tan bien vestidos, con sus gorras relucientes y el uniforme de gala, enteramente de blanco, como una manada de espectros bajo el sol color limón.
Habitualmente el equipo de técnicos de comunicación de tercera categoría viste un uniforme simple, acorde a sus tareas simples. Hoy, sin embargo, es un día especial.
- Maldito séas, Levine -continúa Picnic con un acento sureño lento y suave-. Eres el maldito genio del batallón y te conformas con reengancharte al servicio junto a nosotros, como un especialista de tercera más.
- La paga es suficiente y cada vez me gusta más la música sureña de los garitos del pueblo- sonríe, sin mostrar si la sonrisa es claramente irónica o franca.
Pega un lametón a su helado de cucurucho, cuya crema derretida se desliza pegajosamente hacia el vértice del barquillo.
El grupo de amigos enfila un sendero de gravilla roja balizado por estacas de madera cuarteada. Sus mocasines, todavía arrastrados, crepitan sobre las pequeñas piedras del camino y la soledad del lugar amplifica el ruido de los pasos.
A través de las ramas desnudas de un árbol seco se adivina la lejana silueta de un buitre en las alturas.
El sol lo paraliza todo, hasta el viento, que no corre, como encorsetado por la lenta elasticidad del calor.
- Chico, me estoy sofocando -se queja Baxter, mientras las gotas de sudor le engrudan el cabello y empapan sus axilas.
- Maldito séas tú también, Rizzo -prosigue Baxter tras echar una ojeada al atuendo de Rizzo-. Ni una mancha de sudor. ¿Cómo lo haces?
Rizzo es un tipo alto y delgado, de tez brillante y gesto inteligente.
- Mira a tu alrededor- exhala una bocanada de humo, pastosa, que queda impregnada en la sequedad del ambiente-. Estamos en el páramo.
- ¿Y por eso tú no sudas, pedazo de sabihondo relamido?- interviene Picnic con el mismo hablar sureño dormido.
- No sudo, maldito asno de Louisiana, porque no quiero acabar siendo yo también parte del páramo-. Rizzo se atusa un bigotito como el de Errol Flynn con un minúsculo peine sacado de la levita del uniforme-. Las formas y un poco de cultura es lo único que nos queda en este maldito lugar.
Levine empieza a frotar un resto de helado que ha caído en su prominente panza. Como no sale, lo deja estar, maculando la blancura del uniforme. Saca un 'yo-yo' del bolsillo del pantalón y comienza a jugar con él. Rizzo se le queda mirando.
- ¿Ves a este tipo jugando al yo-yo, Picnic? Es más inteligente que todos nosotros juntos- dice Rizzo.
Levine desenrolla el yo-yo, ajeno a lo que dicen de él.
-... pero prefiere vivir en Fort Roach, rodeado de rocas baldías donde ni los árboles ni él puedan echar raíces, y evitar el trabajo y el matrimonio.
- A mí me suena bien- responde Levine brevemente.
- Hoy me caso- dice Picnic con el acento aún más cansado que antes-. Éste, en cambio, no se acuerda de las caras de sus diez últimas amantes.
- Milagros del 'scotch'- responde Levine.
El cuarteto sale del camino de gravilla. Han llegado frente a un gran barracón metálico de olor acre, coronado por una bandera inmóvil cuyas barras y estrellas se han raído por el calor.
Desde la antesala del club de oficiales, adornada por la única parcela de yerbín del fuerte, se escucha el eco distorsionado y lento de los metales de una 'big band'.
- Aquí dentro se está fresco- grita alborozado Baxter al entrar y comienza a bailar descoordinadamente los ritmos de Buddy Holly.
- No has aprendido ni un paso, inútil- lo reprende Levine.
- ¿Quieres callarte, animal? Estoy tratando de buscar a Betsy-. Baxter busca con la mirada a su prometida entre la semisombra del barracón.
Lo único que encuentra es la boina reluciente sobre el rostro huesudo del teniente Pierce.
- Aprovechen mientras puedan a restregar las pichitas contra sus novias. Mañana, tras el reenganche, sus culos serán míos- susurra el teniente con calma, sin dejo alguno de amenaza.
- Es un capullo- dice Picnic en bajo mientras el teniente se aleja hacia el bol de ponche.
- Nos trata así porque tú le recuerdas a él de jóven, cuando salió de West Point. Por eso le molesta que séas un vago- interviene Rizzo dirigiéndose a Levine.
- Olvídalo. Busquémos unas pollitas- responde Levine.
- ¡Eh!- grita Baxter- Esa gordita no para de mirarte.
Una muchacha gorda, con el rostro rosáceo y nariz de cerdita los mira de reojo, bailando sóla bajo la canasta de baloncesto.
- Es horrorosa- concluye Picnic.
- Las gorditas son las más agradecidas- dice Levine secándose el reguero de ponche de sus labios con la manga de la levita.
Se acerca con decisión a la muchacha, quien, tímidamente, baja la cabeza. Los tres amigos le siguen.
- Disculpe... ¿nos conocemos?- pregunta Levine imitando la voz suave de Marlon Brando.
- Pues- responde la chica alzando apocadamente la mirada-... tal vez yo esté equivocada, pero me parece que usted es el padre de uno de mis niños-…
Levine abre la boca, sorprendido.
- …El bar Bixby, ¿recuerda?
Levine pone la mirada en blanco e inmediatamente se echa las manos a la cabeza.
- …Esta vez no te dejaré escapar... te amo- dice la muchacha gorda y abraza a Levine, cuyo tronco ha quedado completamente rígido.
Picnic y Baxter comienzan a reir en alto, mientras bailan burlonamente unos pasos nupciales.
- Lo veía venir- suspira con suficiencia Rizzo.
Buddy Holly sigue cantando en la penumbra del barracón y suena más apagado que nunca.
Fin




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lunes, 8 de febrero de 2010

'El éxito está en la mente'

'La arena juega en mi rostro, llevada por el viento.
Abro los ojos, veo el sol a través de mis pestañas, que descomponen su luz como un caleidoscopio.

Me incorporo: allí está Elisabetta, completamente desnuda, tumbada en la orilla.
Mis amigos del country club suelen decirme que una mujer así está conmigo por el dinero.
Yo les respondo: no está conmigo por el dinero. Está conmigo por el éxito.

La sigo observando, confundido su cuerpo entre la dureza tersa de un remolino de arena.
Me acerco a ella y como si fuera el amo de los elementos, el aire cesa.
Abre los ojos y en ellos percibo el reflejo del brillo marino.
En la orilla las olas mueren y renacen con un suspiro balsámico.
El chapoteo del agua crea curiosos sonidos incidentales sobre la eslora de mi yate.


Aunque esto pueda parecer bucólico, no soy un poeta: soy un hombre de éxito. Tengo una casa en la playa, una modelo tostándose en la arena y un yate con mi nombre en la popa. ¿Soy materialista? Sí, rotundo.
Soy un hombre de éxito, hecho a mí mismo. He creado negocios que sólo yo he podido vislumbrar, he creído en ellos, los he llevado al éxito. Ha sido así por mi fe, mi tesón, mi confianza.
Porque como siempre digo, el éxito está en la mente. Y mi mente cree en el éxito y atrae al éxito.

Espolvoreo un hilito de arena en el pequeño ombligo de Elisabetta. Me tumbo y empezamos a achucharnos. Tengo treinta y cinco años: ¿no soy el hombre más afortunado del planeta?

Suena el iphone. Maldicion. Justo ahora. Me reclama el consejo de administración, seguro.
No quiero levantarme, no quiero levantarme...'



- Despierta, Melecio. Ya es la hora de la siega.

El sol aprieta fuerte en la sien del Melecio. Una orquesta de chicharras envuelve con persistencia su cuerpo enjuto y curtido. El sueño, profundo, descarga el peso en su organismo y una sonrisa floja le pende del rostro.

- No sé como un vago así, a sus treinta y cinco añazos, está siempre tan feliz. Siempre contento, durmiendo como un lirón, conquistando a todas las mozas del pueblo... con el poco jornal que ganamos.
- ¡Qué quieres! Quien no se consuela es porque no quiere. Siempre han dicho que la felicidad y el éxito se llevan dentro, en la mente.

Melecio despereza los brazos sobre el montón de heno apilado en la llanura.
Unas briznas de paja juegan en su rostro, llevadas por el viento.


Fin


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