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sábado, 17 de julio de 2010
Hola, amiguitos. Habrá más relatos tras el verano. Hasta entonces, ¡a disfrutar de la playita! Saludos, l'auteur.
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viernes, 9 de julio de 2010
Edén recuperado
Un estanque sin murmullo. El verano colándose en la sustancia de cada ser vivo del jardín, como un panteísta cocinero que, dosificando justamente el calor, madura su material de trabajo: la vida. Ésta estalla en llamaradas de gases, en infinitas fiestas donde cada cosa arroja incisivos colores como espadas, en brasas que colonizan la piel e inflaman de ansias los espíritus. Un chico percibe desde el segundo piso de la casa el aroma de las flores. El viento, colándose por la ventana, entra por el cuello de su camisa y la infla, jugando en el corredor que separa el tejido y su piel. La chica mira al chico. La habitación está en silencio y el verano penetrándolos.
"Como puedes comprobar, el departamento es silencioso... casi como un ejercicio espiritual" susurra la chica, cuidando de no perturbar el sosiego. El chico se siente a gusto. Lleva más de una semana buscando alquiler. No esperaba encontrar por este precio un lugar tan amplio, casi en el campo, sí; lejos de la ciudad, por tanto. Pero piensa que esa tranquilidad quizá compense la inconveniencia de un trayecto más largo.
"Ay, chico, no sabes lo bien que se está aquí. Algunas tardes vuelvo del trabajo, miro el jardín, respiro, me paseo entre el silencio y subo a la habitación. Entonces pongo a Camilo Sesto y se me pasan las horas, como si no hubiera tiempo".
La chica enciende el cedé. La voz de Camilo vuela entre el silencio, acumulando en él un canturreo de sirtaki. Es agradable, piensa el chico, y se sorprende, no recordando lo bien que cantaba Camilo. Fluido, alegre... un complemento natural al silencio. Has vuelto, Melina, tus cantos reflejan el amor y se alzan a Dios, larara-lararai.
"Es de la época de mis padres" bromea el chico. La chica le sonríe, sus ojos chispeando. Se oyen pasos fuera de la habitación.
"Debe de ser Adam, el landlord. Es muy simpático, te lo voy a presentar".
Adam estrecha la mano del chico y con una amable verborrea le sugiere que no acepte el alquiler. Pero, ¿no era éste precisamente el casero?, se sorprende el chico. El hombre prosigue... "You don´t wanna live here. It´s too far away from the city, too large for just three people... even too expensive"
"Está de broma, no le hagas caso. Tiene una obsesión con que este jardín ya lo tuvo anteriormente, como en una vida pasada o algo así. Pero está deseando alquilártelo" interviene la chica.
A pesar de los ánimos de Eva, el chico, hasta entonces dubitativo como un cliente de auto usado que necesitara de un empujoncito, se deja convencer por ese hombre tan amable.
"Bueno, Eva. Ya nos veremos si apareces algun día con tu hermana. Saluda a Janet de mi parte". Eva lo despide con una decepcionada sonrisa.
El chico baja las escaleras, cruza el jardín y en la parada del autobús escucha la voz de Camilo emergiendo entre el silencio. Adam se siente aliviado por su acto de amor. Preservando a Eva en el pequeño edén sustituto, piensa que se ha redimido un tanto del día en que rompió con el Padre.
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"Como puedes comprobar, el departamento es silencioso... casi como un ejercicio espiritual" susurra la chica, cuidando de no perturbar el sosiego. El chico se siente a gusto. Lleva más de una semana buscando alquiler. No esperaba encontrar por este precio un lugar tan amplio, casi en el campo, sí; lejos de la ciudad, por tanto. Pero piensa que esa tranquilidad quizá compense la inconveniencia de un trayecto más largo.
"Ay, chico, no sabes lo bien que se está aquí. Algunas tardes vuelvo del trabajo, miro el jardín, respiro, me paseo entre el silencio y subo a la habitación. Entonces pongo a Camilo Sesto y se me pasan las horas, como si no hubiera tiempo".
La chica enciende el cedé. La voz de Camilo vuela entre el silencio, acumulando en él un canturreo de sirtaki. Es agradable, piensa el chico, y se sorprende, no recordando lo bien que cantaba Camilo. Fluido, alegre... un complemento natural al silencio. Has vuelto, Melina, tus cantos reflejan el amor y se alzan a Dios, larara-lararai.
"Es de la época de mis padres" bromea el chico. La chica le sonríe, sus ojos chispeando. Se oyen pasos fuera de la habitación.
"Debe de ser Adam, el landlord. Es muy simpático, te lo voy a presentar".
Adam estrecha la mano del chico y con una amable verborrea le sugiere que no acepte el alquiler. Pero, ¿no era éste precisamente el casero?, se sorprende el chico. El hombre prosigue... "You don´t wanna live here. It´s too far away from the city, too large for just three people... even too expensive"
"Está de broma, no le hagas caso. Tiene una obsesión con que este jardín ya lo tuvo anteriormente, como en una vida pasada o algo así. Pero está deseando alquilártelo" interviene la chica.
A pesar de los ánimos de Eva, el chico, hasta entonces dubitativo como un cliente de auto usado que necesitara de un empujoncito, se deja convencer por ese hombre tan amable.
"Bueno, Eva. Ya nos veremos si apareces algun día con tu hermana. Saluda a Janet de mi parte". Eva lo despide con una decepcionada sonrisa.
El chico baja las escaleras, cruza el jardín y en la parada del autobús escucha la voz de Camilo emergiendo entre el silencio. Adam se siente aliviado por su acto de amor. Preservando a Eva en el pequeño edén sustituto, piensa que se ha redimido un tanto del día en que rompió con el Padre.
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miércoles, 23 de junio de 2010
Burbujas de vida
- Pasa a analizar la siguiente.
- El lector ya está encendido. Proyectando imágenes.
- ¿Qué tienes?
- Aparece el sujeto que portaba la muestra. Está en uno de esos espacios que observamos ayer en el avistamiento: Ya sabes… formaciones clorofílicas alimentadas por un sistema de savia y fotosíntesis. Lo que llaman bosque. Hay un grupo de sujetos manipulando objetos. Éstos emiten sonidos en sucesión ordenada. Otros individuos agitan las extremidades en un patrón impredecible de movimiento. Nuestro sujeto está entre ellos. Parece una fémina. Se le acerca un ejemplar del sexo opuesto. No comprendo… tras una comunicación corta, juntan los labios. La imagen se corta.
- Está bien. Suspendo otra burbuja más sobre el vector. ¿Qué ves?
- El mismo sujeto. Toca su vientre… está visiblemente abultado. Enarca los labios hacia arriba y relaja las mejillas.
- Espera… la gráfica del vector muestra una expansión de energía interna. ¿Cuál es la causa?
- Parece que el sujeto está creando una imagen autónoma que no ha ocurrido aún.
- ¿Qué es?
- Ve la imagen de un embrión en su interior. Una cría. Ahora la imagen retorna a ella. Vuelve a enarcar los labios.
- Interesante… el vector muestra una brusca plenitud en los sistemas de vida del sujeto- el alienígena cierra el lector. Las imágenes tridimensionales se desvanecen.
- No lo entiendo. ¿Y cada imagen estaba incrustada en las burbujas que erupta ese líquido?
- Así es. Ellos lo llaman recuerdos placenteros.
- Y emanan con la ingestión del líquido contenido en el recipiente que le sustrajimos a la hembra humana.
- Debe de ser un líquido muy poderoso. Tenemos que conseguirlo. Enciende el lector y amplia la imagen. ¿Cómo se llama?
- Cava catalán- el alienígena jefe, impresionado, apaga el lector.
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- El lector ya está encendido. Proyectando imágenes.
- ¿Qué tienes?
- Aparece el sujeto que portaba la muestra. Está en uno de esos espacios que observamos ayer en el avistamiento: Ya sabes… formaciones clorofílicas alimentadas por un sistema de savia y fotosíntesis. Lo que llaman bosque. Hay un grupo de sujetos manipulando objetos. Éstos emiten sonidos en sucesión ordenada. Otros individuos agitan las extremidades en un patrón impredecible de movimiento. Nuestro sujeto está entre ellos. Parece una fémina. Se le acerca un ejemplar del sexo opuesto. No comprendo… tras una comunicación corta, juntan los labios. La imagen se corta.
- Está bien. Suspendo otra burbuja más sobre el vector. ¿Qué ves?
- El mismo sujeto. Toca su vientre… está visiblemente abultado. Enarca los labios hacia arriba y relaja las mejillas.
- Espera… la gráfica del vector muestra una expansión de energía interna. ¿Cuál es la causa?
- Parece que el sujeto está creando una imagen autónoma que no ha ocurrido aún.
- ¿Qué es?
- Ve la imagen de un embrión en su interior. Una cría. Ahora la imagen retorna a ella. Vuelve a enarcar los labios.
- Interesante… el vector muestra una brusca plenitud en los sistemas de vida del sujeto- el alienígena cierra el lector. Las imágenes tridimensionales se desvanecen.
- No lo entiendo. ¿Y cada imagen estaba incrustada en las burbujas que erupta ese líquido?
- Así es. Ellos lo llaman recuerdos placenteros.
- Y emanan con la ingestión del líquido contenido en el recipiente que le sustrajimos a la hembra humana.
- Debe de ser un líquido muy poderoso. Tenemos que conseguirlo. Enciende el lector y amplia la imagen. ¿Cómo se llama?
- Cava catalán- el alienígena jefe, impresionado, apaga el lector.
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martes, 15 de junio de 2010
Cabeza y piel
Ana esperaba en la mesa de la terracita bajo el sol del verano. El calor la sofocaba. Para enfriarse pidió que encendieran un ventilador a su espalda. Se sentía muy mona con su vestidito azul floreado y mientras se tocaba la cabeza, con el cabello ordenadamente recogido, se preguntaba precisamente por qué había venido tan mona a la cita. Sabía que Juan, según había oído comentar, sólo quería meterse en sus faldas, usando sus propias palabras. Tras una relación larga no necesitaba nada de eso. Sólo sentirse tranquila. Si acaso, volvió a razonar mientras se tocaba la frente, tantearía la posibilidad de que Juan pudiera darle una relación seria, que es lo que buscaba. Por eso y nada más seguía mirando el reloj de su iphone a la espera de Juan.
Esas autopistas de cuatro carriles me crispaban los nervios. Me imaginé cómo sería el cuerpo desnudo de Ana. Pequeño, firme, curvado, femenino. Pasó a continuación por mi mente un destello de Pamela, mi última novia, e hice un esfuerzo consciente por apartarlo. Aceleré bruscamente. Me sequé el sudor del vello del antebrazo y sin apartar la vista de la carretera, pasé revista a mi indumentaria. Camisa de tiras y shorts blancos. Piel bronceada. Me juzgué muy atractivo. Ana no podría resistirse. Tina Turner cantaba en la radio ‘What´s love got to do with it’ y subí el volumen. Eso era, qué tendría que ver el amor con todo aquello, pensé, y volví a imaginar a Ana desnuda, esta vez incluyéndome en la imagen.
Ana, harta de consultar el reloj, miró a los jóvenes jugando al volley-ball en la playa. En un receso del juego, un chico hacía carantoñas a su novia. Ana sonrió. Pidió que apagaran el ventilador y desciñendo el pasador, se soltó el pelo.
Observé con gusto el mar al fondo de la ruta. Lo interpreté como una premonición de liberación y placer y de nuevo fantaseé con la desnudez de Ana.
Tras saludarse amistosamente y beber unas copas, se levantaron a bailar la salsa. Ana estaba contenta. Había olvidado su anterior relación, su necesidad de estar tranquila, incluso la posibilidad de comenzar algo serio con alguien. Sin darse cuenta dejó caer el tirante del vestido a la altura de su hombro.
Aparté un mechón moreno y besé el hombro. Sentí que era fresco y suave.
Ana, acalorada, se abanicó con la mano, sonrió, se soltó de Juan y se retiró.
Temiendo haberme insinuado demasiado pronto, la así nerviosamente por el brazo.
Ana se volvió con expresión sorprendida.
—No te vayas— dije sin pensarlo—. Te quiero.
—Sólo iba al baño— respondió Ana sin saber qué decir, al tiempo que retrocedió dos pasos y pensó que aquel chico había perdido la cabeza por ella. Ciñendo el pasador, se recogió el cabello y se marchó.
—Tú me sientes con la cabeza— grité al tiempo que sentí todo el calor del verano derretirse en mi pecho—. Yo te pienso con la piel— musité mientras Ana se alejaba.
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Esas autopistas de cuatro carriles me crispaban los nervios. Me imaginé cómo sería el cuerpo desnudo de Ana. Pequeño, firme, curvado, femenino. Pasó a continuación por mi mente un destello de Pamela, mi última novia, e hice un esfuerzo consciente por apartarlo. Aceleré bruscamente. Me sequé el sudor del vello del antebrazo y sin apartar la vista de la carretera, pasé revista a mi indumentaria. Camisa de tiras y shorts blancos. Piel bronceada. Me juzgué muy atractivo. Ana no podría resistirse. Tina Turner cantaba en la radio ‘What´s love got to do with it’ y subí el volumen. Eso era, qué tendría que ver el amor con todo aquello, pensé, y volví a imaginar a Ana desnuda, esta vez incluyéndome en la imagen.
Ana, harta de consultar el reloj, miró a los jóvenes jugando al volley-ball en la playa. En un receso del juego, un chico hacía carantoñas a su novia. Ana sonrió. Pidió que apagaran el ventilador y desciñendo el pasador, se soltó el pelo.
Observé con gusto el mar al fondo de la ruta. Lo interpreté como una premonición de liberación y placer y de nuevo fantaseé con la desnudez de Ana.
Tras saludarse amistosamente y beber unas copas, se levantaron a bailar la salsa. Ana estaba contenta. Había olvidado su anterior relación, su necesidad de estar tranquila, incluso la posibilidad de comenzar algo serio con alguien. Sin darse cuenta dejó caer el tirante del vestido a la altura de su hombro.
Aparté un mechón moreno y besé el hombro. Sentí que era fresco y suave.
Ana, acalorada, se abanicó con la mano, sonrió, se soltó de Juan y se retiró.
Temiendo haberme insinuado demasiado pronto, la así nerviosamente por el brazo.
Ana se volvió con expresión sorprendida.
—No te vayas— dije sin pensarlo—. Te quiero.
—Sólo iba al baño— respondió Ana sin saber qué decir, al tiempo que retrocedió dos pasos y pensó que aquel chico había perdido la cabeza por ella. Ciñendo el pasador, se recogió el cabello y se marchó.
—Tú me sientes con la cabeza— grité al tiempo que sentí todo el calor del verano derretirse en mi pecho—. Yo te pienso con la piel— musité mientras Ana se alejaba.
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jueves, 3 de junio de 2010
…des morceaux de vie, pedaços de vida, slices of life, trozos de vida, dei brani di vita…
Un joven cruza la calle subido en su bicicleta. Repara en un agente de tráfico que intenta informar, con bastante torpeza, a un ciudadano francés que estudia un mapa de la ciudad en su iphone. El joven se detiene y baja de la bicicleta. Ofrece su ayuda al hombre francés, visiblemente asaltado por la angustia. Aliviado al oírle hablar en su idioma, explica su problema: tres días atrás la policía le ha tomado por un delincuente, le han puesto las esposas al disponerse a subir a su auto y ha acabado preventivamente en la comisaría.
Este día, ya liberado, pregunta al agente por la ubicación del depósito de vehículos, a dónde pretende ir para recuperar su automóvil.
Una sala de ordenadores. Una joven, acentuada su pronunciación por un ligero deje extranjero, consulta a un hombre la manera de encender una de las máquinas. Se la indica y tras unos minutos, la chica abandona la sala.
El hombre, sentado aún frente al ordenador, se rasca una ceja. Se decide a salir él también. Fuera el día es radiante. Distingue a la chica, se acerca e inicia una pequeña conversación en portugués. Se sientan en un banco, frente a frente. El hombre habla a la chica mientras observa sus senos, clareados y oscurecidos al mismo tiempo por una franja de sombra. Menciona, como casualmente y sin motivo, que Jayne Mansfield tenía unos senos desmesurados. Deliberadamente balancea un poco la cabeza hasta tener una visión más limpia de esa anatomía en claroscuro, se queda en una inestable postura entre acurrucada y torcida, pierde el equilibrio y se cae del banco. Se disculpa aduciendo su falta de dominio de la lengua. La chica lo abofetea, se levanta del banco y se aleja.
Durante una conferencia de prensa en USA, un jugador de basket foráneo es presentado como la nueva adquisición de un equipo norteamericano. A las cuestiones que plantean los periodistas responde con tono seguro y voz firme. Las portadas de los diarios deportivos locales destacarán la impresión de madurez desprendida por el jugador.
Un chico joven, de gafas redondas y con su tonsura (des)vestida por una alopecia aún no extendida, vomita una tempestad erizada de sonidos italianos dirigidos al altavoz de un ordenador portátil. De dicho aparato mana en respuesta una voz de genio de la lámpara. Sostienen una conversación. De ella se desprende que se trata de la madre del chico, discontinuamente llevando y alejando su voz a través de una marejada de olas digitales, sin espuma, crepitando burbujeos numéricos.
Otro joven se aproxima con la disimulada intención de cazar el sentido del estrépito. Arranca furtivamente la huella de una discusión sobre la religión, la movediza extremidad de un ‘la religione é quello que proviamo al nostro interno. Invece, la chiesa é un’istituzione, un radunamento di uomini che organizzano degli affari’.
El cazador de sonidos, pensando que su trampa no ha sido descubierta, pierde sin embargo el hilo de la conversación y dicho hilo no lo recupera ni en sus bolsillos.
El estudiante italiano, reparando que alguien lo acecha, se aleja al tiempo que sigue hablando con el reflejo de la voz de su madre.
Una turista de mediana edad se pasea por las calles de un barrio de origen ubicuo en New York City. Cuenta a sus hijos que tiene sed y les pide que entren a la tienda de comestibles. Quiere conocer el precio de las naranjas expuestas en las cajas del escaparate. ‘One dollar’, les responden con un sonido de lana, como la reverberación lejana de un desconocido código perteneciente a una realidad paralela.
Loca de alegría, aliviada, como si hubiera librado una extenuante batalla contra la humedad que al fin fuera recompensada, disfruta extasiada con sus hijos la agradable nueva de un kilo de naranjas a un dólar.
Sorprendidos y recelosos, entran de nuevo a la tienda para asegurarse de la veracidad de ese precio.
‘Es un dólar la pieza’.
Atónita, se marcha con la intención de aplazar por un tiempo más el alivio de su sed.
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Este día, ya liberado, pregunta al agente por la ubicación del depósito de vehículos, a dónde pretende ir para recuperar su automóvil.
Una sala de ordenadores. Una joven, acentuada su pronunciación por un ligero deje extranjero, consulta a un hombre la manera de encender una de las máquinas. Se la indica y tras unos minutos, la chica abandona la sala.
El hombre, sentado aún frente al ordenador, se rasca una ceja. Se decide a salir él también. Fuera el día es radiante. Distingue a la chica, se acerca e inicia una pequeña conversación en portugués. Se sientan en un banco, frente a frente. El hombre habla a la chica mientras observa sus senos, clareados y oscurecidos al mismo tiempo por una franja de sombra. Menciona, como casualmente y sin motivo, que Jayne Mansfield tenía unos senos desmesurados. Deliberadamente balancea un poco la cabeza hasta tener una visión más limpia de esa anatomía en claroscuro, se queda en una inestable postura entre acurrucada y torcida, pierde el equilibrio y se cae del banco. Se disculpa aduciendo su falta de dominio de la lengua. La chica lo abofetea, se levanta del banco y se aleja.
Durante una conferencia de prensa en USA, un jugador de basket foráneo es presentado como la nueva adquisición de un equipo norteamericano. A las cuestiones que plantean los periodistas responde con tono seguro y voz firme. Las portadas de los diarios deportivos locales destacarán la impresión de madurez desprendida por el jugador.
Un chico joven, de gafas redondas y con su tonsura (des)vestida por una alopecia aún no extendida, vomita una tempestad erizada de sonidos italianos dirigidos al altavoz de un ordenador portátil. De dicho aparato mana en respuesta una voz de genio de la lámpara. Sostienen una conversación. De ella se desprende que se trata de la madre del chico, discontinuamente llevando y alejando su voz a través de una marejada de olas digitales, sin espuma, crepitando burbujeos numéricos.
Otro joven se aproxima con la disimulada intención de cazar el sentido del estrépito. Arranca furtivamente la huella de una discusión sobre la religión, la movediza extremidad de un ‘la religione é quello que proviamo al nostro interno. Invece, la chiesa é un’istituzione, un radunamento di uomini che organizzano degli affari’.
El cazador de sonidos, pensando que su trampa no ha sido descubierta, pierde sin embargo el hilo de la conversación y dicho hilo no lo recupera ni en sus bolsillos.
El estudiante italiano, reparando que alguien lo acecha, se aleja al tiempo que sigue hablando con el reflejo de la voz de su madre.
Una turista de mediana edad se pasea por las calles de un barrio de origen ubicuo en New York City. Cuenta a sus hijos que tiene sed y les pide que entren a la tienda de comestibles. Quiere conocer el precio de las naranjas expuestas en las cajas del escaparate. ‘One dollar’, les responden con un sonido de lana, como la reverberación lejana de un desconocido código perteneciente a una realidad paralela.
Loca de alegría, aliviada, como si hubiera librado una extenuante batalla contra la humedad que al fin fuera recompensada, disfruta extasiada con sus hijos la agradable nueva de un kilo de naranjas a un dólar.
Sorprendidos y recelosos, entran de nuevo a la tienda para asegurarse de la veracidad de ese precio.
‘Es un dólar la pieza’.
Atónita, se marcha con la intención de aplazar por un tiempo más el alivio de su sed.
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miércoles, 2 de junio de 2010
Atmósfera de Miami (Vice)
— ¡Rapido! ¡El profesor Isi espera la carta que he impreso en el iphone!
Los dos hombres saltaron de un brinco ágil y se hundieron en los asientos del descapotable negro. Arrancaron, dejando una marca de neumático quemado sobre el asfalto y el rugido salvaje del motor suspendido en el aire.
— ¡Acelera, vamos! ¡Es vital que la carta llegue al profesor!
— Tranquilízate. Nunca me gustó escatimar el consumo de mi Ferrari.
Buscó entre el desorden de cedés acumulados en la guantera, sacó uno de Guns & Roses, subió al máximo el volumen del lector y aceleró bruscamente.
La americana se mantuvo impecable, con sus rayas y arrugas orgánicamente combinadas con el vuelo ligero del viento.
Los dos hombres, uno blanco, otro negro, fijaban con seguridad el horizonte de la ruta, con una fuerza imperturbable, algo de inefable colgado en la tensión de sus mandíbulas.
Ajenos al paisaje a su alrededor, conducían furiosamente, con una especie de persistencia ciega, primordiales fuerzas físicas en un universo cinético.
El Ferrari, ruidoso y negro, avanzaba convertido en centelleo brillante.
Las aguas de la bahía de Miami, inmóviles bajo las columnas de la vía elevada, adquirían dorados reflejos resplandecientes, fundido su tintineo lívido con el aire abrasado al paso del auto.
Un último acelerón, un brillo final de sol reflejado en las Ray-Bans, la brisa eterna acariciando los cabellos rápidos de los héroes.
¡Whaaaam!!! El Daytona gira sobre sí, dibuja una parábola que hiere mortalmente el tejido del aire y súbitamente se para y queda mudo, flexible, raseado como una pantera en reposo.
El hombre blanco (su ligera chaqueta ondeante y agitada como la primera mar de la tarde) desciende del auto y deposita la carta en el buzón de la acera.
— Dí, Sonny, ¿por qué nos hemos apresurado tanto para entregar este paquete?
— No te hagas ese tipo de preguntas, Ricco. Son demasiado complicadas. La vida de un poli es así. Recibes las órdenes, las ejecutas. Solo te puedo decir que el asunto del salario de los profesores en Florida es de importancia mayúscula.
El deportivo arrancó dejando un gusto a vértigo en el aire.
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Los dos hombres saltaron de un brinco ágil y se hundieron en los asientos del descapotable negro. Arrancaron, dejando una marca de neumático quemado sobre el asfalto y el rugido salvaje del motor suspendido en el aire.
— ¡Acelera, vamos! ¡Es vital que la carta llegue al profesor!
— Tranquilízate. Nunca me gustó escatimar el consumo de mi Ferrari.
Buscó entre el desorden de cedés acumulados en la guantera, sacó uno de Guns & Roses, subió al máximo el volumen del lector y aceleró bruscamente.
La americana se mantuvo impecable, con sus rayas y arrugas orgánicamente combinadas con el vuelo ligero del viento.
Los dos hombres, uno blanco, otro negro, fijaban con seguridad el horizonte de la ruta, con una fuerza imperturbable, algo de inefable colgado en la tensión de sus mandíbulas.
Ajenos al paisaje a su alrededor, conducían furiosamente, con una especie de persistencia ciega, primordiales fuerzas físicas en un universo cinético.
El Ferrari, ruidoso y negro, avanzaba convertido en centelleo brillante.
Las aguas de la bahía de Miami, inmóviles bajo las columnas de la vía elevada, adquirían dorados reflejos resplandecientes, fundido su tintineo lívido con el aire abrasado al paso del auto.
Un último acelerón, un brillo final de sol reflejado en las Ray-Bans, la brisa eterna acariciando los cabellos rápidos de los héroes.
¡Whaaaam!!! El Daytona gira sobre sí, dibuja una parábola que hiere mortalmente el tejido del aire y súbitamente se para y queda mudo, flexible, raseado como una pantera en reposo.
El hombre blanco (su ligera chaqueta ondeante y agitada como la primera mar de la tarde) desciende del auto y deposita la carta en el buzón de la acera.
— Dí, Sonny, ¿por qué nos hemos apresurado tanto para entregar este paquete?
— No te hagas ese tipo de preguntas, Ricco. Son demasiado complicadas. La vida de un poli es así. Recibes las órdenes, las ejecutas. Solo te puedo decir que el asunto del salario de los profesores en Florida es de importancia mayúscula.
El deportivo arrancó dejando un gusto a vértigo en el aire.
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miércoles, 12 de mayo de 2010
Arte útil
Museo de Arte Moderno de la ciudad de Nueva York. Una sala espaciosa, de absoluto blanco, con cuatro pilares y una franja de luz filtrándose por la cristalera del techo. La sala, casi vacía, transmite una sensación primordial, desnuda. Parecida a la que origina la presencia de dos actores —hombre y mujer— completamente desnudos, de pie e inmóviles en el centro de la sala, bajo una limpísima luz solar. Es la exposición ‘Great Nudity’ del MoMa.
Un viejecito, vestido con sencillez y con andares pesados e inseguros, se acerca a la pareja de actores. Se dirige al hombre. Roza la cabeza de nácar de su bastón contra la nalga del actor y susurra:
—Gracias. No sabes cuánto tiempo hacía que no sentía el tacto duro de la carne humana.
Se aleja, tal como ha venido, con su paso inseguro, un poco más ligero, más alegre quizás.
Los demás asistentes a la exposición van y vienen por la sala, leyendo las interpretaciones de la obra impresas, en negro sobre blanco, en las paredes. Describen círculos, retroceden, pululan laboriosamente como hormiguitas que a la postre convergen invariablemente hasta su particular hormiguero: el centro de la representación, la alegórica primera pareja humana.
—Las acciones del sector del automóvil están muy volátiles con la crisis—. Un hombre de cabello fino y facciones aristocráticamente angulosas, vestido con el traje, chaleco y la raya diplomática del banquero de inversión de Wall Street, aconseja al que parece ser un cliente. Se fija de soslayo en el desnudo frontal del hombre.
>> O puedes comprar acciones de Durex. Creo que estaban subiendo dos enteros—. El cliente asiente casi con una reverencia, totalmente atento a las recomendaciones.
>> Y si no Apple. La nueva aplicación de smart-phones, ésta misma —le muestra un iphone con parpadeantes cifras y gráficas de cotizaciones— permite seguir la marcha de los mercados en tiempo real. Va a ser la bomba. Pero vayámonos para llegar antes del cierre—. El banquero parte hacia la salida con paso decidido y el inversor le sigue presto, imitando su forma de andar.
Dos chicos de unos quince años, de uniforme y de piel fina, entran a la sala y sin más preámbulos se dirigen al cuadrado de sol que realza a la pareja.
—¿Qué haces, punk?— pregunta un chico a aquel que justo ha retratado con su móvil el sexo de la actriz.
—Se llama lomografía. Es sacar una foto accidental, normalmente a la altura de la cintura—. Habla lentamente, con pretendida sabiduría, como si estuviera impartiendo una clase magistral—. No se busca la brillantez técnica, solo captar el momento. Lo-mo-gra-fí-a. ¿Entiendes?
—Pues tú has captado lo que es lomo y lo que no es lomo.
—Vamos a Times Square— responde sin hacer caso—. La MTV presenta el último álbum de ‘Maroon 5’.
Los dos chicos salen rápidamente de la sala y se cruzan, sin darle importancia alguna, con Woody Allen y Soon-Yi.
—Woody (rápidamente y entrecortado): nuestra relación es, olvídate de lo que diga el ‘Post’. No, no deberías leer ese panfleto—. Se interrumpe y observa a la pareja de actores—. ¡Qué extraño! Esa mezcla de elementos: solos la luz solar y la primera pareja de la creación. Parece una singularidad cosmológica, un,… un ‘big bang’ de la existencia humana.
—Soon Yi: No te entiendo, Allen.
—Woody (mueve la cabeza, como para olvidar su digresión y retomar su primer razonamiento): Te decía que desde el punto de vista ontológico, la alteridad es. ¿Te acuerdas de Parménides?
—Soon Yi: No (responde con los ojos como platos, perdiendo parte de su orientalidad).
—Woody: El ente… uno, eterno e inmutable, ¿lo ves ahora?
—Soon Yi (observa a los actores mientras habla): Pero el miembro de ese señor es mutable, ¿no?
—Woody: Porque eso no es ente, es cosa.
—Soon Yi: Ah.
—Woody: Vamos al Odeon. Creo que dan una de Bergman.
Ambos salen, al tiempo que una pareja de japoneses, bajando reverencialmente las cabezas, les sonríe.
—Mujer japonesa: ¿No era ésa Soon-Yi? ¿La que se casó siendo menor?
—Hombre japonés: Sí,… coreana tenía que ser.
—Mujer japonesa (mira al actor): Fíjate en ese caballero con aspecto de Samurai. Lo más parecido a él en ti es el objetivo de tu Nikon.
—Hombre japonés: Sí, cariño (con la cabeza gacha retrae el objetivo de su cámara).
Otra pareja de actores desnudos cruza la sala hasta el cuadrado iluminado por el sol. Intercambian unas sonrisas amistosas con la primera pareja de actores. Estos se despiden y se alejan de la cuadrada escena. Desnudos como están, se mezclan entre los demás asistentes. Se paran frente a una pared y leen sobre ella algunas de las explicaciones del autor de la performance.
—Mujer: ¿Quieres creer que esta sesión me ha ayudado?
—Hombre: ¿Cómo?
—Mujer: Cuando actúo en el teatro, pienso que solo me miran a mí y me siento aterrada. Hoy he percibido claramente que ni se fijaban en nosotros.
—Hombre: Ése es el propósito sublimador del arte. Hacerte ser tú misma, sin miedos, solo tú y ahora. Tú misma, tu esencia desnuda de ser racional, con pensamientos racionales y productivos.
Fin
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Un viejecito, vestido con sencillez y con andares pesados e inseguros, se acerca a la pareja de actores. Se dirige al hombre. Roza la cabeza de nácar de su bastón contra la nalga del actor y susurra:
—Gracias. No sabes cuánto tiempo hacía que no sentía el tacto duro de la carne humana.
Se aleja, tal como ha venido, con su paso inseguro, un poco más ligero, más alegre quizás.
Los demás asistentes a la exposición van y vienen por la sala, leyendo las interpretaciones de la obra impresas, en negro sobre blanco, en las paredes. Describen círculos, retroceden, pululan laboriosamente como hormiguitas que a la postre convergen invariablemente hasta su particular hormiguero: el centro de la representación, la alegórica primera pareja humana.
—Las acciones del sector del automóvil están muy volátiles con la crisis—. Un hombre de cabello fino y facciones aristocráticamente angulosas, vestido con el traje, chaleco y la raya diplomática del banquero de inversión de Wall Street, aconseja al que parece ser un cliente. Se fija de soslayo en el desnudo frontal del hombre.
>> O puedes comprar acciones de Durex. Creo que estaban subiendo dos enteros—. El cliente asiente casi con una reverencia, totalmente atento a las recomendaciones.
>> Y si no Apple. La nueva aplicación de smart-phones, ésta misma —le muestra un iphone con parpadeantes cifras y gráficas de cotizaciones— permite seguir la marcha de los mercados en tiempo real. Va a ser la bomba. Pero vayámonos para llegar antes del cierre—. El banquero parte hacia la salida con paso decidido y el inversor le sigue presto, imitando su forma de andar.
Dos chicos de unos quince años, de uniforme y de piel fina, entran a la sala y sin más preámbulos se dirigen al cuadrado de sol que realza a la pareja.
—¿Qué haces, punk?— pregunta un chico a aquel que justo ha retratado con su móvil el sexo de la actriz.
—Se llama lomografía. Es sacar una foto accidental, normalmente a la altura de la cintura—. Habla lentamente, con pretendida sabiduría, como si estuviera impartiendo una clase magistral—. No se busca la brillantez técnica, solo captar el momento. Lo-mo-gra-fí-a. ¿Entiendes?
—Pues tú has captado lo que es lomo y lo que no es lomo.
—Vamos a Times Square— responde sin hacer caso—. La MTV presenta el último álbum de ‘Maroon 5’.
Los dos chicos salen rápidamente de la sala y se cruzan, sin darle importancia alguna, con Woody Allen y Soon-Yi.
—Woody (rápidamente y entrecortado): nuestra relación es, olvídate de lo que diga el ‘Post’. No, no deberías leer ese panfleto—. Se interrumpe y observa a la pareja de actores—. ¡Qué extraño! Esa mezcla de elementos: solos la luz solar y la primera pareja de la creación. Parece una singularidad cosmológica, un,… un ‘big bang’ de la existencia humana.
—Soon Yi: No te entiendo, Allen.
—Woody (mueve la cabeza, como para olvidar su digresión y retomar su primer razonamiento): Te decía que desde el punto de vista ontológico, la alteridad es. ¿Te acuerdas de Parménides?
—Soon Yi: No (responde con los ojos como platos, perdiendo parte de su orientalidad).
—Woody: El ente… uno, eterno e inmutable, ¿lo ves ahora?
—Soon Yi (observa a los actores mientras habla): Pero el miembro de ese señor es mutable, ¿no?
—Woody: Porque eso no es ente, es cosa.
—Soon Yi: Ah.
—Woody: Vamos al Odeon. Creo que dan una de Bergman.
Ambos salen, al tiempo que una pareja de japoneses, bajando reverencialmente las cabezas, les sonríe.
—Mujer japonesa: ¿No era ésa Soon-Yi? ¿La que se casó siendo menor?
—Hombre japonés: Sí,… coreana tenía que ser.
—Mujer japonesa (mira al actor): Fíjate en ese caballero con aspecto de Samurai. Lo más parecido a él en ti es el objetivo de tu Nikon.
—Hombre japonés: Sí, cariño (con la cabeza gacha retrae el objetivo de su cámara).
Otra pareja de actores desnudos cruza la sala hasta el cuadrado iluminado por el sol. Intercambian unas sonrisas amistosas con la primera pareja de actores. Estos se despiden y se alejan de la cuadrada escena. Desnudos como están, se mezclan entre los demás asistentes. Se paran frente a una pared y leen sobre ella algunas de las explicaciones del autor de la performance.
—Mujer: ¿Quieres creer que esta sesión me ha ayudado?
—Hombre: ¿Cómo?
—Mujer: Cuando actúo en el teatro, pienso que solo me miran a mí y me siento aterrada. Hoy he percibido claramente que ni se fijaban en nosotros.
—Hombre: Ése es el propósito sublimador del arte. Hacerte ser tú misma, sin miedos, solo tú y ahora. Tú misma, tu esencia desnuda de ser racional, con pensamientos racionales y productivos.
Fin
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largavidaaliphone
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