viernes, 6 de julio de 2012

Maneras de vivir

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Paseíllo
Es una soleada tarde de Domingo. Verónica recibe la alternativa. Orgullosa, piensa que todos estos años entrenando junto a su padre han merecido la pena. Pequeños cabestros primero, un poquito más grande después, luego vaquillas, por fin un toro. Ya era hora, no pensaba que eso de las mariposas en el estómago en la lidia de su primer toro era tan cierto. Vistalegre está preciosa. Verónica se felicita de lo bien que ha cambiado el mundo del toro en el trato a las mujeres. En los tiempos de mocedad de su ama habría sido impensable que cogiera la alternativa una mujer. Hoy, bajo el sol entregado de Bilbao, Verónica se da cuenta que, en los domingos en que no hay partido del Athletic, el botxo es una ciudad tan torera como cualquiera y se felicita de formar parte de una fiesta tan bonita en una ciudad tan festiva y animada. Le sigue su cuadrilla y el personal de la plaza de toros. Camina erguida, imponente y su sonrisa refleja la confianza de que el respetable va a presenciar una corrida de alternativa memorable. Se emborracha de éxito bajo los aplausos de los entendidos. Patxi, el banderillero, le dice ‘ánimo, maestro, la platea está con usted’.
Estos nervios la van a matar. No está aún metida en la corrida. Pensaba que iba a estar concentrada como todas las tardes de entreno con su aita Fernando. La mira desde el asiento a la izquierda del presidente. Verónica fija la mirada en Fernando y éste mantiene los ojos firmes en su capote. Su hija interpreta lo que tantas veces le ha enseñado Fernando. Que se concentre en el capote y en el toro. No hay nada más en este mundo. De mientras, el picador ha entrado en acción. Gorka es casi capaz de leer su mente, si es que la conoce desde pequeña. La ha notado nerviosa y ha entrado en acción con la lidia a caballo. Gorka lidiará los minutos suficientes para que vuelva a concentrarse en la corrida y dar un quite a los nervios. Verónica se siente feliz de tener unos compañeros buenos, que la ayudan en todo momento. Con la vara enarbolada como Don Quijote, Gorka se va dirigiendo al toro. La monta, tranquila. Es todo un veterano. Espolea suavemente a Rocinante –Gorka lo nombró así porque siempre fue un cervantino antiguo, un amante de los toros, de Bilbo, de Unamuno y de Elvis. Del Athletic y de su cantera. Como Dios manda. Por eso incita al toro con arrojo y calma celestial.- y éste, guiado por las riendas, gambetea con sus fuertes patas, como un Fernando Llorente equino aguantando el balón ante una miríada de defensas. Va a embestir, luego confunde al toro y se tuerce para la derecha. Para en seco, echa para atrás, cambia de nuevo de dirección y el toro, confuso, recibe un puyazo en el morrillo. Salta hacia arriba con la fuerza del mejor toro bravo y no se arredra ante la vara que le acaba de herir en el lomo. Parece el toro que embiste en el logo de los autos Lamborghini, piensa Verónica. Es un toro bravo y noble, no cabe duda, como los que oyó alabar en tantas tardes de tertulia taurina en el club, entre el aitite Manuel, su aita y la cuadrilla de amigos. Verónica se siente cada vez más inmersa en la corrida. No se acuerda de qué son los nervios y lo mejor es que se ha reconectado a la dinámica del toreo sin esfuerzos premeditados. Simplemente dejándose llevar por la belleza de la corrida, como en las tardes de primavera con el aitite en Vistalegre o con Fernando en la tele –cuando aún echaban toros- tras jugar con los cabestros. Ya de pequeña amaba el embrujo que sentía ante una buena corrida que le hacía dejar el mundo del día a día y volar al mundo del arte, como un juego de niños.
‘¡Gorka!’ grita al tío la vara, como le llama a veces cariñosamente. El picador, que acaba de terminar la faena, deja a un lado los aplausos y la música de banda que lo agasajan como a un victorioso general romano en el desfile. Mira a Verónica y con ojos determinados y semblante digno, como un Alejandro Magno bilbaíno, entiende que Verónica ha entrado en su zona. La zona en la que el embrujo del toro la posee. Es la hora del show, como decía Elvis. Tercio de quites. Hacía mucho que no salía un sábado a la noche. No es fácil estudiar, tener diecisiete años, querer sacar la media para entrar en medicina, prepararse para enfrentarse con valor y temple a un toro y tener tiempo para buscar novio. Menos mal que las amigas las tiene desde pequeña y siempre estarán con ella, les dedique más o menos tiempo. Piensa que la tratan como a una abeja reina desde que saben que va a coger la alternativa en el mismísimo Vistalegre. Todas de rojo y blanco, bellas y atractivas. Blanco, como el color de la pureza. Rojo, como el color de la sangre que nos da la vida, como el color del drama o de la gloria. Como el color de la derrota o de la victoria. Se sienten como un gigantesco capote con labios rosas y curvas atrayentes como el vuelo del paño.  Verónica se acerca a la barra, orgullosa, erguida, bañada de una luz especial. Sus amigas la siguen. Sólo le falta que la lleven a la sillita de la reina para sentirse como una monarca en su corte. ¿Pero dónde está mi rey? –se pregunta.
Un chico se le acoda frente a la barra. ‘Un Carlos III’ para la señorita, pide al barman Tomás.
‘¡Tomás! ¡Qué sorpresa! Pero, ¿qué haces aquí? Te creía estudiando sociología en Barcelona’ se sorprende, gratamente, Verónica.
‘He vuelto por Semana Santa al botxo’ dice Tomás con cierto distanciamiento.
Siempre has sido un chulito, piensa Verónica, pero estás más bueno que las kokotxas en salsa verde. Esta noche serás mío. Show time. Sonríe femeninamente a su toro.
Tercio de quites.
Lo va a recibir como se merece. Porque es un animal bravo, fuerte como una tempestad, digno como un emperador, noble como un nueve del Athletic.
‘Verónica, haz honor a tu nombre’ grita su padre desde el graderío. Vistalegre ríe y la charanga se pone a cien por hora. Es hora de que el Lamborghini saque toda su fuerza.
Verónica adelanta el pie izquierdo. Sostiene el capote con ambas manos. Incita al animal. ¡Ehe! Lambo –ella ha decidido llamarlo así aunque no conozca su nombre- embiste con bravura bajo el capote y Verónica dirige el escape del astado hacia el lado derecho. Vuelve a adelantar el pie, a sostener el capote con ambas manos, a ofrecerse al animar, a esperar a que embista, a sacar brillo a su lomo negro y sol. Una vez, otra, otra, giros, vueltas, el sol arrancando brillos en círculo al toro como una escultura cinética. Y gira, y gira, y embiste, y salta bajo el capote y éste vuela y Verónica se siente inmersa, embriagada, embrujada y encantada bajo el océano del toro. Dios, qué feliz es. El respetable aplaude la serie de verónicas como si no hubiere mañana. Verónica siente una poderoso onda de respeto, mucho más grande que ella, en torno a sí. Mira a su padre, a Gorka, a Patxi, al alcalde Azkuna de Bilbao, a su apoderado, al público en general. Están atentos, dignos, nobles. Porque el público del toreo es así. Verónica se siente orgullosa de ser quién es, de ser una artista y de tener enfrente a un animal maravilloso que se lo permite: Lambo.  ‘¿Pero no era que no me ibas a dirigir ya la palabra mientras viviera?
‘Soy un sociólogo en ciernes y ya no hago juicios de valor así como así, sin pensar. A la torera’.
‘Ja, ja. Qué gracioso eres. Buen embiste’ ríe a gusto Verónica.
‘¿Y qué tal va tu respeto a la vida del toro, tu denuncia a sus valores autoritarios y de muerte, su apego al mercadeo de la sangre del animal, etecé, etecé? ¿No era así como me lo dijiste la vez que me dejaste plantada en Santutxu?
‘Vamos, tú. Ahora soy casi sociólogo, te repito. Y vivo en Barcelona y las catalanas son más tacañas para darse que un toro con los pitones cortados. Estoy muy caliente, vamos’.
‘¿Así que quieres montar potra de nácar, torito?’
‘Sí. Por favor. Como hacíamos antes’.
Verónica abre la bragueta de Tomás. Saca su miembro del slip. Lo nota duro y recio como un asta. Lo acaricia y le dice ‘Vamos al baño’.
‘Entra tú primero’ le dice frente a la puerta del w.c.
‘Está bien’ responde Tomás con gesto de extrañeza y a la vez de contentillo embriago alcohólico. 
Verónica cierra el pestillo de la puerta por fuera.
‘Tendrás que aguantarte con el Correbou ése o como se llame’.
Serie de Verónicas, piensa.
Banderillas y tercio de muerte.
Patxi ha clavado con arte y prestancia ya su juego de banderillas. Verónica se recuerda de cuando su padre se quedó prendido de él en aquella feria de recortadores en Estella. Ya entonces era prudente y a la par atrevido, justo y económico en el esfuerzo y a la vez exuberante, sabio y ortodoxo al esquivar los ataques del toro y al mismo tiempo creativo, fuerte de piernas como un levantador de halteras y a la vez flexible y fino como un junco.
Mientras aplauden a Patxi, éste la mira emocionada. Le recuerda a la vez que su padre lo llevó por vez primera en la cuadrilla y no le defraudó. Ella tendría unos cinco años y miraba el espectáculo con el entendimiento y la entereza de una persona mayor. El tendría unos veinte años y se rompía en llantos de emoción. Ahora Patxi la mira como entonces, a punto de quebrarse por el gozo –no lo hace, como el junco- y la exhorta: ‘A matar, maestro’.
Aunque Verónica es diestra, sabe usa ambas manos y por eso hoy se corona Diestra. Coge la muleta con la zurda, espera compuesta el embiste de Lambo, se gira a su embiste y estira el brazo. Mueve apenas los pies. Está toreando en una baldosa, como dicen los entendidos. Repite tres naturales más y Lambo la mira a los ojos, como le ocurría al maestro Antoñete. Verónica lo interpreta como un gesto de admiración por parte del animal –‘Me vas venciendo por el momento, con arte y aplomo…’ y un guiño de complicidad entre dos que conocen su oficio, aunque desde lados opuestos ‘…pero venderé cara mi vida y lucharé hasta el final como un guerrero noble’.
Dicho y hecho. Tras el último natural, el toro, bravío, prosigue el ataque. Verónica responde a la cita y con la mano hacia adelante y la terminación a la altura del pecho, provoca que Lambo levante la cabeza.
‘Fuerza, Maestro. Eso es un pase de pecho’ gritan su padre y el alcalde Azkuna al unísono.
Lambo parece un poco más cansado ya, como Elvis en sus últimos años, piensa Verónica. No merece ridiculizarlo. Lo va a llevar bien. Tiene que llegar a su desenlace con honor. Verónica mira a Lambo. Éste se la sostiene. Verónica agarra la muleta con las dos manos y se pasa la izquierda tras la espalda. Lambo acude al quite y pasa valeroso y limpio bajo el capote. Verónica no se ha movido. Manolete aplaude en espíritu y Vistalegre se acuerda del gran maestro con cariño.
Verónica sabía que Lambo no iba a decaer, aunque estuviera cansado. Porque un gran guerrero no sabe de excusas y por eso nunca se rinde. Como el Athletic, piensa Verónica. Que se lo digan a los del Manchester. ‘No me dejes a pavo, por favor. Desde octubre que no mojo. Las catalanas son más tiesas que el bacalao sin desalar como no les hables en catalán. Va para siete meses. Por lo que más quieres. Soy un macho joven. No puedo seguir así. ¿No puedes olvidar nuestras diferencias?’.
Verónica abre la puerta. La cierra tras de sí con otro pestillo interior. Se rompe el vestido rojiblanco y deja asomar sus pechos como cuernos por el escote. Saca el sexo de Tomas. ‘Espera. ¿No usamos protección?’ ‘No. Somos animales nosotros también. Hagámoslo natural’ responde Verónica. Agarra el sexo, lo chupa, siente sus venas irrigadas y la firmeza del miembro. Se baja las bragas. Lo encamina hacia su vulva asido aún por la mano. Tomás cierre los ojos, totalmente entregado. ‘Espera. Te voy a hacer la mamada del siglo’ susurra. Unta su punta con saliva, capta su forma y la amolda la anatomía de su boca y sus labios, le pega unos pequeños mordisquitos. ‘Ah, ah, no pares’ grita Tomás sobre la música house de la discoteca. Sigue besando la parte del tallo del miembro. Aparta la boca y empieza a frotarlo con la mano derecha, arriba y abajo, arriba y abajo, casi fricción y humo. ‘No pares, Verónica, no pareess. Te amo’. Tomás esparce su semen en la cara de Verónica. Esta lo traga y lo saborea con delicadeza y tiempo, como si fuera un caldo de Rioja.
‘Aún te queda mucho para cubrir a una hembra de verdad, ternero. Yo necesito a alguien bravo de verdad, que cumpla hasta el final.
Tomás se queda derrumbado sobre la taza del w.c. Verónica se recompone el vestido con un clip y sale del cuarto.  
Tú sí que has estado a la altura, piensa. ‘La espada, Patxi’. Se vuelven a mirar a los ojos. El espíritu del león, de Pattón, de Hércules, Alejandro Magno y Fernando Llorente se arremolina en la mirada de Lambo. Verónica se tira con fuerza hacia el animal, con la misma furia heroica de Bruce Lee pateando en vuelo a Chuck Norris en las arenas del Coliseo romano. Clava el estoque justo en la aorta y evita el último estertor de bravura del toro, que sacude en vano su cornamenta. Ha muerto un gladiador. Otra sigue en pie. Los dos se han ganado un sitio en el panteón de la gloria torera. Aunque eso tendrán que decirlo los entendidos, reflexiona humilde Verónica. Pero los libros dan igual. Porque Vistalegre se deshace en rosas rojas y pañuelos blancos. Los mansos se llevan al toro heroico. El hombre Tomás, nunca Centauro, sale del baño llevando su vergüenza a cuestas arrimada a las axilas de sus amigos. Verónica, en cambio, sale a hombros por la puerta grande de Vistalegre. Verónica piensa en lo que le está ocurriendo y en el episodio con Tomás. Son maneras distintas de vivir, piensa para sí. Levanta los brazos asiendo las dos orejas y el rabo y sonríe a la cuadrilla y al aita. 

Aquel viernes

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Aquel viernes, a la salida del trabajo, los compañeros invitaron a cervezas. Les dije que lo lamentaba y que no podía acudir con ellos. Volví a entrar a la empresa, me acerqué a mi asiento y la saqué del cajón. Como había luz en el despacho del jefe, entré a despedirme. Tras saludarle, le descerrajaría dos tiros en la sien.

 He acabado los informes de previsión de coste y beneficio para los productos X e Y. He dado muchos pasos para ello: antes de que cerraran Wall Street, he llamado a New York. Me han dado la cotización al cierre de Z, la materia que empleamos en un 60% para producir X, y en un 80% para producir Y.

Después de New York, he hablado con Brasilia. Videoconferencia con el ministerio de agricultura de Brasil. Media hora de espera y la secretaria del viceministro me ha asegurado que podemos seguir explotando madera en el Mato Grosso. He respirado aliviado. La madera es fundamental en el acabado de X.

Entonces me he dirigido a la mesa de Rodrigo. Teníamos que visitar a un cliente. Rodrigo está a prueba, igual que yo. Nos llaman el dúo dinámico porque trabajamos más que nadie en la empresa. Si ello nos facilita que nos hagan fijos, los sábados de trabajo habrán merecido. Nos hemos montado en su Ibiza. Aún no nos han dado coche de empresa.

Tras una hora de autopista llegamos a la empresa W. W es nuestro principal cliente de Y. El objeto de la visita ha sido intentar que también compre X, aunque sea por la mitad del volumen de ventas de Y.

Ello es fundamental para que nuestra empresa se asegure un resultado positivo al cierre del segundo semestre de este 2012. Nos hemos reunido con el director de compras de W durante una hora. Hemos argumentado las ventajas para W de comprarnos X, razonado cómo reducirán sus costos de procesos, ofrecido pagos a 90 y 180 días, preguntado por su familia –siempre es bueno rebajar tensión en una entrevista de ventas- y, al minuto 57, hemos conseguido su compromiso verbal. Aumentará un 10% los pedidos de Y este año y nos comprará la mitad de esa cantidad en X. Objetivo conseguido. Siempre, nos ha dicho, que a cada compra conjunta de ambos productos le hagamos un rappel del 20%.

Tras excusarnos con el director de compras, hemos salido al pasillo durante diez minutos bajo la excusa de pensar su proposición. El acuerdo es genial para nosotros pero no lo podíamos reconocer frente al cliente. Si le hacemos esperar para dar el sí, piensa que nos hemos tenido que sacrificar para aceptar su propuesta y que le hacemos prácticamente un favor.

Psicología. De este modo, tras pasar los diez minutos, hemos aceptado.

De nuevo en la empresa, he acabado el informe de previsión de coste y beneficio para X e Y. Costes de materias en New York y de explotación de madera en Mato Grosso. Previsión de ventas de X e Y.

Llevo el informe al jefe. Los compañeros me han invitado a cervezas pero no puedo ir. Beneficio previsto para el cierre del año. De esta, a Rodrigo y a mí nos hacen fijos. Entro al despacho del jefe.

 - Cierre la puerta, Tomás. Siéntese y firme el finiquito.­­- Lo miro incrédulo.

-¿Cómo? ¿No está contento con mi trabajo?

- Sí, pero recuerde que su contrato es de duración determinada. No me diga que no se lo avisaron en Personal.

He vuelto a despedirme. Tras saludarle, le he descerrajado dos tiros en la sien y el sol me ha despertado.

Me he incorporado sobre la almohada. He vuelto a maldecirme una mañana más porque, si hubiera tenido valor para hacerlo, al menos en la cárcel me habrían dado algún beneficio social. Reducción de pena por trabajo voluntario… no sé. Pero en casa, aburrido, ni siquiera recibo paro. Con tanto recorte…

Tocando cerveza

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‘Minuto 31. Torres corre por la banda. Se deshace por velocidad de Philipp Lahm. Jens Lehmann sale a su encuentro. Torres levanta el esférico, éste supera en arco al portero y se dirige al palo contrario… ¡Gol! España gana uno a cero en Viena. Estamos más cerca de sostener la Eurocopa 2008, amigos radiooyentes. ¡Gool!’
Torres se ha deslizado de rodillas por el cesped, como una pantera, y celebra el tanto con los compañeros de selección.
—¡Bien! —grita Miguel. Salta junto a la hinchada de España, canta, corea cánticos, ondea una bufanda, se abraza a sus vecinos de grada. Parece un aficionado español más celebrando la victoria momentánea de su equipo. Pero no lo es. Miguel se alegra por la selección de España, sí. Pero aún más porque, si gana España, ello le salvará el cuello ante sus prestamistas.
—Mecagüen diez, chatines —Miguel es asturiano. —De ésta me salvo. Seis mil euros bien apostados me van a sacar del atolladero  —piensa Miguel.
—¿Te acuerdas de nosotros, Miguel? ¿Pensabas que huyendo de Gijón no te íbamos a encontrar? Si medio mundo está viendo este partido por televisión. Sólo a ti se te ocurriría esconderte en la final de la Eurocopa.
—Vamos, chatines, no os pongáis agresivos. No es lo que decís. Si es que soy más fan de la selección que Manolo el del bombo. El Sporting no es nada para mí comparado con la selección. Juega la selección, donde sea, que dejo lo que esté haciendo, agarro un avión y allí me presento. Os lo juro, muchachos…
—Hablas demasiado. Siempre fue tu defecto, Miguel. Y haces poco. Páganos los cien mil euros o empieza a jurar.
Los demás hinchas de la selección se han apartado de los cobradores y prosiguen sus bailes. Los cobradores rodean ya a Miguel. Son dos tipos de aspecto curioso. Uno es muy alto y fuerte y ronda los cincuenta años. Con la nariz rota del boxeador y pelambrera engominada del mismo color que el alquitrán aceitoso, choca verle su impecable vestimenta de banquero. Americana, cobarta y chaleco de corte excelente. Solo que los banqueros en junta de accionistas no suelen hablar como él:
—Paga o te saco los dientes uno a uno delante de toda esta gente —amenaza el gigante. A su lado está un tipo más bien pequeño. Aún no ha abierto la boca. Tiene todo el aspecto de un contable recien salido de la universidad. Camisa de rayas, pantalón informal pero de marca, gafas redondas, inicio temprano de calvicie y barriguita que empieza a apreciarse bajo la camisa. No llega a los treinta. A pesar de su juventud y su aspecto inofensivo, un solo gesto de su mano es capaz de parar las ansias homicidas del matón. Así lo hace cuando el matón, que ya agarraba del pecho a Miguel, como si tuviera dos solapas, estaba a punto de romperle su  camiseta de imitación de España.
—No nos debes cien mil euros —dice el contable. Habla relajadamente y se mesa los cuatro pelos que le quedan en las entradas. Miguel suelta un suspiro de alivio. Sonríe.
—Ya sabía, Borja, que tú eres un señor. Un hombre serio. Un tipo con el que se puede hacer negocios, fiable, sensato, estudioso…
El otro acerca su enorme cara a Miguel. Parece una mezcla de orangután resoplando aire por la nariz y de hombre de las cavernas con furia siciliana inyectada en los ojos. A pesar de que el contable lo ha desacreditado al negar que Miguel les debiera los cien mil euros, no ha abierto la boca ni se le ha movido una gota de aceite del cabello. Parece que sólo habla cuando tiene que amenazar. Es posible que si tiene que hablar por segunda vez, sus puños lleven todo el peso de la conversación.
—Nos debes ciento cincuenta mil —corrige Borja. —Interés del cincuenta por ciento mensual, ¿recuerdas?
Miguel traga saliva y su rostro enmudece más que la tez de Iniesta en el terreno de juego. Miguel mira implorante al matón, esperando que sea una broma y pueda corregir a su jefe. Pero el matón ensaya una mueca de orangután sonriente y no consigue dejar de dar miedo. Seguramente tiene poca práctica de sonreir. Se escupe las palmas de las manos. Se las frota. Levanta el brazo derecho y cierra el puño y parece Mohammed Ali a punto de tombar a George Foreman en ‘Rumble in the Jungle’.
‘Fue bonito mientras duró’ —piensa Miguel. —Es curioso. Creía que cuando ocurrían estas cosas, te daba tiempo a encomendarte a los santos. Pero ocurren demasiado rápido. Voy a recrearme en el juego de la selección. Si he de morir, que sea viendo arte’.
¡Pum! El gigante ha cambiado de opinión y en lugar de asestarle un golpe de muerte, hace sonar una potentísima bocina junto al oído de Miguel. Casi le revienta el tímpano. Miguel se marea, a punto de caerse de bruces entre sus captores y los hinchas, pensando morir sobre el cemento del graderío del Ernst Happel de Viena. Apenas puede oír. Medio caído ya, entre la multitud de piernas de los aficionados, atisba una rendijita del terreno de juego. Ve a alguien con carita de niño malnutrido, bajito, levitando con el balón pegado a sus pies, blanquecino.
‘Oigo murmullos lejanos de flauta. Veo la sombra de un enanito bondadoso y angelical, blanquito él. Estoy en el cielo. Me han matado. Estoy en el cielo. Ay, qué tranquilito se está’.
El matón agarra del pecho a Miguel, como si tuviera dos solapas, y esta vez sí que desgarra su camiseta de imitación de España. Lo alza y lo pone frente a frente al contable Borja. Se ha quitado las gafas y trata de imitar la cara de orangután malo de su matón. Tampoco a él le sale. Quizá Borja tenga falta de costumbre en lo de intimidar.
—Te has salvado por la jefa —susurra Borja, copiando la voz amenazante y suave de Clint Eastwood. Tampoco le resulta bien. En realidad, ha parecido un lloriqueo. Quizá Borja sí tenga costumbre de lloriquear. O igual gimotee porque está enamorado secretamente de su jefa y no le hace caso. Pero nada de eso le importa a Miguel. Alucinado aún por el bocinazo, piensa que le acaba de salvar el arcángel San Gabriel. Los hinchas rugen con más pasión que nunca. El árbitro pita el medio tiempo. Miguel cree que son cantos celestiales punteados por una deliciosa flauta. En el terreno, camino a los vestuarios, Iniesta habla con Torres. Miguel levanta la mano hacia Iniesta, —quien, por supuesto, no lo ve— y le sonríe tontamente porque el jugador le suena familiar. Una mujer de belleza de escultura griega se aproxima a Miguel, todavía medio desvanecido. Sonríe a Miguel con unos dientes perfectos. ‘Es la virgen’ piensa Miguel y se desmaya del todo.

—Otra de San Miguel, bien fresquita. —Miguel saca la cerveza de una heladera portatil, comprada al descanso en el bar del Ernst Happel. Guiña el ojo a la mujer. —Y es que hace nada creía que me habían matado, estaba en el cielo e incluso me pontificaban.
—Miguel y la mujer ríen con ganas. Se diría que tras conocerse en esta situación tan particular, se han hecho los mejores amigos. Borja los mira fijamente. Tiene los ojos enrojecidos y húmedos, como si estuviera a punto de llorar. Para que no lo vea lloroso, da un tiempo libre al matón. Éste aprovecha a mirar el juego con cara de orangután sorprendido, viendo los muñecos moverse. Ya es el segundo tiempo. Los hinchas españoles siguen animando como si la vida les fuera en ello. Miguel ya se ha olvidado de que a él sí le iba la iba la vida en ello hasta hace nada. Anima y canta al unísono con la mujer de belleza de escultura griega, de Fidias además. Mientras, España, como hasta entonces, domina el juego. Tocando. Xavi le pasa a Iniesta. Tocando. Iniesta la devuelve a Cesc. Klose corre tras la pelota; Metzelder lo secunda como un panzer lento y jura que en su próxima vida será tan rápido como un Mercedes descapotable. Entretanto sigue corriendo tras las sombras rojas. España la sigue tocando. Marchena se la ha devuelto a Silva. Tocando. Silva la golpea para Ramos. Tocando…
—Tanto toque y toque me está mareando —dice la escultura griega de Fidias con un acentillo andaluz. —O igual será la cerveza.
—Imposible, Rosa —responde Miguel. Los dos están cogiditos de la mano, como dos colegiales enamorados a los quince años. Los ojitos de ambos brillan, se encienden y apagan como pequeñas estrellitas. Se miran mutuamente, hipnotizándose. —Todo lo que tiene la cerveza es bueno. Gramos de cebada y litros de alegría.
—¡Eres cursi! —responde Rosa.
—Y tú tienes ojos de estrella —lisonjea Miguel.
—Qué pico tienes, pareces un mentiroso del Caribe. Hablando de estrellas, ahora que sea una Damm. —Miguel rebusca entre el hielo y las latas del fondo de la heladera. A su vez, Rosa se dirige a Borja, quien pasa rápidamente el pañuelo de su ojo al bosillo de su camisa de cuadros.
—Y pensar que me ibais a matar a este hombre tan gracioso. —Miguel, todavía rebuscando en la heladera, se da la vuelta un instante y sonríe. —Tan lejos de su Gijón, aquí en Viena, entre austiacos tistres, austiacros tristres, aus…, aus…, ¡atchum! —Rosa y Miguel ríen sin parar. Borja los mira y una lágrima rueda tras los cristales redondos de sus gafas. Es seguro: ama secretamente a su jefa y ahora, secretamente también, intenta en vano esconder su despecho.
—¿Y a ti que te pasa, ‘quillo’? —Rosa pregunta a Borja.
—Nada. Este clima de Viena me tiene muy sensible —disimula con un hilito de voz.
—Pues ten cuidado, chatín, que aquí tu jefa casi coge un resfriado —interviene Miguel.
—Tú calla, tonto. —Rosa le da un golpecito cariñoso en el pecho a Miguel. Aprecia con sus dedos, entre el desgarrón de la camiseta de imitación de España, la tersura hirsuta del pelo en pecho de Miguel. —Qué duro estás para tu edad, chiquillo. Y qué varonil —confía Rosa con ojos alegres. —Me recuerdas a papá y a ése de tu tierra también.
—Y tú a mí a ésa de la tuya —se ríen, se abrazan y siguen riendo. España toca. Capdevila para Senna. Tocando. Senna chuta hacia Cazorla y Schweinsteiger se tira en plancha intentando cortar la trayectoria rasa del balón. Sin resultado. El balón llega pues a Cazorlita. Schweinsteiger se acuerda de sus antepasados y maldice su propia estampa. Por qué le pondrían un apellido tan complicado, se pregunta.
—Ya está. Tú me recuerdas a Arturo Fernández. Con esos hombros anchos, el palabrerío y esa gracia de truhán del norte.
—Y tú eres más guapa que Sarita Montiel en ‘Carmen, la de Ronda’. —Miguel la mira y choca su lata de Damm con la de Rosa.
—¿Salía en alguna serie de Telecinco?
—Eres tan joven… y tan guapa. Era una mujer morena, con rasgos bien marcados, raciales… bien andaluces. Abundante, puro esplendor en la hierba.
—Ay, esa película sí que la ví. ‘Esplandor en la hierba’, de esas antiguas. La ví porque salía William Holden, tan varonil, algo mayor… también te pareces a él.
—Chatina, dirás que él se parecía a mí. —Siguen riendo. Abrazándose. Oliéndose.
—Hueles a ‘Varón Dandy’, como mi abuelo —Tocando. Cesc la retrasa para Puyol. Ballack intercepta el pase y regatea a Puyol. Se planta solo frente a Casillas. Chuta con el aplomo del Barón rojo, el balón vuela y… ¡parada de Iker! Tocando. Rosa se ha refugiado en el pecho de Miguel.
—¡Ay! ¡Que no quiero verlo! —grita, asustando, creyendo que baten a España.
—¡Que no quiero ver su sangre derramada! Que no hay caliz que la retenga. No, que no quiera verla —recita Miguel como en el poema.
—Eso es el del gran Federico —completa Rosa.
—¿Crees que sólo los de tu tierra reconocen la belleza? ¿Y cómo reconocería entonces yo la tuya? —se sonroja Rosa como la roja se sonroja. Tocando. Borja se da la vuelta de mirar el terreno de juego y los ve. Avisa con el codo al matón. Abrazando. El matón tarda un instante en dejar el rictus de orangután sorprendido y recobra su expresión de malo. Besándose.
¡Buuuuuuuum! El matón ya lo ha hecho.
Ha tumbado con sus puños de boxeador al joven con gafas de contable. Yace desmayado.
—¿Qué le pasa a ése? —pregunta Rosa.
—Se ha desmayado —responde el matón y vuelve sus espaldas hacia el espectáculo.
—La emoción del partido, pobre —se compadece Miguel.
—Venía a cobrar una deuda y he encontrado un hombre —muy seria dice Rosa.
—De los de la vieja escuela —responde serio Miguel.
—¿Cómo lo has hecho? —pregunta Rosa.
—¿El qué?
—Enamorarme —responde.
—Ha sido mutuo. Amor al primer copazo —responde Miguel. Se besan, besan, mucho. En el césped los jugadores mantean por los aires al gran Don Luis Aragonés. Llenan la Eurocopa de cerveza. España ha ganado. Beben la cerveza. Amor al primer copazo. Tocando.

‘Sólo a mí se me podía ocurrir pedir un préstamo de cien mil euros para plantar un cafetal en Gijón. Claro que entonces creía que era una inversión segura. No lo fue. No creció un solo grano. Lo perdí todo. Sólo yo podía creer que Rosa se podía enamorar a primera vista de un hombre treinta años mayor que ella. Y que me perdonaba la deuda. Y que ella era de buena familia y no sabía el uso que Borja daba al dinero que ella le dejaba para invertir. Rosa se fue de mi casa de Gijón al mes de vivir juntos. Que yo era muy mayor, que sólo sabía meterme en negocios ruinosos, que quería a alguien más joven. Y yo también dejé la casa. Porque al final me obligó a venderla para saldar la deuda. Ya sólo me queda mi amor por el fútbol. Y la cerveza, claro. Dichosas vuvuzelas. No me dejan pensar en mis miserias, ni animar a gusto a España. Me rompen los tímpanos… me rompen los tímpanos, sí, como aquel bocinazo que me hizo desmayar y conocer a Rosa entre delirios. La echo tanto de menos. Si sólo pudiera darme una prorroga y recomenzar lo nuestro otra vez. ¡Puagg! Esta cerveza Brahma, qué mala está. Regalo de mis amigos brasileños con el deseo de que España los vengue. No están acostumbrados a perder en semifinales. Eso los perdió. Daban por hecha la victoria contra Holanda. He de dejar de pensar en Rosa y de hablar conmigo mismo. Apenas estoy siguiendo el juego. Me tengo que centrar en el partido. Para eso he venido a Sudáfrica. España la intenta tocar. Busquets a Pedrito. Falta. La saca Iniesta, a Llorente. La intenta tocar… pero no puede. Falta. Qué partido más trabado. Un poco sucios estos holandeses. Voy a beber más Brahma. Total, es la única cerveza que me queda. Glub, glub, glub. Ay, qué dolor me da esta cerveza en el pecho. Planchazo de De Jong a Xabi Alonso. El golpe le debe de haber indigestado más que a mí la Brahma. Un holandés me ve sufriendo. Reconoce que ha sido un duro golpe. Me da una cerveza. Insiste en que acepte la lata. Nedderlansh —dice, o eso creo —gut. Qué acento tan horrible tienen estos holandeses. Glub, glub, glub. Pero esto es un descubrimiento. Deliciosa. Esta cerveza es, glub, glub, inmejorable. Amstel, pone. Me voy sintiendo mejor. Voy a brincar y animar a España con mis amigos de Gijón’.
—¿Dónde estabas, Miguelin? ¿Te perdiste o qué?
—No, chato, que algo me había sentado mal —le respondo a mi buen amigo Jose Luis. —Ya estoy mejor.
—Así me gusta. ¡Es-pa-ña! —gritamos.
La intenta tocar. Villa para Navas. Navas la devuelve a Vi… Falta. La intenta tocar. Otro trago a la Amstel. Qué suave es, entra como el agua. Es raro que unos tipos con acento tan feo y juego tan sucio hagan una cerveza tan buena. Cuidado, se escapa Robben, se para frente a Casillas, chuta… ¡Para Casillas con la pierna! Pasó lo peor. La vuelve a intentar tocar. Glub, glub. Si los holandeses tuvieran un hablar más suave, refinado, gracioso, comprendería que hicieran esta cerveza tan maravillosa. Si su acento fuera… no sé… ¿andaluz? Como el de Rosa. Maldición. No me puedo quitar su recuerdo de la cabeza. Si sólo me concediera una prórroga.
Minuto 111. Pues al final sí hay prórroga. Ese angelito blanquecino de mis sueños agarra la pelota. ¿Iniesta tiene la pelota cosida con hilo al pie? Y sigue, y sigue. La toca. La toca por fin. ¡Gooool! Me abrazo con Jose Luis.
—¡Campeooones! —grito fuera de mí. —¡Iniesta no es un ángel, es un santo! —Jose Luis se separa de mí. —¿Qué haces, chatín? Que esto ocurre sólo una vez en la vida. Hay que celebrarlo. —Jose Luis se aparta más y hace hueco. Me tapa alguien los ojos. Por detrás. ¿Alguna sorpresa? Que sea buena, por favor.
—Es un santo, Iniesta. Como tú, Miguel.
—Espera… espera. Ese acento con regustillo agradable como a cerveza Amstel. —Me doy la vuelta. Veo a Rosa, bellísima como siempre, con los colores de España pintados en sus mejillas.
—Has vuelto —le digo.
—Necesitaba un hombre de verdad —me responde.
—Pues has ido a encontrar al mejor, chata. —La cojo por la cintura. Bebe un sorbo de mi cerveza.
—¿Has cambiado de marca? —se relame los labios contenta.
—Claro. Con este Mundial hemos ganado la mejor copa. Y contigo he recuperado lo mejor del mundo. —Me mira, seria, como aquella vez en Viena. —Este amor hay que celebrarlo con el mejor copazo. —La beso. Bebemos los dos a la vez. Nos besamos, le paso la cerveza de mi boca a su lengua. Reímos. Nos besamos. Nos tocamos. Nos enamoramos del todo, por fin.
—Amstel —acierta ella.